No éramos para siempre

Capítulo 15 — Lo que elegimos

Durante los días siguientes, Adrián estuvo diferente.

No distante.

No triste.

Simplemente diferente.

Había algo en su manera de mirar las cosas que había cambiado después de reencontrarse con su madre.

Valeria no sabía exactamente qué habían hablado.

No había querido preguntarle.

Él le había contado algunas cosas, pero no todas.

Y ella había aprendido que querer a alguien también significaba saber cuándo dejarle espacio.

A veces pensaba que, antes de conocerlo, había confundido cercanía con saberlo absolutamente todo de una persona.

Ahora entendía que no era así.

Podías querer conocer a alguien sin exigirle que te entregara cada parte de su historia de inmediato.

Podías estar presente sin invadir.

Podías confiar sin dejar de tener tus propios límites.

Y quizá eso era precisamente lo que estaban aprendiendo juntos.

El lunes por la mañana, Valeria llegó a clase y encontró a Adrián sentado junto a la ventana.

Tenía los auriculares puestos y estaba mirando por el cristal.

Ella se acercó.

—Buenos días.

Adrián se quitó uno de los auriculares.

—Buenos días.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Valeria dejó la mochila.

—¿Seguro?

Él sonrió.

—Sí.

—Te veo pensativo.

—Estoy pensando.

—Eso ya lo había notado.

Adrián soltó una pequeña risa.

—Mi madre me escribió.

Valeria se sentó.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Habéis hablado?

—Un poco.

Valeria asintió.

—Me alegro.

Adrián la miró.

—Quiero verla otra vez.

—¿Vas a volver?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Todavía no sé.

Valeria sonrió.

—Entonces tienes algo que esperar.

—Sí.

Hubo unos segundos de silencio.

—También me dijo algo que me hizo pensar.

—¿Qué?

Adrián se quitó el otro auricular.

—Que durante mucho tiempo he vivido intentando demostrar que podía estar bien solo.

Valeria lo observó.

—¿Y?

—Y quizá confundí ser independiente con no necesitar a nadie.

Ella bajó la mirada.

—Hay una diferencia.

—Lo sé ahora.

—¿Cuál?

—Que necesitar compañía no significa no poder caminar solo.

Valeria sonrió.

—Eso está bien.

—Me lo estás pegando.

—¿El qué?

—Ser sensata.

—No creo que sea contagioso.

—Conmigo sí.

Ambos sonrieron.

El profesor entró en el aula.

La conversación terminó.

Pero aquella frase permaneció en la cabeza de Valeria durante toda la mañana.

Necesitar compañía no significa no poder caminar solo.

Quizá también se aplicaba a ella.

A la hora del descanso, Clara apareció con una expresión extraña.

—Tenemos un problema.

Valeria la miró.

—¿Qué pasó?

—El proyecto.

—¿Qué proyecto?

—El de la presentación.

Valeria abrió los ojos.

—¿Cuándo es?

—En dos semanas.

—Eso no es un problema.

—Sí lo es.

—¿Por qué?

—Porque el profesor ha cambiado las condiciones.

Adrián se acercó.

—¿Qué condiciones?

Clara sacó el teléfono.

—Tenemos que hacer una presentación delante de toda la clase y además entregar un trabajo escrito.

Adrián miró a Valeria.

—Eso podemos hacerlo.

—Sí —respondió ella.

—¿Cuál es el problema entonces?

Clara los miró.

—Que la presentación es en parejas.

—Seguimos siendo pareja.

—Sí, pero hay una parte individual.

Valeria frunció el ceño.

—¿Individual?

—Cada uno tiene que defender una parte sin que el otro intervenga.

Adrián sonrió.

—Eso no es tan grave.

Clara lo miró.

—Para ti no.

—¿Por qué?

—Porque hablas delante de la gente como si nada.

Adrián se encogió de hombros.

—No siempre.

Valeria soltó una risa.

—Es verdad.

—¿Tú te pones nerviosa?

—Muchísimo.

Adrián la miró.

—Entonces practicamos.

—¿Juntos?

—Sí.

—¿Y si me bloqueo?

—Lo vuelves a intentar.

—¿Y si vuelvo a bloquearme?

—Lo vuelves a intentar otra vez.

Valeria sonrió.

—No parece un gran método.

—Es el mejor que tengo.

Clara negó con la cabeza.

—Sois increíbles.

—Gracias —dijo Adrián.

—No era un cumplido.

Esa tarde, después de las clases, fueron a la biblioteca.

El trabajo trataba sobre un tema relacionado con la sociedad y los cambios que había experimentado en los últimos años.

No era especialmente difícil.

Pero requería bastante preparación.

Valeria abrió el ordenador.

—Tenemos que dividir las partes.

—Vale.

—Yo puedo hacer la introducción.

—Yo la segunda parte.

—Después hacemos las conclusiones juntos.

—Perfecto.

Durante más de una hora trabajaron.

No hablaron de sus problemas.

No hablaron de sus familias.

No hablaron de Lucía.

Simplemente trabajaron.

Y Valeria se dio cuenta de algo.

Le gustaba aquello.

Le gustaba poder pasar tiempo con Adrián sin que cada conversación tuviera que ser profunda.

A veces simplemente podían ser dos estudiantes intentando terminar un trabajo.

Y eso era suficiente.

Cuando terminaron, salieron de la biblioteca.

Ya era de noche.

—¿Tienes hambre? —preguntó Adrián.

—Sí.

—¿Quieres comer algo?

—Sí.

Entraron en un pequeño restaurante cerca de la universidad.

Se sentaron frente a frente.

—¿Qué quieres?

—No sé.

—Siempre dices eso.

—Porque nunca sé qué quiero.

—Eso explica muchas cosas.

Valeria levantó una ceja.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—No.

—Solo digo que quizá eres indecisa.

—No soy indecisa.

—Acabas de demostrar lo contrario.

—Estoy pensando.

—Llevas cinco minutos pensando.




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