Valeria llegó tarde a clase.
No cinco minutos tarde.
No diez.
Veintidós.
Y todo por culpa de su despertador.
O, siendo sinceros, de ella misma por haber apagado el despertador tres veces.
Entró al aula intentando hacer el menor ruido posible.
No funcionó.
Todas las miradas se dirigieron hacia ella.
—Perdón —murmuró.
El profesor la observó desde su mesa.
—Espero que tenga una buena razón.
Valeria miró el reloj.
—Me quedé dormida.
Algunas personas rieron.
El profesor suspiró.
—Siéntese.
Valeria recorrió el aula con la mirada.
Había un único asiento libre.
Al lado de Adrián.
Por supuesto.
Caminó hasta allí y dejó la mochila en el suelo.
—No digas nada —susurró.
Adrián levantó las manos.
—No iba a decir nada.
—Tu cara dice lo contrario.
—Mi cara siempre es así.
Valeria abrió el cuaderno.
—Pues cámbiala.
Adrián sonrió.
Durante unos minutos ninguno habló.
Valeria intentó prestar atención, pero todavía estaba medio dormida.
Entonces una hoja apareció sobre su mesa.
La miró.
Era una copia de los apuntes de los primeros veinte minutos.
Levantó la cabeza.
—¿Qué es esto?
—Lo que te has perdido.
—No necesito tus apuntes.
—Ya.
Valeria volvió a mirar la hoja.
Estaba perfectamente ordenada.
—Gracias.
—De nada.
Fue la primera vez que Adrián no hizo ningún comentario después de ayudarla.
Y eso, de alguna manera, hizo que Valeria se sintiera más cómoda.
A la hora del descanso, Clara apareció corriendo.
—¡Valeria!
—¿Qué?
—Necesito tu ayuda.
—¿Con qué?
Clara levantó su teléfono.
—Tenemos un trabajo para dentro de dos semanas.
Valeria miró la pantalla.
—¿Y?
—No sé con quién hacerlo.
—Hazlo conmigo.
—Perfecto.
—¿Ya está?
—Ya está.
Valeria sonrió.
—Eres muy rápida tomando decisiones.
—Si pienso demasiado, cambio de opinión.
—Eso explica muchas cosas.
Clara le dio un pequeño empujón.
—Vamos a la cafetería.
Mientras caminaban, alguien las llamó.
—¿Puedo unirme?
Adrián.
Clara respondió inmediatamente.
—Sí.
Valeria la miró.
—¿Quién te ha dado permiso?
—Yo misma.
—Increíble.
Los tres llegaron a la cafetería.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana.
Durante unos minutos hablaron sobre las clases.
Después Clara comenzó a explicar el trabajo.
—Tenemos que hacerlo sobre una empresa y analizar su estrategia.
—¿Ya tienes alguna? —preguntó Adrián.
—No.
—Podríamos elegir una que conozcamos los tres.
Valeria apoyó el codo sobre la mesa.
—Una empresa tecnológica.
—Demasiado complicada —dijo Clara.
—Una marca de ropa.
—Demasiado aburrida.
Adrián la miró.
—¿Y tú qué propones?
Valeria pensó unos segundos.
—Una empresa de transporte.
—¿Por qué?
—Porque podemos analizar precios, competencia, expansión y comportamiento del consumidor.
Adrián asintió.
—Tiene sentido.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Estás de acuerdo conmigo?
—A veces digo cosas inteligentes.
—No parecía.
—Todavía no me conoces.
Aquella frase hizo que Valeria guardara silencio.
Todavía no me conoces.
No sabía por qué, pero sonó diferente esta vez.
Como si él estuviera hablando de algo más que un trabajo.
Por la tarde, Valeria fue a la biblioteca.
Necesitaba estudiar.
Necesitaba acostumbrarse a la universidad.
Y, sobre todo, necesitaba dejar de pensar en Adrián.
Llevaba casi una hora leyendo cuando alguien dejó una botella de agua sobre su mesa.
—Te la has dejado en clase.
Valeria levantó la mirada.
Adrián.
—¿Cómo sabes que es mía?
—Porque tiene tu nombre.
Señaló la botella.
Valeria la tomó.
—Gracias.
—De nada.
Adrián se sentó frente a ella.
—¿Qué haces aquí?
—Estudio.
—Eso puedo verlo.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—Quería iniciar una conversación.
Valeria cerró el libro.
—¿Por qué?
—Porque llevamos tres días conociéndonos y todavía pareces convencida de que quiero molestarte.
—¿Y no quieres?
—No.
—¿Seguro?
—Bastante.
Valeria lo observó.
—Entonces, ¿qué quieres?
Adrián se quedó callado.
Por primera vez, parecía no tener una respuesta preparada.
—No lo sé.
Valeria sonrió.
—Al menos eres sincero.
—Intento serlo.
Hubo un silencio.
Esta vez no fue incómodo.
Fue tranquilo.
—¿Siempre eres tan reservada? —preguntó él.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
—Solo cuando me interesa conocer a alguien.
Valeria bajó la mirada hacia el libro.
—Yo no soy muy interesante.
—Eso lo decides tú.
Ella levantó la cabeza.
Adrián estaba mirándola directamente.
No había una sonrisa burlona.
Ni una broma.
Solo una expresión tranquila.
Valeria apartó la mirada.
—Tengo que estudiar.
—Vale.
Adrián se levantó.
—Nos vemos mañana.
—Adrián.
Él se giró.
—¿Sí?
—Gracias por la botella.
Sonrió.
—De nada, Valeria.
Cuando se marchó, Valeria volvió a abrir el libro.
Leyó la misma frase tres veces.
No consiguió recordar ninguna.
Esa noche recibió otro mensaje.
Adrián: ¿Sigues despierta?
Valeria miró la hora.
23:47.
Valeria: Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
Adrián: ¿Estás estudiando?
Valeria: Sí.
Adrián: Qué sorpresa.
Valeria sonrió.