Nunca pensé que aquel verano terminaría llevando tu nombre,
que una simple brisa pudiera traerme un recuerdo que aún hoy me rompe el alma.
Yo creía que solo era otro día más,
otro cielo pintado de colores,
otro atardecer destinado a desaparecer…
Sin saber que la vida estaba a punto de regalarme un momento que después extrañaría toda mi existencia.
No buscaba amor.
No estaba esperando a nadie.
Había aprendido a caminar con mis propios silencios,
a no pedirle nada al destino.
Y entonces apareciste tú.
Entre la arena y el sol,
con esa forma tan tuya de hacer que todo pareciera detenerse.
No llegaste como llegan las tormentas, haciendo ruido…
llegaste como llegan las cosas que parecen haber estado destinadas a encontrarnos.
A veces siento que mi corazón te reconoció antes que mis ojos.
Como si en algún lugar perdido del tiempo
ya hubiera vivido ese instante contigo.
Todavía recuerdo la luz de aquel verano,
el sonido del mar,
la sensación de que el mundo era pequeño
y que por un momento solo existíamos tú y yo.
Pero los veranos terminan.
Las mareas cambian.
Y algunas personas se convierten en recuerdos que uno abraza en silencio.
Lo más triste no es que el tiempo haya pasado…
lo más triste es saber que daría cualquier cosa por volver a un solo instante,
a ese momento exacto en el que aún no sabía que estaba viviendo un recuerdo.
Porque hay personas que no se quedan para siempre en nuestra vida…
pero se quedan para siempre en nuestra alma.
Y tú…
tú siempre serás aquel verano que mi corazón nunca aprendió a despedir.