Adrián permaneció sentado en el borde de la cama durante varios minutos.
El teléfono seguía en su mano.
La pantalla se había apagado, pero él todavía podía recordar perfectamente el mensaje.
Papá: Necesitamos hablar. Hay algo que no te he contado.
Y después:
Papá: Tiene que ver con tu madre.
Adrián sintió que el estómago se le cerraba.
Había cosas que uno podía esperar.
Una discusión.
Un reproche.
Una llamada inesperada.
Incluso una petición de perdón.
Pero aquello era diferente.
Su madre.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien había mencionado aquel tema de aquella manera.
Adrián dejó el teléfono sobre la cama.
Intentó convencerse de que no era nada.
Quizá su padre simplemente quería hablar de algo relacionado con ella.
Quizá era una cuestión familiar.
Quizá estaba exagerando.
Pero conocía demasiado bien a su padre.
No solía escribir mensajes así.
Siempre había sido directo.
Cuando quería algo, lo decía.
Cuando estaba enfadado, también.
Aquel mensaje no parecía ninguna de las dos cosas.
Parecía miedo.
Y eso era precisamente lo que más le preocupaba.
Al día siguiente, Adrián llegó a clase antes de lo habitual.
No había dormido prácticamente nada.
Se sentó en su lugar y sacó los apuntes.
Intentó leer.
No consiguió concentrarse.
Cada dos minutos miraba el teléfono.
Ningún mensaje nuevo.
Valeria llegó unos minutos después.
Lo vio inmediatamente.
—Buenos días.
Adrián levantó la mirada.
—Buenos días.
Ella dejó la mochila.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Valeria lo observó.
—No tienes buena cara.
—No dormí bien.
—¿Por qué?
Adrián dudó.
—Mi padre me escribió anoche.
Valeria se sentó.
—¿Ha pasado algo?
Él respiró profundamente.
—Dice que necesita hablar conmigo.
—¿Sobre qué?
Adrián miró el teléfono.
—Sobre mi madre.
Valeria guardó silencio.
Sabía que aquel tema era delicado.
No quería presionarlo.
—¿Quieres hablar de ello?
—No sé.
—Está bien.
—Pero quiero contártelo.
Valeria lo miró.
—Cuando estés preparado.
Adrián asintió.
—Gracias.
El profesor entró en el aula.
La conversación terminó.
Pero durante toda la clase, Valeria notó que Adrián apenas prestaba atención.
Al terminar, Adrián recibió otro mensaje.
Papá: Hoy a las 18:00. En casa.
Adrián lo leyó.
Después bloqueó el teléfono.
Valeria se acercó.
—¿Era él?
—Sí.
—¿Qué quiere?
—Que vaya a casa.
Valeria entendió inmediatamente lo que aquello significaba.
—¿Vas a ir?
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
—Sí.
—¿Quieres que te acompañe?
Él la miró.
—No.
Valeria asintió.
—De acuerdo.
—No es porque no quiera que estés conmigo.
—Lo sé.
—Solo necesito hacerlo yo.
—Lo entiendo.
Adrián sonrió ligeramente.
—¿Podemos vernos después?
—Claro.
—No sé cómo voy a estar.
—No tienes que estar de ninguna manera.
Él la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Que si quieres hablar, hablamos. Si no quieres hablar, no hablamos.
Adrián sonrió.
—Eso me ayuda.
A las seis menos diez, Adrián estaba frente a la casa donde había crecido.
No había vuelto allí desde hacía meses.
Quizá incluso más.
Se quedó mirando la puerta.
Recordó muchas cosas.
Su habitación.
Las cenas familiares.
Las discusiones.
Las tardes estudiando.
Las veces que había esperado que su padre reconociera sus esfuerzos.
Y también los momentos en que su madre estaba allí.
Sonriendo.
Preguntándole cómo había ido el día.
Preparándole algo de comer cuando llegaba tarde.
Aquellos recuerdos eran los más difíciles.
Porque no estaban asociados a la tristeza.
Estaban asociados a una época en la que todavía creía que todo podía arreglarse.
Llamó al timbre.
La puerta se abrió.
Su padre estaba allí.
—Hola.
Adrián tardó un segundo en responder.
—Hola.
—Pasa.
Entró.
Todo parecía igual.
Y al mismo tiempo, nada lo era.
Su padre cerró la puerta.
—¿Quieres tomar algo?
—No.
—Está bien.
Se dirigieron al salón.
Adrián se sentó.
Su padre permaneció de pie.
—No sabía cómo contarte esto.
—Entonces empieza por el principio.
Su padre respiró profundamente.
—Tu madre dejó una carta.
Adrián levantó la mirada.
—¿Una carta?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace años.
Adrián sintió que algo dentro de él se tensaba.
—¿Y por qué me lo dices ahora?
Su padre se sentó frente a él.
—Porque creo que ya tienes edad para conocer toda la historia.
—¿Toda la historia de qué?
Su padre bajó la mirada.
—De por qué se fue.
Adrián permaneció completamente quieto.
—Yo siempre pensé que se fue porque quería empezar una vida nueva.
—Eso es lo que te dije.
—¿Y no era verdad?
Su padre tardó en responder.
—No completamente.
Adrián sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué significa eso?
Su padre miró hacia una estantería.
—Tu madre no quería irse.
Adrián no respondió.
—¿Entonces por qué se fue?
—Porque pensó que era lo mejor para todos.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Entonces explícame.
Su padre permaneció callado unos segundos.
—Cuando tú eras pequeño, tu madre estaba pasando por una situación complicada.
—¿Qué situación?
—Tenía problemas personales.
—¿Qué tipo de problemas?
—No quiero hablar de cosas que ella consideraba privadas.