No eres mi primer amor.

Capítulo 28. La primera cita.

Bueno, ahí estaba otra vez frente al espejo, dándome los últimos retoques. Aaron pasaría por mí en un rato para nuestra primera cita oficial, y no podía negar que ese chico me había cambiado. Antes casi no me arreglaba; el maquillaje y yo éramos desconocidos. Ahora... bueno, ahora somos amigas cercanas.

—¡Sara! El pejelagarto está aquí —gritó mi hermano desde abajo.

—¡Ya voy!

Desde que volvimos, Hunter decidió que así llamaría a mi próximo novio, porque según él debía intimidarlo desde el inicio. Lo que no esperaba era que ese novio fuera uno de sus mejores amigos, así que su plan de hermano sobreprotector le salió fatal.

Al bajar las escaleras, los encontré a él y a Aaron conversando. En cuanto llegué al último escalón, ambos se giraron hacia mí y me dedicaron una sonrisa que me calentó el pecho.

—Bien, adiós— le dije a mi hermano.

—No la traigas muy tarde, quieres— soltó mi hermano.

Aaron respondió moviendo la cabeza y después me miró a mí, mientras que mi hermano subía las escaleras, me sentía realmente nerviosa, no tengo idea de porque no es como si fuera la primera vez que salimos, pero sentía un vacío en el estómago y mi corazón iba a mil por hora.

—¿Estás lista?

—Vámonos.

Él sonrió de lado y beso mi frente.

—Perfecto— soltó.

Empezamos a caminar hacia su auto y cuando nos subimos me entregó una venda roja.

—Póntela, por favor— dijo estirando su mano hacia mí.

—¿Me vas a secuestrar?

Fingió pensarlo por un momento.

—No sería mala idea— respondió sonriendo.

Me coloqué la venda y comenzamos a avanzar. Durante todo el trayecto, intentaban adivinar nuestra dirección basándose en los movimientos del auto, pero vamos, no estoy en una película de acción donde la gente puede predecir cada giro que damos según el viento. Me perdí en cuanto Aaron dio la primera vuelta, y aquí estoy, a la espera de descubrir a dónde me llevará.

—¿A dónde vamos? — pregunté. Tratando de contener mi curiosidad mientras el auto avanzaba por las calles.

—Vamos a ir a un restaurante.

—¿En serio? — Pregunté nuevamente con sorpresa.

—No, si te fuera a decir tan fácilmente a donde vamos no te habría vendado los ojos.

—Touché— respondí.

Pregunte unas cuantas veces más así de intensa como el burro de Shrek, pero no me dijo nada.

Después de un rato sentí cómo el auto disminuía la velocidad hasta detenerse por completo. Escuché el motor apagarse y luego la puerta del conductor abrirse. A los pocos segundos, la puerta a mi lado se abrió también y las manos cálidas de Aaron rodearon las mías para ayudarme a bajar, pues la venda seguía en su sitio.

—Buenas tardes —saludó él con una voz tranquila.

Otra voz masculina respondió:

—Buenas tardes.

No tenía idea de dónde estábamos, pero el aire era más frío y quieto que antes. Caminamos unos pasos más, hasta que Aaron se detuvo frente a mí.

—Listo... llegamos —susurró, y sentí cómo sus dedos desataban suavemente la venda.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, una sonrisa se me escapó sin permiso... aunque pronto se mezcló con confusión.

Estábamos en el cementerio. Más específicamente, frente al mausoleo de mi familia. Mi pecho se apretó, como si el aire se volviera más pesado. Me acerqué lentamente a la tumba de mi padre y pasé los dedos sobre su nombre grabado en la piedra fría, mientras un nudo empezaba a formarse en mi garganta.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté con la voz apenas audible, aún sin comprender.

—Ya verás —respondió él, suave pero seguro. Luego dio un paso hacia la tumba de mi padre y se arrodilló frente a ella.

—Buenas tardes, señor Daniells —comenzó, con un respeto tan profundo que me dejó sin aliento—. Quería decirle que... me enamoré de su hija. Quiero ser directo con usted: ella es mi felicidad.

Tragué saliva mientras él continuaba.

—Sé que usted pensaría que no la merezco, y tiene toda la razón... yo también lo creo. Pero le prometo que voy a convertirme en el hombre que ella merece. —Sonrió apenas, con una ternura que me quebró—. Para ella, usted es lo más importante de este mundo... y para mí, ella es mi mundo. Por eso quería hacer las cosas bien desde el principio. Vine aquí para decirle que su hija lo es todo para mí y que voy a hacerla tan feliz como usted hubiera querido verla.

Sentí cómo las lágrimas, tibias e inevitables, empezaban a deslizarse una tras otra por mis mejillas. Lo que estaba haciendo... nadie, jamás, había hecho algo tan hermoso por mí.

Aaron se puso de pie y se giró hacia mí. Sus ojos estaban llenos de dulzura.

—Cuando regresamos de la casa del lago dijiste que te hubiera gustado que él fuera parte de todo esto... o que al menos estuviera aquí para hablarlo contigo —recordó con una leve sonrisa—. Y tenías razón. Él debe ser parte de esto, esté donde esté.

Caminé hacia él y lo abracé con fuerza, hundiendo mi rostro en su hombro.

Que él tomara esta iniciativa... sin que yo la pidiera... sin siquiera insinuarla... me llenaba el corazón de una forma que dolía bonito. Y encima había venido en traje, elegante pero sin exagerar. ¿Cómo no amarlo más?

Me giré hacia la tumba y hablé con un nudo en la garganta.

—No te preocupes, papá... si me rompe el corazón, vendré a contártelo y tú sabrás qué hacer.

Aaron rio con suavidad.

—No le haga caso señor, es más probable que ella me rompa el corazón a mí, yo jamás le rompería el corazón a tan perfecta mujer— comento para después besar mi mano.

Al salir del cementerio caminamos en silencio hasta el auto. Apenas cerré la puerta, toda la emoción que había estado conteniendo explotó dentro de mí. Me giré hacia él y, antes de que pudiera decir algo, tomé su rostro entre mis manos y lo besé.

Él respondió sin dudarlo, rodeando mi cintura y atrayéndome hacia él. El beso se volvió profundo, intenso, de esos que hacen que el mundo se vuelva ruido de fondo.



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En el texto hay: amor, amor adolescente

Editado: 09.01.2026

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