No éramos para siempre

Capítulo 4 — Lo que no decimos

Valeria despertó antes de que sonara el despertador.

Eso era extraño.

Normalmente necesitaba al menos tres alarmas y una cantidad considerable de fuerza de voluntad para abandonar la cama.

Aquella mañana, sin embargo, abrió los ojos a las seis y media.

Se quedó mirando el techo.

No sabía por qué se había despertado.

Hasta que recordó la conversación de la noche anterior.

¿Eres feliz aquí?

Todavía no lo sé.

Yo tampoco.

Valeria giró sobre la almohada y cerró los ojos.

—No —murmuró.

No iba a empezar el día pensando en él.

Definitivamente no.

Se levantó, se duchó y se preparó para ir a clase.

Cuando salió de la habitación, encontró a Clara sentada en el suelo del pasillo con un café en la mano.

—¿Qué haces ahí?

Clara levantó la mirada.

—Esperándote.

—¿Por qué?

—Porque tenemos que hablar.

Valeria se quedó quieta.

—Eso suena mal.

—No es nada malo.

—Entonces, ¿por qué estás sentada en el suelo?

Clara miró alrededor.

—Porque aquí hay buena luz.

Valeria soltó una risa.

—Eres rara.

—Y tú vas a desayunar conmigo.

—Tengo clase.

—Tenemos veinte minutos.

—Dieciocho.

—Perfecto. Dos minutos para caminar y dieciséis para desayunar.

Valeria negó con la cabeza.

—Está bien.

La cafetería estaba prácticamente vacía.

Clara pidió un café y una tostada.

Valeria solo un zumo.

—Entonces —dijo Clara mientras se sentaban—, ¿qué pasa con Adrián?

Valeria casi se atragantó.

—¿Qué pasa de qué?

—No sé. Dímelo tú.

—Nada.

—Ayer estuvisteis hablando en la biblioteca.

Valeria la miró.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque te vi.

—¿Me estabas siguiendo?

—No. Estaba buscando un libro.

—Claro.

Clara sonrió.

—¿Te gusta?

Valeria bajó la mirada hacia el vaso.

—No.

—Has tardado demasiado en responder.

—Porque estaba pensando cómo decirte que no.

—¿Y?

—No me gusta.

Clara la observó durante unos segundos.

—Todavía.

Valeria levantó una ceja.

—Ni todavía ni después.

—Ya veremos.

—Clara.

—Vale, vale.

Clara levantó las manos.

—No digo nada más.

Valeria respiró tranquila.

Duró exactamente cinco segundos.

—Pero él sí está interesado en ti.

—¿Qué?

—Se nota.

—No.

—Sí.

—No.

—Valeria.

—Clara.

—Cuando alguien no está interesado, no busca excusas para hablar contigo todos los días.

Valeria no respondió.

Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

Adrián le había escrito la noche anterior.

La había esperado en la biblioteca.

Le había llevado su botella.

Y ahora Clara decía que estaba interesado en ella.

No quería pensar en eso.

No todavía.

—Tenemos que irnos —dijo.

Clara sonrió.

—Cambias de tema muy rápido.

—Funciona.

La mañana pasó más rápido de lo habitual.

Entre clases, trabajos y conversaciones con sus nuevos compañeros, Valeria apenas tuvo tiempo de pensar.

Hasta que llegó el descanso.

Estaba sacando un libro de la mochila cuando alguien dejó una pequeña bolsa sobre su mesa.

—¿Qué es eso?

Adrián se sentó en la silla de enfrente.

—Comida.

—Ya veo.

—No has desayunado bien.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿Cómo sabes eso?

—Te vi con Clara.

—¿Me estás vigilando?

—No.

—Entonces...

—Clara me dijo que solo habías tomado un zumo.

Valeria abrió la bolsa.

Había un sándwich y una fruta.

—No tenías que hacer esto.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

Adrián se encogió de hombros.

—Porque ayer dijiste que tenías hambre.

Valeria intentó recordar aquella conversación.

No lo consiguió.

—No me acuerdo de haber dicho eso.

—Lo dijiste.

—¿Cuándo?

—En la biblioteca.

Valeria lo miró durante unos segundos.

Él parecía completamente tranquilo.

—Tienes buena memoria.

—Solo para algunas cosas.

Aquella respuesta hizo que Valeria apartara la mirada.

—Gracias.

—De nada.

Adrián se levantó.

—Nos vemos luego.

—Espera.

Él se giró.

—¿Sí?

—¿Por qué eres así conmigo?

Adrián frunció ligeramente el ceño.

—¿Así cómo?

—Atento.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Durante un instante, ninguno dijo nada.

Adrián finalmente sonrió.

—Quizá porque me caes bien.

Y se marchó.

Valeria permaneció inmóvil.

Me caes bien.

Nada más.

No debería significar nada.

Entonces, ¿por qué su corazón había empezado a latir un poco más rápido?

Por la tarde tenían que avanzar con el trabajo.

Clara propuso reunirse en la biblioteca.

Adrián llegó cinco minutos tarde.

—Perdón.

—Llegas tarde —dijo Valeria.

—Cinco minutos.

—Siete.

—¿Los has contado?

—Sí.

Adrián sonrió.

—Entonces supongo que alguien estaba esperando.

Valeria puso los ojos en blanco.

—Siéntate.

Los tres comenzaron a trabajar.

Durante la siguiente hora, todo fue normal.

Buscaron información.

Compararon empresas.

Discutieron sobre qué datos incluir.

Hasta que Clara recibió una llamada.

—Tengo que irme.

Valeria levantó la mirada.

—¿Ahora?

—Sí. Mi hermano necesita que le lleve unas cosas.

—¿Y el trabajo?

—Seguid vosotros.

Adrián asintió.

—Vale.

Clara recogió sus cosas.

—Nos vemos mañana.

Valeria la observó marcharse.

Después miró a Adrián.

—Nos ha dejado solos.

—Parece que sí.

—Esto es culpa tuya.

—¿Mía?

—No sé. De alguien.

Adrián soltó una risa.




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