—Te quiero, mi nena. ¿Tú me quieres?
—¿Qué?
Abro los ojos, sorprendida por lo que acabo de oír.
¿Quién ha dicho eso?
Ni idea, pero nunca había oído esa voz antes.
No se parece a ninguna que yo pueda recordar.
¿Y a todo esto, dónde se supone que estoy?
Lo último que recuerdo es haberme quedado dormida leyendo un libro con mis hermanas, titulado Bajo la Misma Estrella.
Librazo, por cierto, aunque aún no lo terminamos, vamos por la mitad, y se supone que lo acabaremos hoy, domingo por la tarde después de volver de la playa.
De seguro, en algún lugar de mi habitación, ellas, o se han quedado a mi lado en la cama, o se han ido a sus propios cuartos, ni me enteré.
Todo lo que sé es que me dormí, probablemente justo cuando Gia leía un párrafo muy romántico…
—¿Qué párrafo fue? Ya ni me acuerdo…
—¿Lice, mi reina…
Esa voz desconocida, cálida, masculina, aunque un poco aguda pero no obstante tierna, vuelve a hablarme, y, parpadeando para tratar de despejar la suave niebla que de repente se ha formado a mi alrededor, intento observar mi entorno y averiguar quién me está diciendo esas cosas.
No puedo ver nada claro, por culpa de la niebla que lo cubre todo, pero sí identifico algunas particularidades.
Bueno, distingo, escucho, y siento, más bien.
Estoy en lo que parece una playa —si la niebla se fuera, me ayudaría muchísimo a verla con claridad—, pero las olas rompiendo contra las rocas de la orilla me hacen creer que quizá esté en lo cierto.
Levanto la cabeza, y observo que el cielo está tormentoso; las nubes tapan al sol casi por completo.
Debajo de mí, siento la arena suave, extrañamente tibia, ni muy cálida ni muy fría, y mi pelo rubio revolotea sobre mi rostro, mecido por una brisa que trae un encantador aroma a sal marina.
Amo el mar… este paisaje idílico de mis sueños es música para mí.
—Mi Lice…
Un escalofrío agradable me recorre el cuerpo entero, y el alma, al oír esa voz melodiosa que parece provenir de todos lados y de ninguna parte al mismo tiempo, y sonrío inconscientemente.
—Te quiero, mi rey —oigo que le respondo, y me sorprendo a mí misma por lo que acabo de decir.
—¿Qué fue eso?
Fuiste tú.
—Pero si yo… no he dicho…
Alguien, a quien no puedo ver por la niebla que cada vez parece espesarse más, se acerca a mí.
Lo percibo por el suave crujir de la arena que acompaña sus pasos, que son leves, seguros, como si supiera con exactitud a dónde va.
Es entonces cuando el desconocido toma mis manos, y oigo un suspiro suave, seguido de unos labios apoyándose sobre mis dedos entrelazados…
—¿En qué momento los entrelacé?
Sabrá Dios.
—No lo niego, es agradable…
Pero… ¿quién me habla?
¿Por qué, extrañamente, me siento tan cómoda con su contacto, con su voz…?
¿Y por qué mi alma se estremece, como si lo conociera de alguna parte?
No tengo respuesta para ninguna de esas preguntas en este momento.
Todo lo que sé es que, aunque no conozco su nombre ni veo su rostro, me siento tan, tan bien en presencia de esa voz que me habla, que me consiente, que me quiere…
De repente, la niebla parece despejarse, y el sol atraviesa las nubes por un breve instante, permitiéndome ver mi entorno con absoluta claridad.
Efectivamente, estoy en una playa, pero es una que nunca he visto antes, quizá sacada de mi subconsciente.
Una corriente de aire se levanta, y me empuja con suavidad hacia atrás, arrastrándome lejos de aquel lugar tan agradable, y mientras una cálida luz empieza a nublar mi visión —de nuevo—, alcanzo a atisbar el brillo de unos ojos verdes, profundos y cautivadores que parecen observarme desde la distancia con ternura, afecto y… algo más a lo que, de momento, no logro ponerle nombre.
Son, aunque enigmáticos y extrañamente tristes, también dulces, muy dulces…
—¿Ali? Despierta, chiquitina.
—Mmm? —creo que balbuceo, y oigo una risita suave.
—Despierta, nena, ¡que se nos hará tarde para ir a la misa de resurrección y luego a la playa!
—Ah. Es mi hermana.
Mis párpados revolotean, mientras continúo emergiendo lentamente del mundo de los sueños, en medio de la luz blanca, y me encuentro observando el techo de mi habitación —el cual está pintado con constelaciones—.
Veo a mi hermana Gianna a mi lado, quien emite una suave fragancia floral que termina de despertarme de forma agradable.
Es su perfume, obviamente ya se duchó… su vestido de baño de dos piezas la delata.
Está apoyada sobre mi colchón, con su cabello dorado con reflejos miel cayéndole en cascadas lacias sobre sus hombros y a lo largo de la espalda.
Al notar que he abierto los ojos, ella sonríe, mirándome con una expresión entre dulce y divertida.
—Despertaste, dormilona. ¡Son las siete! Parecías estar teniendo un sueño muy lindo, porque te estuve hablando varias veces en los últimos cinco minutos y nada que reaccionabas —oigo la voz de mi hermana, cálida y cariñosa, y parpadeo con lentitud, y aún un poco atontada.
—Buenos días, Gia.
Bostezo, estirándome perezosamente, y me incorporo en una posición sentada, restregándome los ojos.
—Buenos días —ella me sonríe—. Lista para…?
—¡Día de playa! ¡Día de playa! ¡Día de playa!
Antes de que Gia pueda terminar la pregunta —seguramente iba a preguntar: ¿Lista para el día de playa?— La puerta de mi habitación —que estaba levemente entornada, se abre del todo, y entra mi hermana Beatriz, saltando sobre mi cama con una emoción incontenible.
Ya está bañada, al igual que Giana, y lleva puesto su vestido de baño, con su cabello rubio oscuro cayendo en suaves rizos sobre sus hombros.
—Buenos días para ti también, Beti —me río, atrapándola y deteniendo sus saltitos antes de que se caiga—. Sí, día de playa. Voy a bañarme para estar lista antes de que mamá decida que se van sin mí —bromeo, y Gia suelta una carcajada—. Adelántense, las veo abajo.
#1694 en Joven Adulto
#9554 en Novela romántica
basado en hechos reales, chico misterioso, comedia romántica y slow burn.
Editado: 07.06.2026