El problema de empezar de cero era que nadie te explicaba por dónde empezar.
A veces parecía tan sencillo como hacer una maleta, cerrar una puerta y subirte a un tren.
Otras veces descubrías que podías recorrer cientos de kilómetros y seguir llevando contigo exactamente las mismas cosas de las que intentabas escapar.
Valeria apoyó la frente contra la ventana del tren y observó cómo los edificios pasaban cada vez más deprisa.
Llevaba tres horas mirando el mismo paisaje sin prestar demasiada atención.
En su regazo tenía el teléfono, una mochila a sus pies y una maleta colocada entre sus piernas. Había revisado al menos cinco veces que no se hubiera olvidado nada.
Cargador.
Documentos.
Auriculares.
Ropa.
Libros.
Todo estaba ahí.
Excepto una cosa.
La tranquilidad que había prometido sentir cuando se marchara.
El teléfono vibró.
Mamá: ¿Ya estás cerca?
Valeria escribió rápidamente.
Valeria: Sí. Llegaré en unos veinte minutos.
Tres puntos aparecieron inmediatamente.
Mamá: Estoy segura de que todo irá bien.
Valeria sonrió ligeramente.
No sabía si su madre intentaba convencerla a ella o a sí misma.
Guardó el teléfono y volvió a mirar por la ventana.
Nueva ciudad.
Nueva universidad.
Nueva habitación.
Nuevas personas.
Una nueva vida.
O eso quería creer.
Cuando el tren finalmente llegó a su destino, Valeria esperó unos minutos antes de bajar. Dejó que la mayoría de los pasajeros salieran primero y después arrastró su maleta por el andén.
El aire era diferente.
No realmente.
Era una tontería pensar que el aire podía sentirse diferente por estar en otra ciudad.
Pero lo hizo.
Respiró profundamente.
—Vamos —murmuró para sí misma—. Esta vez sí.
La residencia universitaria era más grande de lo que había imaginado.
Mucho más.
Tenía un edificio principal de cinco plantas, una pequeña cafetería en la entrada y un patio interior lleno de estudiantes que hablaban, reían o corrían de un lado para otro con apuntes bajo el brazo.
Valeria se quedó quieta durante unos segundos frente a la puerta.
Todos parecían conocerse.
Todos parecían saber adónde iban.
Todos menos ella.
—¿Eres nueva?
Valeria se giró.
Una chica de pelo corto y oscuro la observaba con una sonrisa.
—Sí.
—Se nota.
Valeria bajó la mirada hacia su maleta.
—¿Por la maleta?
—Por la cara de "si alguien me habla, probablemente voy a salir corriendo".
Valeria soltó una pequeña risa.
—¿Tan evidente es?
—Un poco.
La chica extendió la mano.
—Soy Clara.
—Valeria.
—Encantada, Valeria. ¿Qué estudias?
—Administración.
—Perfecto. Yo también.
Aquello fue suficiente para que Valeria respirara un poco más tranquila.
Quizá no sería tan difícil.
Quizá conocer gente no era imposible.
Quizá de verdad podía empezar de nuevo.
Clara la acompañó hasta recepción, le enseñó dónde estaba el ascensor y, durante el camino, habló prácticamente sin detenerse.
Valeria descubrió que la habitación de Clara estaba en el mismo pasillo que la suya.
También descubrió que había un supermercado a dos calles, que la cafetería de la residencia hacía un café horrible y que el profesor de Economía tenía fama de poner exámenes difíciles.
—Y una última cosa —dijo Clara mientras abría la puerta de su habitación—. Esta noche hay una fiesta.
Valeria dejó la maleta junto a la cama.
—No.
Clara arqueó una ceja.
—Ni siquiera te he dicho dónde.
—No importa.
—Es el primer día.
—Precisamente.
—Valeria.
—Clara.
—Tienes que venir.
—No.
—Sí.
—No.
Clara sonrió.
—Ya veremos.
Valeria negó con la cabeza.
—No voy a ir.
Clara salió de la habitación sin responder.
Valeria suspiró.
Había conocido a aquella chica hacía menos de diez minutos y ya sabía que iba a ser difícil convencerla de algo.
Se sentó sobre la cama.
La habitación era pequeña, pero acogedora. Una cama, un escritorio, un armario y una ventana desde la que podía verse parte de la ciudad.
Sacó el teléfono.
Tenía otro mensaje de su madre.
Esta vez no respondió.
No porque no quisiera.
Simplemente no sabía qué decir.
Estoy bien.
Era mentira.
Estoy feliz.
También.
No me arrepiento de haber venido.
Eso todavía no lo sabía.
Dejó el teléfono sobre la mesa y comenzó a sacar la ropa de la maleta.
Durante casi una hora consiguió distraerse.
Hasta que alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Valeria abrió.
Era Clara.
—Te quedan diez minutos.
—¿Para qué?
—Para cambiarte.
—Te dije que no iba a ir.
—Y yo dije que ya veremos.
—Clara...
—Valeria.
La miró durante unos segundos.
Después suspiró.
—Cinco minutos.
Clara sonrió triunfante.
—Sabía que acabarías aceptando.
La fiesta era en un local a unas calles de la universidad.
Había demasiada gente.
Demasiado ruido.
Y definitivamente demasiadas personas que parecían conocerse.
Valeria permaneció junto a Clara durante los primeros veinte minutos, sosteniendo un vaso de refresco entre las manos.
—Relájate —dijo Clara.
—Estoy relajada.
—Llevas diez minutos mirando la puerta.
—Me gusta saber por dónde puedo escapar.
Clara soltó una carcajada.
—Eres imposible.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igualmente.
Por primera vez aquella noche, Valeria sonrió de verdad.
Entonces lo vio.
Un chico estaba apoyado contra una pared al otro lado del local.