Valeria despertó el sábado con una sensación extraña.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba.
Miró el techo de su habitación, escuchó el ruido lejano de unas puertas cerrándose y sintió que algo no encajaba.
Entonces recordó la excursión.
El viaje.
La llamada de su padre.
La conversación con Adrián.
Y aquel último mensaje.
Buenas noches, Valeria.
Se quedó mirando el techo.
Había sido un día demasiado intenso.
Y, sin embargo, cuando pensaba en él, no recordaba la llamada de su padre como lo primero que le venía a la cabeza.
Recordaba el autobús.
La cabeza de Adrián apoyada accidentalmente sobre su hombro.
La librería.
La conversación en la plaza.
La forma en que él había dicho:
No estás sola.
Valeria cerró los ojos.
—Esto no puede estar pasando.
No quería enamorarse.
Ni siquiera sabía si estaba enamorada.
Pero empezaba a sospechar que el problema no era lo que sentía.
El problema era que ya no podía fingir que no sentía nada.
El teléfono vibró.
Valeria lo tomó.
Tenía un mensaje de Clara.
Clara: ¿Despierta?
Valeria respondió:
Valeria: Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
Clara: Baja.
Valeria frunció el ceño.
Valeria: ¿Para qué?
Clara: Baja.
Valeria: Eso no responde.
Clara: Confía en mí.
Valeria suspiró.
Aquella frase empezaba a parecer demasiado utilizada en su vida.
Se levantó, se puso una sudadera y bajó.
Encontró a Clara en la entrada con dos cafés.
—Toma.
Valeria recibió uno.
—Gracias.
—Necesitamos hablar.
—¿Sobre qué?
Clara comenzó a caminar.
—Sobre ayer.
Valeria la siguió.
—No pasó nada.
—Exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Que no pasó nada y, aun así, volviste diferente.
Valeria la miró.
—¿Diferente cómo?
—Más tranquila.
—Eso no es malo.
—No he dicho que lo sea.
Clara tomó un sorbo de café.
—Me alegro por ti.
Valeria sonrió.
—Gracias.
—Pero también quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
Clara se detuvo.
—¿Te gusta Adrián?
Valeria cerró los ojos.
—Otra vez.
—Necesito saberlo.
—¿Para qué?
—Porque si no te gusta, genial. Pero si te gusta, tienes que saber dónde te estás metiendo.
Valeria dejó de sonreír.
—¿Qué quieres decir?
Clara dudó.
—No sé si debería contártelo.
—Ahora tienes que hacerlo.
—Ayer hablé con Martina.
—¿Y?
—Me dijo que Adrián todavía habla con su ex.
Valeria sintió una pequeña presión en el pecho.
—¿Qué?
—No sé si siguen hablando mucho. Solo sé que no han perdido completamente el contacto.
Valeria bajó la mirada.
—Eso no significa nada.
—No he dicho que signifique algo.
—Entonces, ¿por qué me lo cuentas?
—Porque te conozco.
—No me conoces tanto.
—Más de lo que crees.
Valeria permaneció callada.
Clara continuó:
—Solo quiero que tengas cuidado.
—No necesito que me protejas.
—Lo sé.
—Entonces déjame decidir.
Clara asintió.
—Eso haré.
Valeria respiró profundamente.
—Gracias.
—De nada.
Volvieron a caminar.
Después de unos segundos, Clara sonrió.
—Pero una cosa sí te digo.
—¿Qué?
—Cuando él te mira, no parece estar pensando en su ex.
Valeria la miró.
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé.
Clara sonrió.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
El resto de la mañana, Valeria intentó no pensar en la conversación.
No quería sacar conclusiones.
Adrián nunca le había mentido.
Nunca había dicho que ya no hablara con su ex.
Tampoco le había prometido que ella fuera la única persona que le importaba.
No tenía derecho a enfadarse.
Aun así, algo había cambiado.
Porque ahora sabía que existía otra persona.
Y aunque no quisiera admitirlo, aquella posibilidad le molestaba.
Mucho.
A mediodía, decidió ir a una cafetería cercana.
Necesitaba salir.
Se sentó junto a la ventana y abrió el libro que había comprado el día anterior.
Intentó leer.
No pudo.
Leyó la misma página dos veces.
Después tres.
Finalmente cerró el libro.
—Esto es ridículo.
Sacó el teléfono.
Abrió la conversación con Adrián.
Escribió:
Valeria: ¿Qué haces?
Borró el mensaje.
Volvió a escribir:
Valeria: ¿Estás ocupado?
También lo borró.
Finalmente bloqueó el teléfono.
—No voy a escribirle.
Cinco segundos después, el teléfono vibró.
Valeria lo miró.
Adrián: ¿Qué haces?
Ella abrió los ojos.
Valeria: ¿Cómo sabes que estaba pensando en ti?
La respuesta llegó:
Adrián: No lo sé.
Valeria: Entonces, ¿por qué me escribiste?
Adrián: Porque quería hablar contigo.
Valeria sonrió.
Valeria: Estoy en una cafetería.
Adrián: ¿Cuál?
Ella le dio el nombre.
Adrián: Voy.
Valeria se quedó mirando la pantalla.
—No.
Demasiado tarde.
Ya había enviado otro mensaje.
Adrián: Diez minutos.
Valeria guardó el teléfono.
Intentó convencerse de que no estaba nerviosa.
No funcionó.
Adrián llegó doce minutos después.
—Dijiste diez.
—Había tráfico.