Era uno de esos días fallidos.
Aun así, tenía la esperanza de poder encontrarlo. O al menos de seguir buscándolo.
Sabía que no iba a ser fácil, más aún porque esto era la puta realidad y no uno de esos estúpidos libros románticos que solía leer. Esos del típico cliché: la good girl y el bad boy. Siendo sinceras, todas nos lo hemos leído más de cincuenta veces.
Historias donde ellos dos lograban dar un giro de 180° a la vida del otro, llenándose de un romance horriblemente cursi, pero a la vez tierno.
Sonará muy estúpido, pero yo sueño con ser la protagonista de ese cliché. Ser como esa chica ingenua que ni siquiera sabía defenderse o valerse por sí misma, que se enamoraba del rebelde sin reparos. Ese que, moralmente, era una escoria y además un playboy.
Yo sueño con ser la chica tranquila y tímida. La que no sería capaz de matar ni a una mosca. Antisocial, no porque quisiera, sino porque algo raro pasa conmigo y los personajes secundarios: siempre termino cayéndoles mal.
Para rematarla, mis padres nunca me prestan atención. Son trabajadores compulsivos, y punto.
Siguiendo con la historia, yo tenía que cambiar al incomprendido. Al final terminaríamos juntos, teniendo sexo salvaje todas las noches, ignorando el pequeño detalle de que él me habría tratado como un saco de box o, peor aún, como un tacho de basura.
Suena horrible pensándolo bien.
Pero solo quiero esa historia que siempre leo. No es porque tenga contenido +18. Tampoco porque el coprotagonista esté más bueno que el chocolate —okey, no exageremos, pero sí está rico—. Y no, no es porque sea masoquista ni porque me guste que la chica sea tratada peor que basura.
Es porque siempre tienen un final feliz.
¿Creo?
A lo que quiero llegar es que no importa qué tan trastornado, idiota o patético te veas; igual puedes tener una vida plácida. Al menos en esas historias.
Por esas razones me prometí conseguirme un bad boy.
Con la única intención de vivir mi historia cliché.
Y, con suerte, llegar a ese final feliz.