No éramos para siempre

Capítulo 2 — El chico de la pared

A la mañana siguiente, Valeria descubrió dos cosas.

La primera: dormir cinco horas antes de un día de clases era una pésima idea.

La segunda: Clara hablaba incluso antes de terminar su primer café.

—Te lo digo en serio, tienes que probar las tostadas de la cafetería.

Valeria levantó la mirada de su taza.

—¿Esto?

—Sí.

—Clara, esto no es una tostada.

Clara miró el plato.

—Es una tostada.

—Es un trozo de pan con algo que parece mantequilla.

—Exacto. Una tostada.

Valeria negó con la cabeza y volvió a mirar su horario.

Primer día de universidad.

Aquel pensamiento debería haberle provocado emoción.

En cambio, sentía un nudo en el estómago.

—¿Qué clase tienes primero? —preguntó Clara.

—Economía.

—Yo también.

Valeria levantó la mirada.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y después?

—Contabilidad.

—Yo también.

Clara sonrió.

—Empiezo a pensar que el universo quiere que seamos amigas.

—O que tenemos muy mala suerte.

—Eso también.

Valeria soltó una pequeña risa.

Quizá la universidad no sería tan terrible.

El aula estaba casi llena cuando llegaron.

Valeria escogió un asiento en la tercera fila, cerca de la ventana.

No quería sentarse demasiado adelante.

Tampoco demasiado atrás.

El punto perfecto para pasar desapercibida.

Sacó un cuaderno y comenzó a ordenar sus cosas.

—¿Puedo?

Valeria levantó la cabeza.

Adrián.

Otra vez.

Estaba señalando el asiento vacío a su lado.

—Hay más sitios.

—Ya los he visto.

—Entonces, ¿por qué aquí?

—Porque este está libre.

Valeria lo miró durante unos segundos.

—Haz lo que quieras.

—Gracias.

Adrián se sentó.

Valeria volvió inmediatamente a su cuaderno.

No pensaba hablar con él.

No tenía ninguna razón para hacerlo.

Además, todavía recordaba la conversación de la noche anterior.

¿Siempre eres así?

¿Así cómo?

Había sido incómodo.

Muy incómodo.

—¿Estás enfadada conmigo?

Valeria giró lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—Llevas cinco minutos mirando el cuaderno como si te hubiera hecho algo.

—Estoy tomando apuntes.

—Todavía no ha empezado la clase.

Valeria miró el cuaderno.

Tenía escrita la fecha.

Nada más.

—Estoy organizándome.

—Ah.

Adrián sonrió.

—Muy importante.

—Muchísimo.

El profesor entró en ese momento y la conversación terminó.

Durante la siguiente hora, Valeria intentó concentrarse.

Lo consiguió durante aproximadamente diez minutos.

Después empezó a notar que Adrián escribía con una rapidez absurda.

Miró de reojo.

Sus apuntes estaban perfectamente ordenados.

Incluso tenía diferentes colores.

Valeria frunció el ceño.

No esperaba que fuera así.

Por alguna razón, había imaginado que sería el típico estudiante que llega tarde, no toma apuntes y aprueba por suerte.

—¿Qué miras?

Valeria volvió la cabeza.

—Nada.

—Llevas mirando mis apuntes tres veces.

—No estaba mirando tus apuntes.

—Claro.

—Estaba mirando...

Se quedó sin una excusa.

Adrián levantó una ceja.

—¿El bolígrafo?

—Sí.

Él miró el bolígrafo que tenía en la mano.

—¿Te gusta?

—No.

—Entonces has estado mirando un bolígrafo que no te gusta.

—Exactamente.

Adrián sonrió.

Valeria volvió a mirar al profesor.

No iba a darle la satisfacción de hacerla reír.

Aunque, para su desgracia, estaba empezando a resultarle divertido.

Al terminar la clase, Valeria guardó sus cosas rápidamente.

—¿Tienes la siguiente aquí? —preguntó Adrián.

—Sí.

—Yo también.

—Qué casualidad.

—Muchísima.

Valeria se colgó la mochila al hombro.

—Voy a buscar a Clara.

—Vale.

Se alejó antes de que él pudiera decir algo más.

Encontró a Clara en el pasillo hablando con otra chica.

—Valeria —dijo Clara al verla—, ella es Martina.

—Hola.

—Hola. ¿Eres la nueva?

—Sí.

—Entonces tienes que venir esta tarde.

Valeria frunció el ceño.

—¿Adónde?

—A conocer la ciudad.

—Tengo que estudiar.

Martina soltó una carcajada.

—Es tu primer día.

—Precisamente.

Clara la agarró del brazo.

—No puedes pasar tus primeros días encerrada estudiando.

—No estoy encerrada.

—Todavía.

Valeria suspiró.

—Lo pensaré.

—Eso significa que sí.

—No significa eso.

—Para mí sí.

Las tres comenzaron a caminar hacia la siguiente clase.

Y entonces alguien pasó junto a ellas.

—¿Vas a venir?

Valeria reconoció la voz.

Adrián.

—¿A dónde?

—A conocer la ciudad.

Clara respondió antes que ella.

—Sí.

Valeria la miró.

—Yo no he dicho que sí.

Adrián sonrió.

—Entonces nos vemos esta tarde.

—No he dicho que vaya.

—Tampoco has dicho que no.

Y se marchó.

Valeria se quedó mirándolo.

—Lo odio.

Clara soltó una carcajada.

—Llevas menos de veinticuatro horas conociéndolo.

—Me está cayendo mal muy rápido.

—Eso puede ser interesante.

—No lo es.

—Claro.

A las seis de la tarde, Valeria estaba frente al espejo intentando decidir si realmente quería salir.

Tenía dos opciones.

Quedarse en la habitación y ordenar sus apuntes.

O salir con Clara y unas personas que apenas conocía.

Eligió la segunda.

No porque quisiera.

O al menos eso se repetía.

Cuando llegó al punto de encuentro, Clara ya estaba allí junto con Martina y otros tres estudiantes.

Y, por supuesto, Adrián.

—Pensaba que no vendrías —dijo él.

—Yo también.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?




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