No eres para mí

10

A la mañana siguiente me despierto con la sensación de que me ha atropellado un camión. La cabeza me pesa, los ojos están hinchados de tanto llorar, el cuerpo me duele de cansancio. Pero lo peor es darme cuenta de que ahora tendré que limpiar esta maldita casa.

Por dinero. Porque casi no tengo hogar...

Paso por las cinco etapas clásicas de aceptación de lo inevitable en tiempo récord.

Primera etapa: negación.

Esto no me puede estar pasando a mí. No puedo convertirme en la limpiadora de la casa de este tipo arrogante y engreído.

Me lo repito una y otra vez, como un conjuro, esperando que la realidad cambie de alguna manera.

Segunda etapa: ira.

Golpeo la almohada con el puño una y otra vez, imaginándome la cara de Mateo, su sonrisa desdeñosa, esa mirada con la que me mira desde arriba. Dan ganas de gritar, de romper cosas, de sacar toda la rabia afuera.

Tercera etapa: negociación con el destino.

¿Quizás haya otra salida? ¿Quizás pueda pedir dinero prestado a algún conocido? ¿Quizás encuentre otro trabajo en una noche? ¿Quizás venda un riñón en el mercado negro?

Repaso todas las opciones posibles, incluso las más absurdas, con tal de no aceptar esta humillación.

Cuarta etapa: depresión.

Me quedo tendida en la cama, mirando al techo con la mirada vacía y pensando en lo bajo que he caído en los últimos días. De estudiante segura de sí misma a chica indefensa que suplica por un trabajo de limpiadora.

Quinta etapa: aceptación.

Pesada, dolorosa, con un sabor amargo a hiel en la boca, pero aceptación al fin y al cabo. Me resigné a que no hay otra opción.

Está bien. De acuerdo. Limpiaré esta casa. Pero empezaré por el cuarto de Mateo, para terminar cuanto antes con la parte más odiosa.

A las siete de la mañana ya estoy frente a la puerta de su habitación con un cubo, trapos y productos de limpieza. El corazón me late en la garganta. No llamo; simplemente abro la puerta y entro.

Mateo está acostado en la cama, su cuerpo enredado en sábanas blancas que lo envuelven en un desorden caótico.

Un brazo descansa descuidadamente detrás de la cabeza, con el codo apoyado en la almohada. Duerme profundamente, su rostro completamente relajado, desprovisto de esa tensión y esa sonrisa desdeñosa que suele tener.

El pelo oscuro está revuelto y esparcido por la almohada en todas direcciones. En este momento parece casi... tranquilo. Casi como una persona normal, y no esa serpiente arrogante que suele mostrarse ante mí.

Dejo el cubo en el suelo con estrépito.

—¡Buenos días! —digo animadamente, con una alegría falsa en la voz—. ¡Hora de levantarse, porque tienes una limpiadora nueva!

Mateo se sobresalta, parpadea, se cubre la cara con la mano por la luz que entra por la ventana.

—¿Qué demo...? —su voz está ronca por el sueño—. ¿Qué hora es?

—Las siete de la mañana. La mejor hora para limpiar.

Se incorpora sobre los codos, me mira con incredulidad.

—¿Te has vuelto loca? ¿Las siete de la mañana?

—Tú querías que limpiara la casa —digo dulcemente—. Estoy limpiando. Y ya que vivimos bajo el mismo techo, ¿por qué no empezar ahora mismo? Con tu cuarto, por ejemplo.

Me mira como si acabara de aterrizar de Marte.

—¿A las siete de la mañana?

—Sí. A las siete de la mañana. ¿Algún problema?



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En el texto hay: romance, del odio al amor, héroe poderoso

Editado: 21.01.2026

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