No podía creerlo: finalmente había llegado el último día de mi último año. Una parte de mí quería salir corriendo sin mirar atrás, pero otra se aferraba con fuerza a la nostalgia que me oprimía el pecho. Todo lo vivido regresó de golpe a mi mente. El primer día de secundaria, cuando Noah, Norah, Hunter y yo cruzamos esas puertas con miedo y nervios, sintiéndonos diminutos en un lugar enorme. El salón de arte se convirtió en nuestro refugio, el sitio donde el tiempo parecía detenerse y donde, sin darnos cuenta, construimos recuerdos que hoy pesan más que cualquier clase a la que faltamos.
—Siento que este lugar es familiar —dijo Aaron, sacándome de mis pensamientos.
Levanté la mirada y entonces lo entendí. Estábamos exactamente en el mismo lugar donde nos conocimos por primera vez, como si el tiempo hubiera decidido cerrarse en un círculo perfecto.
—Amor a primera vista —comentó con una sonrisa ladeada.
—Amor a primer choque —lo corregí, conteniendo la risa.
Él rió suavemente.
—Quién diría que ese choque sería el inicio de la historia más hermosa de todas —dijo, dejando un beso suave sobre mis nudillos
—Fue un gran día.
—Nuestros hijos van a amar esta historia —soltó
—¿Hijos? ¿En plural? —reí—. ¿Cuántos hijos piensas que vamos a tener?
—¿Cuatro?
—Dos— corregí.
—tres.
—Dos, es mi oferta final.
—Trato— dijo extendiéndome su mano.
Yo extendí mi mano y tomé la de él estrechándola.
—Es un placer hacer negocios contigo —dije estrechando su mano—, y será aún más un placer hacer esos hijos contigo.
Cuando entramos al salón, la profesora de biología ya estaba allí, con esa expresión inconfundible de alguien que solo espera que el día termine. Normalmente nos habría regañado por llegar tarde, pero en este punto parecía darle exactamente igual todo lo que hiciéramos. Nos sentamos y los chicos se acercaron a nosotros, compartiendo esa sensación colectiva de despedida.
—Qué nostalgia es el último día—dijo Norah sentándose frente a nosotros.
—Me alegra ya por fin irnos de aquí—continuó Noah.
—Y se viene la graduación—mencionó mi hermano.
Antes de seguir, la campana que da el inicio de la clase nos interrumpió y seguido de eso la profesora de biología.
—Bien, muchachos —comenzó la profesora—. Se supone que debería empezar la clase ahora, pero ustedes no quieren estar aquí y yo tampoco. Además, hoy se gradúan, así que lo que hagamos o dejemos de hacer ya importa un carajo —dijo con total sinceridad—. Hagan lo que quieran, pero en voz baja, que me duele la cabeza.
Ese día los profesores no parecían personas, sino zombis deambulando por los pasillos, sobreviviendo a base de café y resignación. Y era entendible. Durante el receso decidimos recorrer la escuela, un lugar más lleno de recuerdos que de paredes. El tiempo había pasado demasiado rápido. Hace seis años era una niña tímida, avergonzada de casi todo, y jamás imaginé que encontraría el amor en estos pasillos. La vida, como suele hacerlo, me ha enseñado que nada está garantizado y que los caminos del destino son impredecibles.
Ya era medio día, el día de hoy nos dejaron salir de la escuela un par de horas antes para poder ir a arreglarnos y lucir fabulosos para la graduación, que es hoy en la noche, los chicos se fueron por su lado a buscar un traje para esta noche. Norah y yo decidimos ir a buscar un vestido para esta noche porque, como es habitual, todos decidimos dejarlo todo para el último minuto.
El trayecto hacia el centro comercial fue lo último que deseaba. Norah estaba inmersa en una conversación telefónica con su madre, organizando los detalles de la ceremonia: la ubicación y el horario. Preferiría evitar este tipo de situaciones, ya que mientras ella hablaba, mis pensamientos se apoderaban de mí. Durante todo este tiempo, he intentado mantenerme ocupada, distraída, evitando pensar en lo que está por venir: en unos días, estaremos en el aeropuerto, y Aaron se alejará a miles de kilómetros. El futuro entre nosotros es incierto. No sé si tendremos que enfrentar una relación a distancia o si llegará el momento en que debamos poner fin a lo nuestro aquí. La incertidumbre me llena de un profundo vacío en el pecho. Sin embargo, entiendo que debemos enfrentar esta situación porque estar juntos no significa que alguno de nosotros deba renunciar a nuestros sueños solo para evitar la separación.
Llegamos al centro comercial y, como era de esperar, comenzó la carrera contrarreloj. Disponíamos de apenas seis horas para encontrar el vestido perfecto, regresar a casa, arreglarnos, maquillarnos y estar listas para la graduación.
—Bueno, cariño —comentó Norah—, aquí empieza nuestra aventura.
—Empecemos con esto.
Ingresamos a la primera tienda y nos sumergimos en la tarea de seleccionar vestidos de todos los estilos: largos, cortos, de colores vibrantes, negros. Después de cada una de nosotras elegir alrededor de diez vestidos, procedimos a medirnos algunos vestidos. Sin embargo, como era de esperar, ninguno de ellos nos convenció a ninguna. Con la misma determinación, nos dirigimos a otra tienda y repetimos el proceso, una y otra vez, recorriendo unas diez tiendas en total.
—¡Corre, Norah, tenemos apenas tres horas! —le grité mientras ella se quedaba atrás.
—Hago lo que puedo —respondió jadeando—. Pidamos un taxi, Sara, te lo suplico.
—Un taxi tarda demasiado, tú solo corre —le respondí sin detenerme.
Llegamos a mi casa para arreglarnos, los chicos nos escribieron hace unas horas que ya estaban en la casa de Noah listos para arreglarse.
Mi celular vibró en mi mano y era un mensaje de Aaron.
El más guapo ❣️
¿Amor, de qué color es tu vestido?
Él se guardó así en mis contactos hace mucho tiempo.
Le respondí que sería vino tinto y comenzamos a maquillarnos, aunque en realidad fue Norah quien me maquilló y yo quien la peinó. Somos un equipo perfecto: Norah tiene un talento divino para el maquillaje y yo soy experta en peinados. Trabajamos tan eficientemente que a las seis en punto ya estábamos listas. En ese momento, mis padres y los padres de los chicos ya estaban en la sala, listos para la graduación, cuando de repente sonó el timbre.