Decidir dejar de fingir resultó ser mucho más sencillo en la teoría que en la práctica. Al día siguiente, cuando Niamh entró en la oficina, se descubrió sin saber muy bien cómo comportarse. ¿Debía saludar a Azael con normalidad, como si la conversación de la noche anterior no hubiera cambiado absolutamente nada entre ellos? ¿Debía buscar algún gesto, alguna señal que confirmara que lo dicho en el café no se había disuelto con la luz del día, como tantas confesiones nocturnas suelen hacer?
Encontró la respuesta esperándola sobre su escritorio: un café, todavía humeante, con una nota escrita a mano apoyada contra la taza.
*"Sin fingir. Ni siquiera con la fuente horrible de tus informes. - A."*
Niamh sonrió sin poder evitarlo, sintiendo que la nota, tan simple, disolvía de golpe buena parte de la incertidumbre que había cargado consigo desde que se despertara esa mañana. Guardó el papel en el cajón superior de su escritorio, un gesto impulsivo que no se detuvo a analizar demasiado, y se dispuso a empezar el día con una ligereza que hacía semanas no sentía.
-Buenos días -dijo Azael, apareciendo en la puerta de su despacho apenas unos minutos después, como si hubiera estado esperando el momento exacto en que ella descubriera la nota-. ¿Sobrevivió el café al viaje desde la cocina hasta aquí?
-Sobrevivió. Aunque la nota fue una sorpresa.
-Pensé que merecía la pena arriesgarme. Después de todo, ayer decidimos dejar de fingir.
-Cierto. Aunque no esperaba que "no fingir" incluyera notas escritas a mano.
-Me pareció más directo que un mensaje de texto. Y menos sospechoso que dejarte flores en el escritorio, que era la otra opción que consideré.
Niamh se rió, negando con la cabeza. -Las flores en el escritorio hubieran generado más rumores en esta oficina de los que ambos podríamos manejar.
-Es un riesgo que, sinceramente, hubiera estado dispuesto a correr.
Se quedaron mirándose un momento, la tensión familiar entre ellos transformada ahora en algo más cálido, más ligero, sin perder del todo el filo juguetón que siempre los había caracterizado. Fue Azael quien finalmente rompió el momento, consultando su reloj con un gesto casi teatral.
-Tenemos reunión con Whitfield en diez minutos. La junta directiva quiere una actualización sobre el informe reconstruido.
-Vamos, entonces. No hagamos esperar al hombre que sigue sin saber lo cerca que estuvimos de no tener nada que presentarle.
***
Las semanas siguientes trajeron consigo un cambio sutil pero innegable en la dinámica entre ambos. Las discusiones no desaparecieron -era, después de todo, parte fundamental de quiénes eran y de cómo se relacionaban- pero adquirieron un tono distinto, menos defensivo, más juguetón, como si ambos hubieran decidido tácitamente que ya no necesitaban usar el sarcasmo como escudo, sino como una forma más de acercarse.
Empezaron a quedar fuera de la oficina, al principio con la excusa de revisar informes o preparar presentaciones, y poco a poco, sin que ninguno de los dos lo reconociera abiertamente, esas reuniones de trabajo se convirtieron en algo más parecido a citas. Cenas que se alargaban mucho más de lo que cualquier informe requería, paseos por el río Liffey después de terminar tarde en la oficina, conversaciones que se extendían hasta la madrugada sobre todo y sobre nada en particular.
-¿Sabes? -dijo Niamh una noche, mientras caminaban junto al río, con las luces de la ciudad reflejándose en el agua oscura-. Ronan lleva semanas insistiendo en conocerte.
-¿Le has hablado de mí?
-Le he hablado de un consultor insoportable que discute todo lo que digo. No sabía que eras tú hasta que até cabos.
-Qué generosa descripción.
-Era generosa comparada con lo que pensaba de ti las primeras semanas.
Azael soltó una carcajada genuina, de esas que Niamh había aprendido a atesorar porque contrastaban con la sonrisa calculada que solía mostrar en la oficina.
-¿Y qué piensas ahora?
-Ahora pienso que quizás no eres tan insoportable. Solo parcialmente.
-Viniendo de ti, eso es prácticamente una declaración de amor.
-No te acostumbres.
Pero mientras lo decía, Niamh sintió que la broma escondía una verdad más profunda de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta. Cada día que pasaba, la idea de que Azael se marchara en apenas seis semanas le resultaba más difícil de sobrellevar, un peso que intentaba ignorar concentrándose en el presente, en cada momento compartido, sin permitirse pensar demasiado en la fecha límite que pendía sobre ambos como una sentencia.
***
La cena con Ronan finalmente se concretó un viernes por la noche, en el mismo restaurante italiano donde Niamh solía desahogarse con su amigo. Ella llegó nerviosa, algo que Ronan notó de inmediato en cuanto se sentó a la mesa.
-Vaya, vaya -dijo, con una sonrisa cómplice-. Nunca te había visto nerviosa antes de presentarme a alguien. Esto debe de ser serio.
-No es nada serio. Solo quiero que os llevéis bien.
-Eso suena exactamente a "es serio, pero no estoy lista para admitirlo".
Antes de que Niamh pudiera responder, Azael llegó al restaurante, vestido de manera más casual de lo habitual, con una camisa oscura que Niamh no le había visto antes, y una expresión que delataba que él también sentía cierto nerviosismo ante el encuentro.
-Tú debes de ser Ronan -dijo, extendiendo la mano-. He escuchado hablar mucho de ti.
-Y yo de ti, aunque sospecho que la versión que me han contado y la persona real no coinciden del todo.
-Depende de qué versión te hayan contado.
-La del "consultor insoportable que discute todo lo que digo".
Azael miró a Niamh con una ceja enarcada, y ella se encogió de hombros, sin ningún atisbo de arrepentimiento.
-Es una descripción precisa -dijo-. Solo omití algunos detalles.
-¿Qué detalles? -preguntó Ronan, genuinamente intrigado.