Valeria pasó gran parte de la mañana intentando olvidar el papel que había encontrado en el bolsillo de la sudadera.
No funcionó.
Lo había leído tantas veces que prácticamente podía repetirlo de memoria.
«No tienes que contarme tu pasado. Pero algún día quiero conocer tu presente.»
No entendía por qué unas pocas palabras podían quedarse dando vueltas en su cabeza durante tanto tiempo.
Quizá porque Adrián no había intentado averiguar qué le había ocurrido.
No había hecho preguntas incómodas.
No había exigido explicaciones.
Simplemente había dejado claro que estaría allí si algún día quería hablar.
Y eso era precisamente lo que más la desconcertaba.
Valeria estaba acostumbrada a que las personas quisieran respuestas.
Adrián parecía estar dispuesto a esperar.
—¿Estás escuchando?
Valeria levantó la mirada.
Clara estaba frente a ella, moviendo una mano delante de su cara.
—Sí.
—No tienes ni idea de qué estaba hablando.
—Sí tengo.
—¿De qué?
Valeria abrió la boca.
No salió ninguna respuesta.
Clara sonrió.
—Eso pensaba.
—Estoy cansada.
—No has dormido bien.
—Exacto.
—¿Y por qué?
—Por estudiar.
Clara la miró fijamente.
—Mentira.
Valeria suspiró.
—¿Qué quieres?
—Quiero saber qué pasó ayer.
—Nada.
—Estuviste con Adrián en la biblioteca.
—Hicimos el trabajo.
—Después caminasteis juntos hasta la residencia.
—Sí.
—Y llevabas su sudadera.
Valeria bajó la mirada.
—Tenía frío.
—Claro.
—Clara.
—No he dicho nada.
—Tu cara lo dice.
Clara se rio.
—Está bien. No voy a molestarte.
Valeria sonrió.
—Gracias.
—Pero tengo una última pregunta.
—¿Cuál?
—¿Te gusta?
Valeria guardó silencio.
Aquella vez no dijo que no.
Clara tampoco insistió.
Simplemente sonrió.
—Eso pensaba.
Por la tarde, el grupo decidió reunirse en la residencia.
Era viernes.
Algunos querían salir.
Otros preferían quedarse allí.
Después de varios minutos de discusión, terminaron organizando una pequeña reunión en la sala común.
Valeria dudó.
No estaba acostumbrada a estar rodeada de tantas personas.
Pero finalmente aceptó.
Cuando llegó, encontró a Clara sentada en el sofá junto a Martina.
Adrián estaba apoyado contra una mesa, hablando con dos chicos.
Al verla, levantó la mirada.
—Has venido.
—Eso parece.
—Pensaba que te quedarías estudiando.
—Yo también.
Adrián sonrió.
—Me alegra que no lo hayas hecho.
Valeria intentó ignorar el pequeño vuelco que sintió en el estómago.
—¿Por qué?
—Porque así puedo molestarte en persona.
—Ya empezamos.
Él soltó una risa.
Durante las siguientes horas, Valeria se olvidó de todo.
Se rio.
Habló con personas que apenas conocía.
Incluso terminó jugando a un juego de preguntas con el resto.
Todo iba bien hasta que alguien propuso una nueva ronda.
—Cada uno tiene que responder sinceramente —explicó Martina.
—Eso nunca termina bien —dijo Clara.
—Precisamente por eso.
Las preguntas comenzaron siendo sencillas.
Comida favorita.
Viaje soñado.
La asignatura que más odiaban.
Hasta que llegó el turno de Adrián.
Martina lo miró.
—¿Cuál ha sido la persona que más te ha marcado?
Adrián dejó de sonreír.
El ambiente cambió ligeramente.
—Siguiente pregunta.
—No vale —protestó Martina.
—Sí vale.
—Tienes que responder.
Adrián negó con la cabeza.
—He dicho que no.
Valeria lo observó.
Había algo en su expresión que no había visto antes.
Algo parecido a dolor.
Clara cambió rápidamente de tema.
—Vamos con otra.
Pero Valeria ya no estaba escuchando.
Ahora entendía un poco mejor aquella frase.
Necesitas alejarte de ciertas personas para poder respirar.
Más tarde, cuando casi todos se habían marchado, Valeria salió al patio para tomar aire.
La noche estaba tranquila.
Se sentó en uno de los bancos y sacó el teléfono.
Tenía un mensaje de su madre.
Mamá: ¿Cómo está siendo todo?
Valeria escribió:
Valeria: Bien.
Se quedó mirando la pantalla.
Después añadió:
Valeria: Estoy conociendo gente.
No mencionó a Adrián.
No sabía por qué.
Quizá porque decir su nombre habría hecho que todo pareciera más importante de lo que era.
—¿Puedo sentarme?
Valeria levantó la cabeza.
Adrián.
—Claro.
Se sentó a su lado.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Lo siento por antes —dijo él.
—¿Por qué?
—Por la pregunta.
—No tienes que disculparte.
—Sí.
—No.
Adrián la miró.
—¿Por qué?
—Porque no preguntaste nada malo.
Él bajó la mirada.
—No me gusta hablar de eso.
—Lo imaginé.
—Hay cosas que no puedo cambiar.
Valeria permaneció en silencio.
—Pero sí puedo decidir qué hago ahora —añadió él.
Ella lo miró.
—Eso es verdad.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Hay algo que quisieras cambiar?
Valeria sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
Pensó en la razón por la que había llegado a aquella ciudad.
En todo lo que había dejado atrás.
En las conversaciones que había evitado.
—Sí.
Adrián no preguntó qué.
Esperó.
Y esa vez Valeria decidió hablar.
—Quisiera no tener miedo de empezar otra vez.
Adrián la observó.
—Entonces ya has empezado.
Valeria sonrió débilmente.
—No es tan fácil.
—Nunca lo es.
Se quedaron en silencio.
El aire de la noche era frío.