Mientras oigo las voces de mi hermano y de nuestra niñera alejándose por el pasillo, pienso en lo afortunados que somos al poder contar con ella.
Bueno, en realidad esa palabra se queda corta…
Me corrijo:
Estamos muy, muy felices de tenerla en nuestras vidas.
Todos en mi familia amamos a Luz.
Ha sido nuestra niñera desde que tengo memoria, y empezó a cuidarnos desde sus dieciséis, primero por trabajar para hacer voluntariado, y, al final, terminó quedándose con nosotros.
Yo la llamo nuestro sol, ella me llama su luna.
Y no sé por qué, pero ese apodo suyo hacia mí me gusta mucho; me recuerda a la psicóloga de la escuela, Miss Luna.
Es una señora ya, probablemente de la edad de mi mamá —unos cuarenta y dos años—.
Creo, estoy casi segura de que tiene hijos y está casada también, mi madre y ella se la pasan hablando todo el tiempo en las horas libres.
Miss Luna también es alguien muy amable, con la cual me encanta hablar de psicología y emociones, y, lo admito, mi más grande inspiración —después de mi madrina, claro—, para estudiar la carrera..
Pero volviendo a Luz Juli…
Definitivamente mi familia no estaría completa de no ser por su presencia constante.
Además, sin ella esta casa estaría patas arriba.
Porque sí, mi mamá es súper organizada y todo lo que quieran, Gia y mis abuelos también ayudan, mi padre ni se diga, Erne, Adri —cuando quiere—, y yo también ayudamos con los demás pequeños, pero sin Luz Juliana no sería lo mismo.
Continúo mi camino, con mis hermanitos brincando alegremente, uno a cada lado.
—Cuidado, LuLu —le digo a mi hermanita, mientras bajamos la escalera—. No brinques por los escalones, te puedes caer.
—Me da igual, si tú me recoges —responde ella, traviesa, y agita su cabello castaño cómicamente, haciendo que las puntas del mismo formen suaves ondulaciones en el aire.
Una risa se me escapa, siendo incapaz de permanecer seria, y aprieto su pequeña mano con suavidad.
—Sí, te recojo, pero no podría ser tan rápida para atraparte si llevo a Juanlu conmigo.
—¡Yo la recojo! —replica mi hermanito, con sus ojos grises destellando con picardía—. Así me convertiré en un súper héroe.
—Serías mi mini súper héroe favorito —le contesto, deteniéndome para agacharme a su altura y besar su frente, y él ríe, con esa alegría infantil que tanto me enternece en los niños pequeños.
Marta Olivia Charlene —le decimos cariñosamente Livie, Martica o LuLu, su apodo favorito—, y Juan Luis Richard —Juanlu o Richie—, con tres añitos, son los pequeños terremotos de la casa.
No se están quietos en ningún momento, y a Marta le fascina hacernos reír con cualquier ocurrencia infantil cada que tiene oportunidad.
Son infinitamente traviesos, en ocasiones me esconden las cosas —una vez me ocultaron la crema que yo utilizo para mis rizos dentro de la lavadora—, y a mamá y mi abuela casi les da de todo cuando vieron la ropa recién lavada que iban a poner a secar salpicada de crema, porque LuLu y Juanlu la habían abierto y la muy traicionera, en consecuencia, acabó derramándose.
Terminaron ambos castigados, sin televisión todo un fin de semana, pero en su inocencia, no pareció molestarles en lo más mínimo; seguían jugando, totalmente inmersos en su pequeño mundo.
A pesar de ser muy necios, una conducta propia de los niños de su edad, lo cierto es que también son adorables, encantadores…
Y... los amo. No imagino una vida sin ellos.
Cuando por fin llegamos abajo, ya está casi toda mi familia desayunando.
Mi padre está a la cabecera de la mesa, charlando animadamente con mi abuelo quien lee el periódico.
Beti y Tere están devorando enérgicamente su cereal de milo, como si les fueran a robar sus tazones de un momento a otro.
Y mi abuela le está dando de comer a Blayke, mi hermana menor, quien tira los cereales mientras ríe.
—¡Buenos días! —exclaman los mellos, y todos sonríen, seguido esto luego por un coro de voces que les devuelven el saludo.
Es mi turno.
Soltando las manitos de mis hermanos, los dejo correr a saludar y luego a sus lugares para comer, y empiezo a recorrer el comedor, para saludar a toda mi familia.
—Buenos días —digo, dando a conocer mi presencia.
—Buenos días, mamita —saludan mis abuelos al unísono.
—¡Holi, Ali! —Exclaman Tere y Beti a la vez, haciéndome reír.
Paso por donde están sentadas, y acaricio sus cabellos con un toque juguetón, lo cual las hace estallar en carcajadas cristalinas.
—¡Buenos días, pa! —Exclamo, tocándole el hombro.
—Buenos días, honey —responde mi padre, levantando sus ojos del ejemplar del periódico que le acaba de pasar mi abuelo para mirarme, con una sonrisa suave—. ¿Cómo amaneces?
—Bien, papi —contesto, tomando asiento en la mesa mientras Marta y Juan se sientan junto a Tere y Beatriz, quien está tan parlanchina como siempre.
—Buenos días, mi niña —dice mamá, saliendo de la cocina y colocando un plato de cereal de milo que flota en una generosa ración de leche, y otro con tostadas y huevito en frente de mí—. Anoche te quedaste despierta hasta tarde, ¿cierto?
—¿En serio… Es tan obvio?
¡Pero claro! Cualquiera lo nota a kilómetros.
—Sí, mamá —le respondo, bajando la mirada—. Estuve... despierta hasta las doce.
Eres una mentirosa, Marie Alice. ¡Ni siquiera dormiste! ¿No decías que querías que tus hermanos aprendiesen la honestidad de ti?
—Silencio, conciencia traidora.
La mando a callar, pero sé que tiene razón.
No he sido honesta con mis padres; por tanto, tampoco conmigo misma, y mucho menos he dado buen ejemplo a mis hermanos, especialmente no a Tere… a quien sí le he dicho la verdad.
Bien dice mi abuela que la conciencia es la mejor consejera...
Como si intuyera que estoy pensando precisamente en ella, y estando sentada al lado de Beatriz, Teresa levanta sus pequeñas cejas, confundida, pero yo niego con la cabeza, haciéndole entender que no diga nada.
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basado en hechos reales, chico misterioso, comedia romántica y slow burn.
Editado: 07.06.2026