No éramos para siempre

Capítulo 13 — Lo que no estaba planeado

Durante los días siguientes, Valeria intentó convencerse de que todo había vuelto a la normalidad.

Pero ya no existía una normalidad.

Después de todo lo que había descubierto sobre Adrián, la forma en que lo veía había cambiado.

No para peor.

Al contrario.

Ahora entendía algunos de sus silencios.

Entendía por qué evitaba hablar de su familia.

Entendía por qué le costaba confiar.

Entendía por qué, incluso cuando parecía tranquilo, a veces tenía una expresión distante, como si una parte de su cabeza estuviera en otro lugar.

Pero también había algo que había cambiado dentro de ella.

Ya no tenía miedo de conocer esa parte de él.

Y eso la sorprendía.

Había pasado tanto tiempo intentando protegerse de las personas que, cuando alguien finalmente había conseguido acercarse, había esperado encontrar una razón para alejarse.

Y la había encontrado.

Varias, de hecho.

Su pasado.

Lucía.

Su familia.

Los problemas que arrastraba.

La incertidumbre.

Pero ninguna de aquellas cosas había conseguido hacer que quisiera marcharse.

Quizá porque, por primera vez, no sentía que estuviera sola cargando con sus propios problemas.

El lunes por la mañana, Valeria llegó temprano a clase.

Se sentó junto a la ventana y sacó sus apuntes.

Todavía faltaban veinte minutos para que comenzara la primera clase.

Abrió el cuaderno.

Intentó estudiar.

No pudo.

Miró hacia la puerta.

Nada.

Volvió a mirar los apuntes.

Dos minutos después volvió a levantar la cabeza.

Nada.

—¿Esperas a alguien?

Valeria se sobresaltó.

Clara estaba detrás de ella.

—No.

—Claro.

—¿Qué?

—Llevas cinco minutos mirando la puerta.

—Estaba distraída.

—Sí.

Clara se sentó a su lado.

—¿Habéis hablado desde el sábado?

—Sí.

—¿Y?

Valeria sonrió.

—Estamos bien.

—Eso no responde a mi pregunta.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

Valeria soltó una risa.

—No pasó nada.

—¿Nada?

—Hablamos.

—¿Solo hablasteis?

—Sí.

Clara la miró con una expresión incrédula.

—Qué decepción.

—¿Qué esperabas?

—No sé. Algo.

—Pues no.

—Entonces explícame por qué llevas esa sonrisa.

Valeria se tocó la cara.

—¿Qué sonrisa?

—Esa.

—No tengo ninguna sonrisa.

—La tienes.

Valeria intentó ponerse seria.

No pudo.

—Me cae bien.

Clara soltó una carcajada.

—¿Te cae bien?

—Sí.

—Llevas semanas hablando de él y ahora resulta que simplemente te cae bien.

—No he dicho eso.

—Exactamente.

Antes de que Valeria pudiera responder, alguien se acercó por detrás.

—¿De quién estáis hablando?

Las dos se quedaron calladas.

Adrián.

Clara sonrió.

—De nadie.

—Eso siempre significa que estabais hablando de alguien.

—Pues no.

Adrián miró a Valeria.

—¿Todo bien?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Adrián dejó una pequeña bolsa sobre su mesa.

—Toma.

Valeria la miró.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Sacó una pequeña libreta.

Era sencilla, de tapa azul oscura.

—¿Para qué?

—Para el proyecto.

—Ya tengo cuaderno.

—Ese es para ti.

Valeria lo miró.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Por qué?

Adrián se encogió de hombros.

—La vi ayer y pensé que te gustaría.

Valeria pasó los dedos por la tapa.

—Es bonita.

—Bien.

—Gracias.

—De nada.

Clara observaba la escena con una sonrisa.

—Voy a sentarme en otro sitio.

Valeria la miró.

—¿Por qué?

—Porque aquí sobra una persona.

Adrián se rio.

—Nos vemos luego.

Clara se marchó.

Valeria negó con la cabeza.

—Es insoportable.

—Un poco.

—Pero tiene buenas intenciones.

—Eso sí.

El profesor entró en el aula.

Ambos guardaron silencio.

Pero durante los primeros minutos de clase, Valeria miraba de vez en cuando la libreta.

No era un regalo importante.

No era algo caro.

Pero precisamente por eso le gustaba.

Adrián había visto algo.

Había pensado en ella.

Y había decidido comprarlo.

Era un pequeño detalle.

Y quizá los pequeños detalles eran los que más importaban.

A la hora del descanso, Valeria abrió la libreta.

En la primera página había una frase escrita.

«Para todas las cosas que todavía no te atreves a decir.»

Valeria se quedó inmóvil.

Adrián apareció detrás.

—¿Te gusta?

Ella levantó la mirada.

—¿Tú has escrito esto?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque siempre dices que tienes demasiadas cosas en la cabeza.

Valeria sonrió.

—Es verdad.

—Entonces escríbelas.

—¿Y si alguien la encuentra?

—Nadie la va a encontrar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no voy a tocarla.

Valeria levantó una ceja.

—¿Prometido?

—Prometido.

Ella volvió a mirar la frase.

—Gracias.

—De nada.

—Es un buen regalo.

—Me alegro.

Adrián se sentó junto a ella.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí.

—¿Has pensado en lo que hablamos el otro día?

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros.

Valeria sintió un pequeño nerviosismo.

—Sí.

—¿Y?

Ella cerró la libreta.

—Creo que quiero seguir conociéndote.

Adrián sonrió.

—Yo también.

—Pero despacio.

—Despacio.

—Sin ponerle nombre a todo.

—De acuerdo.

—Y sin presionarnos.

—De acuerdo.

Valeria sonrió.

—Entonces estamos de acuerdo en muchas cosas.

—Eso parece.

Durante unos segundos se quedaron en silencio.

—Hay algo que sí quiero decirte —añadió Adrián.

—¿Qué?

—Me gustas.




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