LUNES.
Llegamos casi al amanecer, con el cansancio colgando de nuestros hombros. Apenas bajamos las maletas del auto, todos coincidimos en que lo único sensato era repartir habitaciones y dormir un rato.
—Bien, elijan rápido, que me caigo del sueño —bostezó Norah.
—Yo me quedo con la principal —anunció Noah, arrebatándole la llave a mi hermano antes de salir corriendo—. Y dormiré solo, gracias.
No me sorprendió en lo más mínimo. Había pasado horas mirando las fotos que Aaron tenía de la casa, como si planeara su conquista desde antes.
—Perfecto, yo dormiré con Norah. No pienso compartir habitación con Sara —gruñó mi hermano, lanzándome otra llave.
—Mejor para mí, así no tengo que soportarte —le saqué la lengua, disfrutando la pequeña victoria.
Aaron soltó una leve risa y empujó la puerta.
—Vamos a dormir —murmuró, justo antes de que una ráfaga de aire fresco nos recibiera.
La habitación nos recibió con una hermosa vista al lago. Junto a la única cama había una mesita sencilla, y todo el lugar desprendía ese encanto cálido de las casas antiguas de madera. Me encantó de inmediato; era acogedor, casi como si nos esperara.
—Vamos a dormir —murmuró Aaron antes de lanzarse sobre la cama.
—Me parece perfecto —respondí, acostándome también y dándole la espalda, justo cuando él hizo lo mismo.
Quería que se acercara y me abrazara, pero parece que no captó la indirecta. Podría pedírselo, claro, pero aún no tengo el valor. Solo imaginarlo me pone nerviosa. Lo sé, es una completa tontería.
Supongo que dormiremos así. Estoy montándome toda una novela en la cabeza solo porque no se voltea a abrazarme.
—Si quieres que te abrace, solo pídemelo —murmuró cerca de mi oído—. Y deja de susurrarlo mientras calculas cada movimiento.
Su brazo se deslizó por mi cintura y me acercó un poco más a él.
No puede ser, no me di cuenta de que estaba pensando en voz alta. ¡Qué vergüenza! Otra más para la lista de veces en que mi dignidad se fue directo al suelo. Pero, siendo sincera, vale la pena por este momento: el calor del cuerpo de Aaron es como un arrullo que me envuelve.
Siento cómo Aaron recorre mi silueta con la yema de su dedo; eso provoca en mí de todo, menos sueño.
Suavemente, me giró hasta quedar frente a él. Me observó unos segundos, y yo solo pude devolverle una sonrisa. Se acercó despacio y me besó. No sabía cuánto había deseado ese momento hasta que sentí sus labios rozando los míos. El beso fue intenso, y pronto nos acomodamos de modo que Aaron quedó sobre mí, sin separarse ni un instante.
—En este momento tengo de todo, menos sueño —jadeó al separarse apenas unos centímetros.
No iba a contenerme mucho más.
Lo atraje de nuevo hacia mí y profundicé el beso. Aaron se quitó la camisa y siguió besándome con urgencia; cada vez que sus labios rozaban mi piel, el deseo se encendía aún más.
El sol ya estaba por ocultarse cuando despertamos. Acabábamos de almorzar y, tras una larga votación, decidimos que lo mejor sería hacer una fogata. Así que fuimos al bosque a buscar leña.
Decidimos hacer la fogata teniendo en cuenta el tiempo que nos va a tomar encenderla; ya va a ser de noche para cuando esté lista.
Nos adentramos en el bosque mientras Noah correteaba y jugaba a nuestro alrededor. Los árboles, altos y majestuosos, filtraban los rayos del sol, bañando el camino con destellos dorados. Este lugar estaba lleno de una belleza pura.
—Parece un perro que estuvo encerrado mucho tiempo —soltó Norah.
—Debes admitir que es tierno —respondí riendo.
—Es tiernamente ruidoso.
—Si no tuviera un hermano y no supiera que así nos tratamos, juraría que lo odias.
—Sí, aunque sea demasiado... —Norah se detuvo de repente.
—¿Ruidoso? Si entendí.
—No, Sara... ¿escuchas algo? —preguntó preocupada, mirando a su alrededor.
—No. No escucho nada.
—Exacto —susurró Norah, con los ojos bien abiertos.
—No entiendo a qué... Oh, mierda.
—¡NOAH! —empezamos a gritar, buscándolo por todas partes.
—¿Dónde carajos se metió? ¡Prometí cuidar a los Smith! Clara me va a matar.
Llevábamos alrededor de 20 minutos buscándolo y no tenemos ni idea de dónde puede estar. Mientras buscábamos en unos arbustos, escuchamos unas ramas romperse detrás de nosotras.
—¡SORPRESA! —gritó alguien detrás de nosotras, lo cual nos hizo gritar y sobresaltarnos de una manera exagerada.
—Maldita sea, Noah, casi me das un infarto —solté llevando una mano a mi pecho.
—Perdón, todo fue culpa de una mariposa.
—¿De qué mierda estás hablando? —dijo Norah con la mano aún en el pecho.
—Lo que pasó es que las estaba siguiendo y una mariposa se paró en mi mano, luego empezó a volar, así que la seguí, pero cuando pensé que la había alcanzado, se fue volando, así que me regresé a buscarlas y ustedes ya no estaban —contó Noah—. No es mi culpa.
—No me jodas, Noah, nos asustaste —respondí molesta.
—Lo siento, pero en todo esto, tengo madera —dijo sonriendo, mostrando los dientes.
—Bien, vámonos antes de que oscurezca y en serio te pierdas.
Cuando regresamos, los chicos ya estaban ocupados preparando mantas y algunos malvaviscos. Intentaban encender la fogata mientras la noche caía, y era imposible no reír al ver cómo luchaban por lograrlo. Según ellos, hasta un tonto podría encender una fogata con un fósforo, pero tras varios intentos fallidos -y unos cuantos tutoriales de YouTube-, por fin consiguieron hacerlo.
Todos nos sentamos alrededor de la fogata; Norah se sentó a mi lado y frente a nosotras se sentaron los chicos.
—Oye, Aaron, creo que es el momento perfecto para tocar algo con tu guitarra, ¿no crees? —dijo mi hermano haciendo énfasis en la palabra perfecto.
—Tienes razón, amigo, ya vengo —respondió Aaron entrando a la casa por su guitarra.
Pasó un tiempo antes de que volviera, trayendo consigo la guitarra. Se sentó en su lugar original y comenzó a afinar las cuerdas.