No éramos para siempre

Capítulo 9 — La excursión

Valeria descubrió que las excursiones universitarias tenían una característica especialmente peligrosa.

No importaba cuánto intentaras evitarlas.

Siempre terminabas sentado en un autobús a las ocho de la mañana, rodeado de personas que apenas conocías, preguntándote por qué habías aceptado.

—¿Estás segura de que quieres ir?

Valeria abrió un ojo.

Clara estaba frente a su cama con una mochila enorme colgada de un hombro.

—Son las siete de la mañana.

—Sí.

—No puedo tomar decisiones importantes a esta hora.

—Entonces no pienses. Solo ven.

Valeria se tapó la cara con la almohada.

—Cinco minutos.

—Eso dijiste hace diez.

—Entonces otros cinco.

Clara tiró suavemente de la sábana.

—Vamos.

—Clara.

—Valeria.

—Te odio.

—Lo superarás.

Valeria terminó levantándose.

La noche anterior había preparado la mochila con todo lo necesario: una botella de agua, algo para comer, una chaqueta, el cargador del teléfono y una libreta.

No sabía exactamente qué iban a hacer.

La excursión consistía en visitar una empresa con la que la universidad tenía un convenio y después pasar la tarde en un pueblo cercano.

En teoría era una actividad académica.

En la práctica, Clara había dicho que lo importante era conseguir buenas fotos y comer algo.

Valeria sospechaba que iba a ser más entretenido de lo que quería admitir.

Cuando salió de la habitación, encontró a varios estudiantes en el pasillo.

Martina estaba intentando cerrar una mochila que parecía a punto de explotar.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Valeria.

—Todo lo que necesito para sobrevivir.

—Vamos a estar fuera unas horas.

—Precisamente. Nunca se sabe.

Valeria sonrió.

Entonces escuchó una voz detrás de ella.

—¿Estáis listas?

Se giró.

Adrián.

Llevaba una camiseta oscura, unos vaqueros y una mochila mucho más pequeña que la de cualquiera de las chicas.

Clara lo miró.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿No llevas nada?

—Tengo agua.

—¿Comida?

—No.

—¿Chaqueta?

—No.

—¿Cargador?

Adrián sacó el teléfono del bolsillo.

—Tengo batería.

Clara lo miró como si acabara de confesar algo imperdonable.

—Eres un desastre.

—Estoy preparado.

Valeria soltó una risa.

Adrián la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo de mí.

—Un poco.

—Qué decepción.

—Sobrevivirás.

—Eso espero.

Caminaron juntos hasta la entrada de la residencia.

El autobús estaba esperando.

Había estudiantes subiendo y profesores comprobando una lista.

Valeria se quedó mirando el vehículo.

De repente, sintió una pequeña incomodidad.

No sabía por qué.

Quizá porque aquel día iba a estar fuera de su rutina.

Quizá porque sabía que pasaría muchas horas con Adrián.

O quizá porque todavía no había respondido al mensaje de su padre.

Sacó el teléfono.

No había mensajes nuevos.

Una parte de ella sintió alivio.

Otra parte se sintió culpable por sentirlo.

—¿Estás bien?

La voz de Adrián la hizo levantar la cabeza.

—Sí.

—Otra vez esa respuesta.

—¿Qué tiene?

—Que nunca significa lo que dices.

Valeria guardó el teléfono.

—Estoy bien de verdad.

Adrián la observó durante unos segundos.

—Vale.

No insistió.

—¿Subimos?

Valeria asintió.

El autobús estaba casi lleno.

Clara ocupó un asiento junto a la ventana.

Martina se sentó detrás.

Valeria miró alrededor.

Había dos asientos libres juntos.

Uno junto a la ventana.

Otro junto al pasillo.

Adrián estaba detrás de ella.

—¿Dónde te sientas?

Valeria señaló el asiento de la ventana.

—Ahí.

—Entonces yo me siento aquí.

Adrián ocupó el asiento del pasillo.

Valeria lo miró.

—No tienes que sentarte conmigo.

—Ya lo sé.

—Entonces...

—Me gusta este asiento.

—Está bien.

El autobús arrancó.

Durante los primeros minutos, Valeria observó la ciudad desde la ventana.

Todavía no se acostumbraba a verla.

Había algo extraño en caminar por lugares nuevos sabiendo que, poco a poco, iban a convertirse en lugares familiares.

Una cafetería.

Una biblioteca.

Una esquina.

Una estación.

Pequeñas cosas que terminaban formando una vida.

—¿En qué piensas?

Valeria giró la cabeza.

—En nada.

—Eso no existe.

—Sí existe.

—¿Entonces?

—En que todavía me parece extraño estar aquí.

Adrián miró por la ventana.

—A mí también me pasó.

—¿Cuánto tardaste en acostumbrarte?

—No sé.

—¿Un mes?

—Más.

—¿Dos?

—Quizá.

Valeria sonrió.

—Entonces todavía tengo tiempo.

—Mucho.

El autobús tomó una curva.

Valeria volvió a mirar por la ventana.

—¿Sabes qué es lo raro?

—¿Qué?

—Que pensé que iba a echar de menos mi antigua vida.

Adrián la miró.

—¿Y no?

Valeria negó lentamente con la cabeza.

—Echo de menos algunas personas.

—Pero no la vida.

—No.

Adrián no respondió.

Valeria lo miró de reojo.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿Echas de menos tu antigua vida?

Él tardó en contestar.

—A veces.

—¿A ella?

La pregunta salió antes de que Valeria pudiera detenerla.

Adrián la miró.

No parecía molesto.

Pero tampoco cómodo.

—A veces echo de menos quién era yo entonces.

Valeria no esperaba esa respuesta.

—¿Cambiaste mucho?

—Sí.

—¿Para bien?

Adrián sonrió.

—Eso todavía lo estoy averiguando.

Valeria volvió a mirar por la ventana.

No sabía por qué, pero aquella conversación le había dejado una sensación extraña.

Quizá porque entendía perfectamente lo que quería decir.




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