No Es Nada Personal

Capítulo 2) Grietas en la Armadura

El viernes llegó envuelto en una tensión distinta a la habitual. No era la tensión de las discusiones profesionales ni la electricidad de las miradas sostenidas un segundo de más: era algo más pesado, más real. La empresa había convocado a todo el equipo para un retiro corporativo de fin de semana en una casa de campo a las afueras de la ciudad, una tradición anual que Niamh normalmente disfrutaba porque significaba desconectar del ritmo frenético de la oficina.

Este año, sin embargo, la sola idea de pasar dos días conviviendo con Azael fuera del entorno controlado del trabajo le provocaba una mezcla de nerviosismo y algo parecido a la anticipación que se negaba a analizar demasiado.

-¿Vas a subir al autobús o piensas quedarte mirando el aparcamiento toda la mañana? -La voz de Azael la sacó de sus pensamientos.

Estaba de pie junto a la puerta del vehículo que la empresa había alquilado para trasladar al personal, con una bolsa de viaje colgada al hombro y esa sonrisa que Niamh ya reconocía como su expresión por defecto cuando la veía dudar.

-Estaba pensando si realmente vale la pena pasar todo un fin de semana con gente con la que ya paso cuarenta horas semanales.

-Piénsalo de otra manera: al menos ahí no tendrás que fingir que trabajas mientras me ignoras.

-Yo no te ignoro.

-Claro que sí. Es tu estrategia de defensa favorita.

Niamh subió al autobús sin responder, aunque la afirmación se quedó dando vueltas en su cabeza durante todo el trayecto. Tenía razón, por supuesto, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Ignorarlo era, precisamente, su manera de mantener el control sobre algo que sentía que se le escapaba de las manos cada día un poco más.

La casa de campo era exactamente como la recordaba de años anteriores: una construcción amplia de piedra y madera, rodeada de un jardín extenso que en esa época del año lucía dorado por las hojas caídas. El cielo, sin embargo, tenía un color plomizo que no auguraba nada bueno.

-Va a llover -comentó alguien del equipo de marketing mientras bajaban el equipaje.

-El pronóstico decía que la tormenta llegaría por la noche -respondió otro-. Tenemos tiempo de sobra para las actividades de la tarde.

Niamh no le prestó demasiada atención al comentario, ocupada en instalarse en la habitación que le habían asignado en el segundo piso, una de las pocas individuales de la casa, gracias a su antigüedad en la empresa. Pasó la tarde participando de las dinámicas de equipo que el departamento de Recursos Humanos había organizado -ejercicios de confianza que le parecían tan artificiales como innecesarios- y evitando, con una disciplina digna de admiración, cualquier contacto directo con Azael.

Funcionó durante casi todo el día. Hasta que llegó la noche.

La cena se sirvió en el comedor principal, una sala amplia con una chimenea encendida que proyectaba sombras cálidas sobre las paredes de piedra. Niamh se sentó junto a dos compañeras del departamento de análisis, decidida a mantener la distancia estratégica que había planeado desde el principio. El plan se vino abajo en cuanto Azael, con una copa de vino en la mano, se sentó justo enfrente de ella, al otro lado de la mesa, con la misma naturalidad de quien no está haciendo absolutamente nada fuera de lo común.

-¿Disfrutando del retiro? -preguntó, con esa media sonrisa que ya formaba parte del catálogo de gestos que Niamh había memorizado sin proponérselo.

-Todo lo que se puede disfrutar un fin de semana obligatorio de convivencia forzada.

-Vaya entusiasmo.

-Reservo mi entusiasmo para cosas que valen la pena.

-¿Y esto no vale la pena?

-Depende de con quién tenga que compartir mesa.

Las compañeras de Niamh intercambiaron una mirada divertida, captando la tensión que flotaba entre ambos con la misma claridad con la que se percibía el calor de la chimenea. Azael, lejos de sentirse ofendido, pareció disfrutar aún más del intercambio.

-Para tu información -dijo, inclinándose ligeramente sobre la mesa-, se supone que este fin de semana es para fomentar el compañerismo. Deberías intentarlo alguna vez.

-Lo intento. Contigo simplemente resulta más difícil.

-Me tomaré eso como un cumplido.

-Tómatelo como quieras.

La cena continuó entre risas del resto de los comensales, ajenos a la corriente subterránea que atravesaba cada intercambio entre Niamh y Azael. Ella se descubrió, más de una vez, buscando su mirada al otro lado de la mesa, y cada vez que sus ojos se encontraban, sentía una descarga que le recorría el cuerpo entero, algo que no sabía cómo nombrar sin admitir demasiado.

Después de la cena, el grupo se dispersó entre juegos de mesa, conversaciones junto a la chimenea y algún que otro brindis improvisado. Niamh se excusó temprano, alegando cansancio, y se retiró a la terraza trasera de la casa en busca de un poco de aire fresco y, sobre todo, de distancia.

El cielo había oscurecido por completo, cargado de nubes que prometían la tormenta anunciada. El viento había comenzado a soplar con fuerza, agitando las copas de los árboles del jardín, y el aire tenía ese olor característico que antecede a la lluvia.

-¿Escapando de la fiesta? -La voz de Azael la sobresaltó desde la puerta de la terraza.

-Necesitaba un momento de silencio.

-¿Y mi presencia lo arruina?

-Depende de si vas a comportarte o no.

Él se acercó, apoyándose en la barandilla junto a ella, lo suficientemente cerca como para que Niamh sintiera el calor de su cuerpo a pesar del frío de la noche.

-Prometo un comportamiento ejemplar.

-Eso ya lo he oído antes.

-Y he cumplido cada vez, ¿o no?

Ella no respondió, concentrada en observar el jardín que se mecía bajo el viento cada vez más intenso. El silencio se instaló entre ellos, pero por primera vez desde que se conocían, no era un silencio incómodo ni cargado de tensión competitiva. Era, extrañamente, un silencio cómodo.




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