No eres para mí

3

—Buenos días, florecita —dice él, y su voz suena perezosa, pero con un toque de ironía. Un poco ronca. Por los cigarrillos, supongo.

Me detengo. Parpadeo. No estoy segura de haber oído bien.

—¿Qué?

—Florecita —repite él, sonriendo más ampliamente, mostrando los dientes—. Te ves fresca. Como recién cortada del jardín. Tan rosada, tan limpia.

Me mira de arriba abajo —lentamente, evaluándome, como si fuera algo en un escaparate.

Aprieto los puños. Las uñas se clavan en las palmas.

—No me llames así.

—¿Por qué? —inclina la cabeza, como si realmente le interesara. Levanta una ceja—. ¿No te gusta? Pensé que era tierno.

—No. No me gusta. Tengo un nombre.

—Valeria —pronuncia lentamente, alargando las vocales, como si lo probara—. Demasiado largo. Demasiado formal. Florecita es más corto. Más simple. Más tierno.

Sonríe de nuevo, y veo que le gusta irritarme. Esto es un juego para él.

Me acerco a la cafetera, intentando ignorarlo. Tomo una taza de la mesa —la única limpia que queda entre la montaña de platos sucios— y me sirvo café. La mano me tiembla un poco. Por el cansancio. Por la rabia.

Él está parado cerca. Demasiado cerca. Puedo oler su aroma —algo penetrante, un poco ahumado, mezclado con café y algo más. Tal vez perfume. O tal vez simplemente él. El calor de su cuerpo se siente en la cocina fría.

—¿Qué tal dormiste? —pregunta, y en su voz se oye la burla.

Me giro hacia él. Lo miro directamente a los ojos. Oscuros, casi negros. Con motas doradas en algún lugar profundo.

—Horrible. Gracias a ti.

Sonríe. Ampliamente. Con sinceridad.

—Relájate, florecita. Era domingo. La gente descansa. Se divierte. Vive.

—Era domingo. Ahora es lunes. Y yo no descansé. No dormí. En absoluto.

Se encoge de hombros.

—Bueno, ese es tu problema —dice, dando otro sorbo de café—. Yo no te obligué a quedarte despierta. Podrías haber usado tapones para los oídos. O simplemente relajarte.

—Armaste un circo aquí —digo, y mi voz suena más cortante de lo que pretendía.

—Hice una fiesta. Pequeña. Unos cuantos amigos. Música, vino, conversación. Nada del otro mundo. Es lo que hace la gente, ¿sabes? Socializar.

—¿Hasta las tres de la mañana? ¿Hasta las cuatro? ¿Con música que hacía temblar las paredes?

Se encoge de hombros otra vez.

—El tiempo vuela cuando te diviertes —dice, y otra vez esa sonrisa—. Tal vez deberías intentarlo alguna vez. Salir de tu habitación. Conocer gente. Divertirte un poco.

Tomo un sorbo de café. Caliente. Fuerte. Un poco amargo, pero exactamente lo que necesito ahora. Siento cómo la cafeína empieza a correr por mis venas.

—Mira —digo, dejando la taza sobre la mesa, un poco más brusco de lo que pretendía. El café salpica—. No quiero pelear contigo. De verdad. Solo quiero vivir tranquila, estudiar, hacer mi trabajo. Pero si sigues comportándote como si estuvieras solo aquí, como si no hubiera nadie más que tú y tus amigos, vamos a tener problemas. Problemas serios.

Me mira. Evalúa. Su mirada recorre mi rostro —ojos, labios, cuello. Luego los ojos otra vez. Ya no sonríe. Su cara se vuelve más seria. Más fría.

—¿Problemas? —repite lentamente—. ¿Nosotros? Interesante. ¿Y qué vas a hacer, florecita? ¿Quejarte con el casero? ¿Llamar a la policía? ¿Escribir una queja?

Su voz suena baja, pero hay algo amenazante en ella.

No respondo de inmediato. Solo lo miro. Intento no mostrar que por dentro todo está hirviendo. Que quiero arrojarle esta taza. Que quiero gritar.

—Encontraré la manera —digo finalmente.

Da un paso más cerca. Muy cerca. Solo unos centímetros entre nosotros. Siento su calor. Su aliento. Café y algo más. Es más alto que yo —tengo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos. Su mirada recorre mi rostro —los ojos, los labios, el cabello, la nuca.

—¿Sabes cuál es tu problema? —dice en voz baja, casi en un susurro, y siento sus palabras rozar mi cara—. Estás demasiado tensa. Demasiado correcta. Demasiado... controlada. Vives en una jaula que tú misma construiste. Y ahora te enojas cuando alguien no quiere vivir según tus reglas.

No retrocedo. Aunque el corazón late más rápido. Aunque algo se aprieta por dentro.

—Y tu problema —digo, mirándolo directamente a los ojos— es que piensas que el mundo entero gira a tu alrededor. Que todos tienen que tolerar tus caprichos. Que puedes hacer lo que quieras porque así lo deseas. Pero te equivocas.

Se ríe. Brevemente. Secamente. Sin alegría.

—Tal vez —dice, inclinándose aún más cerca. Puedo oler su piel—. Pero ¿sabes qué? Me gusta vivir así. Me gusta no limitarme. No seguir las reglas de otros. Y si no te gusta, puedes buscar otro lugar.

Nos quedamos así unos segundos. Demasiado cerca. Demasiado tiempo. El aire entre nosotros es denso, electrizado, como antes de una tormenta. Oigo su respiración. Él oye la mía.

Luego retrocede. Bruscamente. Toma su taza de la mesa, termina el café de un trago y pone la taza en el fregadero —con el resto de los platos sucios.

—Que tengas un buen día, florecita —dice por encima del hombro, sin volverse, y se dirige a la salida.

La puerta del pasillo se cierra de golpe tras él.

Me quedo de pie en la cocina. Sola. Entre la suciedad, las botellas vacías, las huellas y los olores ajenos. El corazón late como si acabara de correr un maratón.

Miro la puerta por la que acaba de pasar, y entiendo una cosa:

Lo odio.

Realmente lo odio.

Con cada célula de mi cuerpo.

Pero lo peor es que él lo sabe. Lo ve. Y no le importa.

Más que eso, le gusta. Lo divierte. Para él soy un juego. Simplemente otro juguete.

Tomo otro sorbo de café —ya está frío— y miro por la ventana, donde el sol sale sobre la ciudad que ya empiezo a odiar un poco.



#40 en Joven Adulto
#459 en Otros
#194 en Humor

En el texto hay: romance, del odio al amor, héroe poderoso

Editado: 21.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.