No Es Nada Personal

Capítulo 1) No Es Nada Personal

El bar olía a lluvia y a madera vieja, y Niamh odiaba ese olor porque le recordaba a las noches en que su vida decidía complicarse sin pedirle permiso. Llevaba tres horas revisando facturas en la mesa del rincón, con el portátil abierto y un café ya frío, cuando la puerta se abrió y entró él.

No necesitó levantar la vista para saber que era Azael. Lo supo por el silencio que se instaló en el local, por la forma en que hasta el camarero pareció enderezarse un poco. Cuando finalmente miró, se encontró con esos ojos oscuros que parecían medir cada centímetro de la sala antes de decidir que valía la pena quedarse.

-Está ocupada esa silla -dijo él, señalando la que estaba frente a Niamh, aunque ya se sentaba sin esperar respuesta.

-Ahora sí -contestó ella, sin apartar los ojos de la pantalla-. ¿Siempre te sientas donde no te invitan?

-Solo cuando el sitio merece la pena.

Niamh cerró el portátil de golpe. No por él, se dijo. Por principio.

-¿Nos conocemos?

-Todavía no. Pero algo me dice que vamos a conocernos muy bien.

Ella soltó una risa seca, de esas que sirven para cortar el aire antes de que se vuelva pesado.

-Qué seguridad. ¿Te funciona con todas o soy yo la afortunada de hoy?

-Depende. ¿Te está funcionando a ti hacerte la difícil, o es solo costumbre?

Algo en el pecho de Niamh se tensó, mitad indignación, mitad algo que se negaba a nombrar. Recogió sus cosas con movimientos bruscos, dispuesta a marcharse antes de que aquel desconocido de sonrisa torcida notara que había logrado desestabilizarla en menos de dos minutos.

-Ha sido un placer no conocerte -dijo, poniéndose de pie.

-Niamh.

Ella se detuvo. No recordaba haberle dicho su nombre.

-¿Cómo sabes...?

-Trabajas para Halloran & Vance. Está bordado en la funda de tu portátil. No soy adivino, solo observador.

Ella lo miró de arriba abajo, evaluando el peligro que representaba, y decidió que era mejor no quedarse a comprobarlo.

-No hagas que me arrepienta de haber venido a este bar.

-Demasiado tarde -dijo él, con esa sonrisa que parecía saber cosas que ella todavía no sabía.

Niamh salió a la calle mojada por la lluvia reciente, furiosa consigo misma por haber sentido el pulso acelerado, por haber notado el calor de esa mirada incluso después de darle la espalda. Se dijo que no volvería a verlo. Se equivocaba.

***

El destino, o algo parecido a una broma cruel del universo, decidió que Azael fuera el nuevo consultor externo contratado por la empresa para reestructurar el departamento donde ella trabajaba. Niamh se enteró un lunes por la mañana, con el café en la mano y la certeza de que su semana acababa de arruinarse.

-No puede ser -murmuró, viéndolo entrar en la sala de reuniones con la misma tranquilidad insultante de aquella noche en el bar.

-Ah, la señorita "no hagas que me arrepienta" -dijo él al verla, sin ocultar la satisfacción-. Qué pequeño es el mundo.

-Demasiado pequeño -respondió ella entre dientes.

Durante las semanas siguientes, Niamh descubrió que trabajar cerca de Azael era una tortura de la peor clase: la que se disfraza de simple molestia. Discutían por todo. Por la metodología de los informes, por los horarios de las reuniones, por la forma en que él se apoyaba en el borde de su escritorio como si el espacio le perteneciera.

-Vas a desgastar el suelo de tanto caminar de un lado a otro -le dijo él una tarde, mientras Niamh repasaba nerviosa una presentación-. Relájate. Se te va a notar el estrés en la cara.

-Se me nota porque tengo un consultor pisándome los talones cada cinco minutos, cuestionando cada decisión que tomo.

-No cuestiono tus decisiones. Cuestiono tu manera de tomar café solo a las tres de la tarde. Eso sí que es preocupante.

Ella lo fulminó con la mirada, pero algo en el modo en que él sonreía, ladeando ligeramente la cabeza, hacía que la irritación se mezclara con algo más difícil de definir. Una corriente. Una atracción que Niamh se negaba, con toda la fuerza de su orgullo, a reconocer.

Porque Azael tenía razón en una cosa: se sentía observada. Y peor aún, empezaba a disfrutarlo.

***

La noche en que todo cambió fue una noche de tormenta, literal y figurada.

La empresa organizó un evento en las afueras de la ciudad, en una casa de campo alquilada para celebrar el cierre de un proyecto importante. Niamh no quería ir. Azael tampoco, según dijo, pero ambos terminaron allí, obligados por las circunstancias y por un jefe que insistía en la importancia de "fomentar el compañerismo".

La tormenta llegó sin avisar, cortando la electricidad y dejando a los últimos rezagados -entre ellos Niamh y Azael- atrapados en la casa mientras el resto se había marchado antes de que empeorara el tiempo.

-Genial -dijo ella, buscando velas a tientas en la cocina-. Esto es exactamente lo que necesitaba.

-Podría ser peor -comentó Azael, apareciendo detrás de ella con un mechero que había encontrado-. Podrías estar atrapada con alguien que no sabe hacer fuego.

-Qué suerte la mía.

Encendieron un par de velas y se sentaron en el salón, envueltos en un silencio que, por primera vez, no se sentía como un campo de batalla. El sonido de la lluvia golpeando los cristales llenaba los espacios entre ellos.

-¿Por qué siempre pareces estar huyendo de algo? -preguntó Niamh, sorprendida de su propia pregunta.

Azael tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había perdido el filo habitual.

-Porque lo hago. Huyo de muchas cosas.

-¿De qué, por ejemplo?

-De compromisos que no puedo permitirme. De gente que espera de mí algo que no puedo darles.

-Qué misterioso -dijo ella, aunque el sarcasmo sonó más suave de lo que pretendía-. ¿Y yo entro en esa categoría?

Él la miró entonces, de una forma distinta a como la había mirado nunca. Sin la ironía habitual, sin la provocación calculada. Solo la miraba, como si estuviera decidiendo si valía la pena decir la verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.