Valeria no estaba segura de por qué había escrito a Adrián.
De todas las personas de la universidad, de todos los contactos que tenía en el teléfono, había sido a él a quien había buscado.
Y eso la inquietaba.
Porque significaba que confiaba en él más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Se quedó sentada en la misma mesa de la biblioteca, observando la pantalla apagada del móvil.
El mensaje de su padre seguía allí.
Tenemos que hablar.
Tres palabras.
Tres simples palabras que habían conseguido desordenar toda su tarde.
Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuchó unos pasos acercarse.
Levantó la cabeza.
Adrián.
Había venido tan rápido que parecía haber salido corriendo.
Llevaba la mochila colgada de un solo hombro y todavía parecía algo agitado.
—¿Qué ha pasado?
Valeria sintió una extraña sensación en el pecho.
No había llegado saludando.
No había hecho ninguna broma.
Había llegado preocupado.
Y eso hizo que la situación pareciera todavía más real.
—Siéntate.
Adrián obedeció inmediatamente.
—¿Estás bien?
Valeria soltó una pequeña risa nerviosa.
—Todo el mundo me pregunta eso.
—Porque pareces estar a punto de romper algo.
—Gracias.
—Era una observación, no una crítica.
Valeria apoyó los codos sobre la mesa.
—Mi padre me ha escrito.
Adrián permaneció en silencio.
Esperando.
Como siempre.
—Quiere verme.
—¿Y tú quieres verlo?
Valeria tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
—Eso significa que parte de ti sí quiere.
Ella bajó la mirada.
—Quizá.
Adrián no dijo nada.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que me prometí a mí misma que no volvería a pensar en todo eso.
—Y ahora ha vuelto.
—Sí.
Adrián apoyó los brazos sobre la mesa.
—Valeria.
—¿Sí?
—No puedes controlar lo que hacen los demás.
—Ya.
—Pero sí puedes decidir qué haces tú.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—¿Siempre tienes una frase preparada?
—No.
—Mientes fatal.
—Lo sé.
Por primera vez desde que había recibido el mensaje, Valeria sonrió de verdad.
Y agradeció que Adrián estuviera allí.
Permanecieron en la biblioteca más de una hora.
Intentaron estudiar.
No funcionó demasiado bien.
Al final terminaron hablando de cualquier cosa.
Películas.
Música.
Profesores.
Comida.
Todo menos aquello que realmente les preocupaba.
Hasta que Adrián preguntó:
—¿Qué pasó con tu padre?
Valeria se quedó quieta.
La pregunta no la molestó.
Porque él no sonaba curioso.
Sonaba preocupado.
Y había una diferencia enorme.
—Discutíamos mucho.
—¿Por qué?
—Por todo.
Adrián esperó.
—Por las notas.
Por mi futuro.
Por las decisiones que tomaba.
Por las que no tomaba.
Valeria bajó la mirada.
—Llegó un momento en que sentía que nunca hacía nada bien.
El silencio se instaló entre ellos.
—Y un día simplemente me cansé.
—¿De él?
—De intentar demostrar que era suficiente.
Adrián no respondió inmediatamente.
Cuando lo hizo, habló muy despacio.
—Eso debe de doler.
Valeria tragó saliva.
—Sí.
—Lo siento.
Aquellas dos palabras hicieron más por ella que cualquier consejo.
Porque no intentaban arreglar nada.
Solo reconocían que había sido difícil.
Y eso era exactamente lo que necesitaba.
Cuando salieron de la biblioteca, ya estaba oscureciendo.
El cielo tenía un tono naranja que comenzaba a desaparecer detrás de los edificios.
—¿Te apetece caminar un poco? —preguntó Adrián.
Valeria dudó.
Después asintió.
—Vale.
Caminaron sin rumbo fijo.
La ciudad estaba llena de estudiantes, parejas y personas que regresaban del trabajo.
Durante varios minutos ninguno habló.
Y, sorprendentemente, no resultó incómodo.
Era uno de esos silencios que parecían tranquilos.
Seguros.
Hasta que Valeria decidió hacer una pregunta.
—¿Y tú?
Adrián la miró.
—¿Yo qué?
—Nunca hablas de ti.
—Claro que hablo.
—No de las cosas importantes.
Adrián sonrió.
—Tienes razón.
—Entonces cuéntame algo.
—¿Algo importante?
—Sí.
Él guardó silencio.
Durante unos segundos, Valeria pensó que no respondería.
Pero finalmente habló.
—Hace dos años tenía una novia.
Valeria se sorprendió.
No esperaba aquello.
—¿Y?
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Adrián.
—Y se fue.
Valeria sintió un pequeño nudo en el estómago.
—¿Terminasteis?
—No exactamente.
—Entonces...
Adrián bajó la mirada.
—Se mudó.
—¿Muy lejos?
—A otro país.
Valeria no dijo nada.
—Intentamos seguir juntos.
—¿Y no funcionó?
Él negó con la cabeza.
—No.
Por primera vez desde que se conocían, parecía realmente triste.
—Lo siento.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Mira cómo hemos acabado.
—¿Cómo?
—Tú diciéndome lo siento a mí.
Valeria sonrió.
—Te lo mereces.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igualmente.
Aquello consiguió hacerlos reír a los dos.
Pero Valeria comprendió algo.
Aquella no era toda la historia.
Había algo más.
Algo que Adrián todavía no estaba preparado para contar.
Cuando regresaron a la residencia, encontraron a Clara esperándolos en la entrada.
—¡Por fin!
Valeria levantó una ceja.
—¿Qué pasa?
—Tengo una noticia.
—¿Buena o mala?
—Depende.
—Eso nunca es una buena señal.
Clara sonrió.
—El viernes hay una excursión organizada por la universidad.