—¡Mademoiselle Alice! ¿Encontraste el libro, querida?
La voz de Nahiadne me alcanza justo cuando estoy casi llegando a la salida.
Quiero responderle que sí, pero no, que otro chico lo tiene; sin embargo, apenas puedo pensar con claridad.
Siento que me va a estallar el pecho por lo rápido que late mi corazón. Mis manos sudan profusamente…
La cabeza me da vueltas. Me falta el aire, y estoy a nada de sufrir un colapso nervioso, ¿o es un ataque de pánico?
—¡No lo sé! Pero necesito salir de aquí, y ya, ahora mismo…
—¡Sí! Lo encontré, señorita nahiadne —contesto a toda prisa, agarrando con la mano izquierda…
—¿qué? Cuando estoy nerviosa… ¡Soy zurda!
En fin. Agarro el pomo de la puerta para abrirla hacia mi libertad, pero la mano me tiembla tanto que, por estar tan húmeda, se resbala por el cristal de la misma.
Sin embargo, tras unos tensos segundos que me parecen horas, consigo girarlo, abriendo la puerta de par en par., mientras que debajo del otro brazo llevo el libro de Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino y mi mano libre apenas y mantiene un agarre inestable sobre el asa de mi morral de la escuela, que viene rodando, casi patinando detrás de mí por la velocidad que llevo.
—¡Eso es maravilloso!
—¡Sí, sí! ¡Es… increíble! ¡Pero debo irme! —contesto apresuradamente, tambaleándome a través de la puerta abierta, y tropezando con mis propios pies.
Todo porque mis zapatos decidieron que era buen momento para enredarse con la alfombra…
—Pero, ¿no lo vas a retirar con tu carnet?
—¡no tengo tiempo! ¡Voy tarde!
No me detengo ni siquiera cuando ella me dice algo desde el interior de la biblioteca, que apenas puedo entender por culpa del zumbido en mis oídos —sí, es tanta la adrenalina y el pánico que tengo encima, que incluso mis tímpanos están que explotan, presas de un pitido ensordecedor—.
Y lo peor, apenas puedo registrar las palabras de la bibliotecaria, pero me suenan a algo como…
—Está bien, miss Alice, pero vuelve más tarde para retirarlo formalmente, recuerda las reglas.
Normalmente, yo no me salto las reglas, bueno, nunca, mejor dicho, pero en este momento, necesito salir de aquí, alejarme de ese chico…
Los nervios me dominan.
Necesito respirar, necesito despejarme…
Asimilar todo, analizar…
Al salir, y seguir corriendo por el pasillo de entrada, todavía puedo oír las voces de nahiadne y Andrew, que me llegan obviamente amortiguadas, pero el solo oírlo a él dispara aún más mi ansiedad.
—Dios, voy a morir.
El corazón se me acelera, más si es posible, y salgo disparada por lo que queda del pasillo.
—Tengo que salir de aquí, tengo que irme, tengo que escapar.
—Esto no puede estar sucediendo, ¡no a mí! Necesito aire, necesito sol, lo que sea, ¡pero no quiero seguir escuchándolo!
Oigo su voz aún más lejos, y eso, en lugar de relajarme, hace que me dé un vuelco en el estómago.
—Quiero echarme agua en la cara, todavía debo estar soñan…
—¡Ah!
Me detengo en seco, sintiendo cómo un vacío se abre delante de mí, y doy un respingo de sorpresa.
Por estar con la mente tan enredada, y al tener los sentidos tan nublados por el pánico, casi caigo rodando por las escaleras…
¿No había mencionado que para llegar a la biblioteca o salir de ella hay que subir y bajar unas escaleras de caracol?
¿O lo olvidé?
—Yo hubiera preferido la rampa, o el ascensor…
No hay ni lo uno ni lo otro, así que confórmate.
—¡Pero deberían ponerlos! Ambos son más prácticos en situaciones como estas.
Sí, lo son, aunque si hubieras ido por la rampa, habrías rodado patinando igualmente. Pon más atención, Alice, detente y evalúa tu entorno…
Intento hacer lo que mi voz interna me indica, pero no puedo.
La realidad es que, la ansiedad me supera…
—Es todo, se acabó.
—Colapsaré aquí mismo…
Mientras bajo las escaleras, casi no veo por donde voy, y en los últimos escalones, pierdo el equilibrio y, por consiguiente, —e inevitablemente, sabía que iba a suceder de uno u otro modo—, caigo rodando hacia abajo, arrastrando el morral conmigo.
Y ni siquiera el libro se salva, porque sale volando por los aires, no siendo yo capaz de sostenerlo bajo mi brazo por más tiempo.
Intento frenar, pero es imposible. La velocidad a la que voy es demasiado alta, ni modo.
Toca resignarse.
Me espera un impacto al final de los escalones, y nada más ni nada menos que contra el suelo de cemento, duro y caliente, porque a esta hora da el sol en todo el patio.
Ah, ¿y también mencioné que terminaré con raspones y dolor de cuerpo?
Quizá hoy no lo sienta, pero mañana sí…
Y vaya que mi cuerpo lo va a resentir.
Una vez caí rodando por las escaleras de mi casa, y me desmayé. Fueron solo segundos, y si bien no me rompí nada, ni un solo hueso, al día siguiente sentía como si un camión me hubiese pasado por encima.
Ese recuerdo pasa desfilando por mi mente, mientras ruedo hacia abajo en cámara lenta…
Sabiendo, y temiendo el resultado del impacto.
—Genial, luego tendré que justificar ante mis padres, mis hermanos y, posiblemente, la profe Virna, por qué o quién me tiró por las escaleras…
Y es entonces cuando una figura entra en mi campo de visión.
O más bien, un chico que yo conozco, y no es otra de mis alucinaciones. Él es cien por ciento real.
Es alto, de más de un metro ochenta, y, sin embargo, siempre parece tener una expresión dulce.
Mi vista está medio nublada por el pánico, pero reconocería a kilómetros sus ojos azules, aún estando en este estado de ansiedad.
—¡Francia, por Dios! —exclama, y deduzco que abre los ojos bien grandes.
¿Quién no lo haría, tan solo viéndome caer así por una escalera de caracol?
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basado en hechos reales, chico misterioso, comedia romántica y slow burn.
Editado: 07.06.2026