No eres real

7. ¡Siempre soy todo yo!

Mientras esperamos a que Adri termine de comer, y a que mamá se aliste para irnos —ha logrado terminar su desayuno y ahora está arriba, no había tenido tiempo de arreglarse ella siquiera—, los demás nos dispersamos por la casa.

Gia, Erne y yo aún estamos hablando en la cocina, mi abuela está regando las plantas del jardín tras haber trapeado el agua que dejó regada el zapato de Ernesto, y mi abuelo sigue entretenido viendo las noticias, al igual que mi padre con su periódico.

Tere, Beti, LuLu y Juanlu están jugando con Blayke a… bueno, parece que a construir legos, aunque Blayke tira cada construcción que Tere y Beatriz levantan.

Es lindo y entretenido verlos, especialmente porque en cada juego que inventan siempre quieren incluir a nuestra hermanita. Sobre todo LuLu, quien es la que más se esfuerza por hacer reír a la bebé…

—¡Ernesto, querido, encontré tu zapato! —Anuncia Luz, bajando las escaleras con una sonrisa triunfal—. Adivina dónde... encima de la secadora. Probablemente cuando estaba recogiendo todo lo limpio lo dejé ahí, lo siento.

—¡Ah, no te preocupes, Luz! —Ernesto hace un gesto despreocupado con la mano, restándole importancia, y le guiña un ojo, inclinándose sobre la isla de la cocina para mirar hacia el patio—. Además, el zapato que no me quedó ahora se convirtió en el juguete favorito de Milo, por lo que veo...

¡Hay! ¡No! ¡No! ¡Milo, no te lo comas! ¡Aria, ¡déjalo! ¡No es un juguete! —Exclama Luz, y no sé en qué momento ha cruzado todo el pasillo hasta el patio, donde efectivamente nuestro pinscher Milo, y Aria, nuestra otra pinscher miniatura, están muy campantes mordisqueando el zapato que había quedado olvidado.

Y es que mi abuela, al trapear para secar el suelo, lo había colocado sobre una silla, pero como los pinschers son tan pequeños, traviesos y saltarines...

Bueno. Pasó lo que era inevitable que sucediera.

—¡Quítenles ese zapato! Estos perros sí son necios. Yo lo puse allá arriba justo para que no lo fueran a coger. A la próxima los encierro en su casita, que para algo la tienen —se queja mi abuela, quien ha regresado hace nada del jardín.

Puedo verla fruncir el ceño, claramente descontenta, mientras termina de organizar las meriendas de mis hermanitos, y Luz, quien es consciente de que de por sí ya vamos tarde, y viéndola que está apurada terminando de organizar las loncheras, desiste de quitarles el zapato a los perros, y se acerca a ella para ayudarla.

Miro a mi alrededor.

No me digan que tengo que ir yo a quitarles el zapato…

Mi padre sigue leyendo su periódico, mi abuelo continúa viendo la televisión, y mi madre sigue arriba, arreglándose.

Tere, Beti, Juanlu, LuLu y una Blayke medio dormida, medio risueña en el suelo continúan jugando a construir con sus legoss, totalmente en su mundo, y ajenos a lo que están haciendo nuestras mascotas; y Adri… bueno, sigue comiendo, con cara de pocos amigos y el cabello más despeinado que otra cosa.

Suspiro, y voy hacia el patio. Gia abre la nevera, probablemente para buscar algo que distraiga a los perros a ver si les quitamos su nueva entretención.

¿No digo? ¡Siempre soy todo yo!

Bueno… en realidad, no todo el tiempo soy solo yo. Más bien, siempre somos Gia, Erne y yo quienes resolvemos este tipo de situaciones, y aunque he de admitir que son bastante divertidas, la verdad es que siempre hay que evitar que estos adorables caninos terminen con una indigestión por comer cosas como este zapato.

Todavía no se me olvida cuando Aria se comió una de las patas del cargador del celular de Adri, que en un descuido lo dejó caer y, por tanto, lo rompió…

Tuvimos que llevar a la pobre perrita al veterinario, suerte que el doctor pudo sacar el objeto con un endoscopio especial para perros.

Llego a donde están Milo y Aria, y apenas me ven, Milo corre hacia mí, mostrándome su nueva captura… sí, el zapato.

—No es ni siquiera mediodía, ¿y ya estás haciendo desastres, pequeño amigo? —le digo mientras lo recibo, intentando arrebatarle su nuevo juguete distrayéndolo con caricias, y Aria, deseosa de atención también, como siempre, se alza en dos patas, apoyándose en las traseras, y se abalanza sobre mis piernas con las delanteras, brincando para que la cargue—. Sí, también hay caricias para ti, pequeña.

—Oh, ¡qué divertido! Deberíamos dejar que jueguen con ese zapato. De todos modos, a mí ya no me cabe —comenta Erne a mis espaldas.

Ha dejado su lugar donde estaba apoyado en la isla de la cocina, y se ha sentado muy cómodamente en la silla en la cual antes estaba el zapato y de donde lo han robado Milo y Aria.

—Mala idea, hermano —respondo, riendo—. Además, ¿tú no decías que lo querías conservar?

—Dije que me quedaba, Marie, no necesariamente que lo quisiera conservar —me aclara él—. Son dos cosas distintas.

—Son lo mismo, a mi entender.

—No, hermanita, no son lo mismo. —Le lanzo una mirada, contrariada, pero él añade—: además, Luz ya encontró el otro, no tiene gracia que lo conserve. Que se lo Queden los perros si quieren! No seas aguafiestas, Alice.

—No soy aguafiestas, Erne —respondo, frunciéndole el ceño mientras intento jalar el zapato con delicadeza lejos de la boca de Milo, pero este está empeñado en no soltar su nueva adquisición—. Simplemente no quiero que uno de ellos se enferme por comérselo, como pasó el otro día con la pobre Aria.

—Lo de Aria fue otra cosa —Ernesto me mira, y cruza los brazos—. La pata del cargador es de metal, esto es de plástico. Son dos materiales distintos, con composiciones muy, muy diferentes entre sí.

—De todos modos se lo quitaré —le digo, decidida, y como si oliese mis intenciones, Aria se une con Milo al tira y afloja contra mí.

¡Eso no es justo! Dos contra una, así no se puede…

La voz de Ernesto interrumpe mi queja mental.

—Déjaselo, Alice. ¡Es entretenido para ellos! solo falta que Campanita se una al juego, y mi zapato oficialmente se convertirá en el nuevo juguete de los perros.




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