No eres real

16. No eres real

Lo que sí sé, y con absoluta certeza de ello, es que él sigue mirándome.

—Dios, ¡me quiero morir! Reacciona, Marie, reacciona… ¡dile algo!

—¿Qué se supone que le digo?

¿Hola, cómo saliste de mis sueños?

—¡Pensará que me he vuelto loca!

—No puedo hacerlo, y bajo ninguna circunstancia le diré eso.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Solo segundos? Minutos?

Ni idea, pero yo siento que ha transcurrido una eternidad.

Nerviosa, y sin poder salir de mi sorpresa al tenerlo delante de mí, desvío la mirada a… una estantería, luego a la pared, después a mis manos… a cualquier otro lado, con tal de no fijarme en sus ojos verdes y profundos, tan magnéticos y misteriosos que juraría que puedo ver ahí en esas pupilas el infinito… si es que eso es posible.

Mientras intento salir de mi estupor, mis ojos vuelven, inevitablemente, a fijarse con discreción en el chico que está frente a mí, —y quién, además, acaba de salir de mis sueños— para detallarlo con detenimiento.

A pesar de sus impactantes ojos verdes, Andrew no se ve, al menos para mí, intimidante; tiene una piel trigueña clara y el cabello castaño oscuro, liso y ligeramente despeinado, lo que le da un aire muy natural.

Es dueño de un rostro que, aunque de expresión un poco seria, tiene algo de inocencia, picardía, y, al mismo tiempo, amabilidad en su mirada.

De cejas gruesas y pobladas, pestañas abundantes, una frente que le enarca bien el rostro… Pómulos bien definidos, una nariz pequeñita pero perfectamente recta, y unos labios…

¿Por qué miras sus labios?

Bueno… sigo con mi… análisis… ignoren eso último.

Es de estatura baja, midiendo apenas un poco más de un metro cincuenta, y su complexión es algo gruesa, con una postura relajada que parece oscilar entre lo confiado y lo distraído que es…

¿Realmente será así? ¿O será que estoy sacando conclusiones demasiado apresuradas?

Apresuradas o no, sigo con mis observaciones, centrándome ahora en su vestimenta.

Noto que él lleva el uniforme masculino del Montessori —obvio… claro, estudia aquí, debí imaginármelo—…

Para los chicos, el uniforme consiste en la camisa polo blanca, con el escudo del colegio en el pecho, y el pantalón clásico azul turquesa, aunque combinado con unos tenis color negro, tan cómodos que tiene, y su mochila de la marca…

—¿Esa es de marca Totto? ¡Es como la mía! ¡Y las de mis hermanos!

En fin… lo cierto es que tiene el típico look escolar obligatorio, pero en él toma un toque de descuido elegante que, tengo que admitirlo, termina siendo muy atractivo sin esfuerzo.

—Eh… ¿qué acabo de decir?

Eso, lo que dijiste.

Repentinamente, el chico aspira por la nariz con suavidad, sacándome de mis pensamientos, y rompiendo, de paso, el tenso e incómodo silencio que se había instalado entre ambos.

—¿Será que me estaba observando, memorizando mi rostro… ¡eso no! Grabando mi imagen en su cabeza, como lo he hecho yo?

¿O probablemente todavía está pensando en qué decir, en cómo iniciar la conversación…?

Basta. Estoy leyendo demasiadas novelas románticas últimamente, todo es culpa de Gia…

Un roce sutil de una mano contra la mía me sobresalta ligeramente, enviando un pequeño escalofrío que me recorre todo el cuerpo.

Es su mano, que sigue apoyada en el libro…

—¿yo no había retirado la mía?

Tan en shock estaré que ya ni siquiera me doy cuenta de nada…

—Qué horror, yo pensé que esto pasaba era en las novelas y películas de romance. ¡No a mí!

Me sigue mirando, fijamente. Como si esperara algo de mí.

—Tengo que estar soñando. ¡Seguro me dormí en la biblioteca mientras buscaba el libro! Sí, eso es…

Pellízcate si quieres, pero te aseguro que esto no es un sueño. Está pasando de verdad, Alice, lo creas o no.

—Pero… es imposible…

Vamos, di algo, lo que sea…

Trago saliva, intentando ordenar mis palabras, pero mi mente está tan enredada que lo primero que se me ocurre decir es:

—Perdón, ¿quieres este libro?

Vaya forma de romper el hielo. ¿No se supone que deberías decirle hola primero?

—Los nervios me traicionan… ¡qué más le digo!

¿¡Vuelve a mis sueños!?

—Retira lo dicho, Ali, quiero que la tierra me trague…

—Hola, señorita —escucho una voz profunda, aunque levemente aguda, que me saca de mis pensamientos caóticos—. No, puede tomarlo usted si quiere, creo que iba a cogerlo primero que yo.

Levanto la mirada del suelo —sí, al parecer decidí que era mejor mirar hacia abajo que perderme de nuevo en los ojos tan enigmáticos que tiene—, y lo hago justo a tiempo para ver cómo el chico continúa mirándome.

Al darse cuenta de que lo observo, me sonríe con timidez, y aparta lentamente su mano del libro.

—¿Sabe? Yo también lo quiero leer. He estado buscando este ejemplar, porque ni mi papá, todo un señor ratón de biblioteca, me lo ha podido conseguir, al menos esta versión ilustrada. Seguramente esta debe ser una edición especial. Pero si usted lo iba a tomar primero, creo que es justo que se lo lleve —añade él, y yo, por alguna razón que no entiendo, al ver su sonrisa, y su forma tan amable de dirigirse a mí —aunque demasiado formal, quizá, para mi gusto—, le devuelvo el mismo gesto, aunque todavía algo nerviosa.

Sigo sin creerme que mi Romeo Onírico, como le llama Erne, sea real… Y sigo diciendo que no al amor. Esto solo fue coincidencia.

Sí, claro, sigue diciéndote eso a ti misma…

Me doy cuenta de que mi silencio —bueno, exterior, porque en mi mente hay de todo menos eso—, parece estar incomodando un poco al chico, quien sigue mirándome… como si fuese la única persona sobre la tierra ¿o me estaré suponiendo eso?

—Sí, eso es. Estoy suponiendo cosas con demasiada rapidez. Vamos, Ali, reacciona…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.