La conversación sobre el padre de Azael quedó pendiente durante casi tres semanas, un silencio tácito que ambos parecían haber acordado sin necesidad de palabras. Niamh no quiso presionar, consciente de que ciertos temas necesitaban su propio tiempo antes de poder abordarse con la profundidad que merecían, y Azael, por su parte, parecía posponer deliberadamente cualquier mención al respecto, como si con ello pudiera evitar indefinidamente una conversación que claramente le costaba enfrentar.
Fue una llamada telefónica inesperada, un martes por la noche, la que finalmente forzó el tema a la superficie. Niamh estaba en la cocina preparando la cena cuando escuchó a Azael responder el teléfono en el salón, su voz adquiriendo de inmediato un tono tenso, formal, tan distinto al que solía usar en sus conversaciones cotidianas que ella no pudo evitar prestar atención.
-Sí, papá, estoy bien... No, no he tenido tiempo de llamarte, ha sido una temporada complicada en el trabajo... Sí, sigo en Dublín... No, no tengo planes de mudarme pronto...
La conversación se extendió durante varios minutos más, con Azael respondiendo con monosílabos cada vez más cortantes, hasta que finalmente colgó con un suspiro que sonó a alivio y frustración a partes iguales.
-¿Todo bien? -preguntó Niamh, asomándose desde la cocina.
-Todo lo bien que puede estar cuando mi padre decide llamarme después de ocho meses de silencio, solo para preguntarme si ya "senté cabeza", como si mi vida entera pudiera resumirse en esa pregunta.
-¿Ocho meses sin hablar?
-Es nuestra dinámica habitual. Llamadas esporádicas, conversaciones superficiales, y luego meses de silencio hasta que a alguno de los dos se le ocurre romper el hielo con otra llamada igualmente incómoda.
Niamh se sentó junto a él en el sofá, notando la tensión evidente en sus hombros. -¿Quieres hablar de ello?
Azael se quedó en silencio un momento, como debatiendo internamente cuánto estaba dispuesto a compartir. Finalmente, con un suspiro resignado, empezó a hablar.
-Mi padre se marchó de casa cuando yo tenía doce años, como ya te conté. Pero lo que no te dije es que no solo se marchó con otra mujer, sino que prácticamente desapareció de mi vida durante los siguientes cinco años. Cartas de cumpleaños esporádicas, alguna llamada telefónica ocasional, pero nada parecido a una relación paterna real.
-¿Qué pasó después de esos cinco años?
-Intentó reconectar cuando yo tenía diecisiete, justo antes de que empezara la universidad. Para entonces, yo ya había construido una vida completamente independiente de él, y aunque intenté darle una oportunidad, nunca logramos reconstruir algo parecido a una relación normal. Ahora nos limitamos a llamadas ocasionales, cargadas de la misma tensión incómoda de siempre, donde él intenta actuar como si los años de ausencia no hubieran dejado ninguna marca, y yo finjo que puedo tener una conversación civilizada con él sin que me hierva la sangre por dentro.
-Eso explica muchas cosas sobre tu relación con los compromisos.
-Sí, mi terapeuta también solía decir eso, en las pocas sesiones que logré aguantar antes de decidir que prefería lidiar con mis problemas a mi manera.
-¿Fuiste a terapia?
-Durante unos meses, cuando todo lo de Manchester se derrumbó. Mi jefa en ese entonces insistió, básicamente como condición para mantenerme en el puesto después de la crisis. No fue una experiencia particularmente placentera, pero admito que me ayudó a entender algunos patrones que llevaba arrastrando desde la adolescencia.
-¿Alguna vez consideraste retomarla?
Azael la miró, sorprendido por la pregunta directa. -¿Crees que debería?
-No soy quién para decirte qué deberías hacer. Pero si te ayudó antes, aunque fuera incómodo, quizás merezca la pena considerarlo de nuevo. Especialmente si vamos a seguir construyendo esto juntos, y esas heridas del pasado van a seguir apareciendo de vez en cuando, como acaba de pasar con la llamada de tu padre.
Azael consideró sus palabras en silencio, con una expresión pensativa que Niamh había aprendido a reconocer como señal de que estaba realmente procesando algo, en lugar de simplemente escuchar por cortesía.
-Quizás tengas razón. Aunque la idea de volver a sentarme frente a un desconocido a hablar de mis traumas paternos no me entusiasma particularmente.
-Nadie dijo que tuviera que entusiasmarte. Solo que podría ayudarte.
-¿Es tu manera diplomática de decirme que necesito terapia?
-Es mi manera diplomática de decirte que te apoyo en lo que decidas, pero que también me preocupa verte cargar solo con todo este peso, cuando podrías tener ayuda profesional para procesarlo.
Azael la atrajo hacia sí, besándole la sien con una gratitud silenciosa. -Lo pensaré. Aunque no prometo nada inmediato.
-No espero nada inmediato. Solo quiero que sepas que no estás solo en esto, aunque decidas enfrentarlo a tu propio ritmo.
***
La oportunidad de conocer al padre de Azael llegó, para sorpresa de ambos, apenas un mes después, cuando Cillian Kavanagh anunció, con la misma abrupta informalidad que caracterizaba todas sus comunicaciones, que estaría de paso por Dublín por motivos de trabajo y que le gustaría reunirse con su hijo.
-No tienes que aceptar si no quieres -dijo Niamh, mientras Azael leía el mensaje de texto con una expresión indescifrable.
-Lo sé. Pero quizás sea momento de dejar de evitar esta relación indefinidamente. Aunque sea solo para demostrarme a mí mismo que puedo manejarlo sin que me afecte tanto como solía hacerlo.
-¿Quieres que te acompañe?
Azael la miró, considerando la propuesta con una gratitud evidente. -¿Estarías dispuesta a eso? No es exactamente la reunión familiar más cómoda que existe.
-Estuve dispuesta a enfrentar a Maeve Kavanagh en su propia casa. Creo que puedo manejar a tu padre en un restaurante público.
-Maeve es intensa, pero al menos tiene buenas intenciones detrás de su intensidad. No estoy tan seguro de que mi padre tenga intenciones particularmente buenas, más allá de aliviar su propia culpa cada cierto tiempo con estas visitas esporádicas.