No éramos para siempre

Capítulo 6 — Algo está cambiando

El lunes llegó demasiado rápido.

Valeria había pasado todo el domingo intentando ponerse al día con las clases, pero cada vez que abría los apuntes terminaba pensando en la noche del viernes.

En Adrián.

En la conversación que habían tenido.

Y, sobre todo, en la forma en que él había conseguido hacerla sentir tranquila sin pedirle nada a cambio.

Eso era nuevo.

Y lo nuevo siempre le daba miedo.

—¿Vas a quedarte mirando el teléfono toda la mañana?

Valeria levantó la cabeza.

Clara estaba sentada frente a ella, desayunando.

—No estoy mirando el teléfono.

—Lo tienes en la mano.

Valeria bajó la mirada.

Era verdad.

—Estoy esperando un mensaje.

Clara sonrió.

—¿De quién?

—De nadie.

—Claro.

Valeria dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Puedes dejar de hacer eso?

—¿Qué?

—Sonreír cada vez que menciono algo relacionado con Adrián.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque es divertido.

Valeria negó con la cabeza.

—No pasa nada con Adrián.

—Todavía.

—Clara.

—Está bien.

Clara levantó las manos.

—No digo nada más.

Valeria bebió un poco de café.

Entonces su teléfono vibró.

Lo miró.

Adrián: ¿Has sobrevivido al lunes?

Valeria sonrió sin darse cuenta.

Clara la señaló inmediatamente.

—¡Eso!

—¿Qué?

—Esa sonrisa.

Valeria bloqueó el teléfono.

—No estoy sonriendo.

—Sí estás sonriendo.

—No.

—Te conozco desde hace una semana y ya sé cuándo estás mintiendo.

—Llevamos cuatro días.

—Peor todavía.

Valeria soltó una carcajada.

—Eres insoportable.

—Y tú estás enamorándote.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—No digas eso.

Clara la observó.

—¿Por qué?

Valeria no respondió.

Porque la idea le daba miedo.

Mucho más del que quería admitir.

Después de clase, Valeria recibió una noticia que no esperaba.

El profesor de Economía había decidido cambiar los grupos de trabajo.

—A partir de hoy —explicó—, cada grupo tendrá que presentar un proyecto durante las próximas semanas.

Valeria miró a Clara.

—¿Seguimos juntas?

—Sí.

El profesor comenzó a leer los nombres.

—Clara Fernández, Valeria Torres...

Valeria respiró tranquila.

Hasta que escuchó el siguiente nombre.

—Adrián Morales.

Clara la miró con una sonrisa.

Valeria cerró los ojos.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

—Parece que el universo insiste.

Adrián se sentó junto a ellas.

—¿Qué tal, compañeras?

—Perfecto —respondió Clara.

Valeria lo miró.

—Esto es culpa tuya.

—¿Qué he hecho?

—No sé.

—Entonces no puede ser mi culpa.

Clara se rio.

—Creo que vais a trabajar muy bien juntos.

Valeria murmuró:

—Eso espero.

Pero no estaba tan segura.

Esa tarde se reunieron en una de las salas de estudio.

El proyecto era más complicado de lo que habían pensado.

Tenían que analizar una empresa real, estudiar su evolución y presentar una propuesta de expansión.

Durante casi dos horas trabajaron sin distracciones.

Adrián era sorprendentemente bueno.

No solo entendía los conceptos con facilidad, sino que además sabía explicar sus ideas sin hacer que parecieran complicadas.

Valeria comenzó a mirarlo de otra manera.

No era solo el chico que hacía bromas.

También era responsable.

Trabajador.

Y, aunque jamás lo admitiría delante de Clara, bastante inteligente.

—¿Qué? —preguntó Adrián.

Valeria levantó la mirada.

—Nada.

—Llevas mirándome un rato.

—Estaba pensando.

—¿En mí?

—En el trabajo.

—Qué decepción.

Valeria sonrió.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Clara los observó desde el otro lado de la mesa.

—Voy a fingir que no estoy viendo esto.

—¿Viendo qué? —preguntó Valeria.

—Nada.

—Exacto.

Continuaron trabajando.

Pero algo había cambiado.

Ya no tenían que esforzarse para hablar.

Las conversaciones aparecían solas.

Hablaron de profesores, música, comida y lugares que querían conocer.

Adrián incluso consiguió hacer que Valeria confesara algo que casi nadie sabía.

—No me gustan las películas de terror.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque luego no puedo dormir.

Adrián sonrió.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Nada.

—Dímelo.

—No.

—Adrián.

—Algún día.

Valeria puso los ojos en blanco.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Dejas las cosas a medias.

—Quizá porque me gusta que tengas curiosidad.

Ella se quedó callada.

Adrián también.

Durante unos segundos se miraron.

Hasta que Clara dejó caer un bolígrafo sobre la mesa.

—¿Podemos terminar el trabajo?

Los dos apartaron la mirada.

—Sí —respondieron al mismo tiempo.

Clara sonrió.

—Eso pensaba.

Cuando terminaron, ya eran casi las ocho.

Clara se marchó primero.

Valeria guardó sus cosas mientras Adrián esperaba junto a la puerta.

—¿Te acompaño?

—No hace falta.

—Está oscuro.

—Hay cinco minutos hasta la residencia.

—Precisamente.

Valeria dudó.

—Está bien.

Caminaron juntos.

La ciudad estaba tranquila.

Los escaparates iluminaban las calles y el aire comenzaba a enfriarse.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Adrián.

Valeria sonrió.

—Otra vez.

—Esta es diferente.

—A ver.

—¿Qué quieres hacer después de la universidad?

Ella pensó unos segundos.

—No lo sé.

—¿Nada?

—No. Muchas cosas.

—¿Como cuáles?

Valeria miró hacia delante.

—Quiero viajar.

—¿Dónde?

—Italia. Francia. Japón. Quizá algún día Estados Unidos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.