La noche tenía un peso extraño, como si el aire estuviera hecho de algo más denso que oxígeno. Gabriel caminaba por la vereda con las manos en los bolsillos, sintiendo cómo la ciudad parecía respirar de manera irregular. Las luces de los autos pasaban como destellos fugaces, pero él no les prestaba atención. Su mente estaba en otro lado, en un lugar que no sabía nombrar, un espacio donde las ideas se mezclaban sin orden y los pensamientos parecían no tener principio ni final. Había tenido un día largo. No particularmente malo, pero sí de esos que se sienten como una piedra en el pecho. Un día lleno de pequeñas cosas que se acumulan sin que uno se dé cuenta: un comentario fuera de lugar, un correo que llegó tarde, una reunión que se extendió más de lo necesario. Nada grave, pero suficiente para dejarlo agotado. Mientras caminaba hacia su edificio, sintió que cada paso era una forma de sacudirse el cansancio, aunque no estaba seguro de que funcionara. Cuando llegó, empujó la puerta del edificio con el hombro. El ascensor seguía roto, como siempre, pero no le molestaba. Subir las escaleras era su pequeño ritual para despejar la cabeza. Cada escalón hacía un eco particular, un sonido hueco que parecía responderle, como si la noche misma le devolviera sus pensamientos. Ese eco lo acompañó hasta el tercer piso, donde vivía desde hacía dos años con Lucía y Samuel. Al abrir la puerta del apartamento, lo recibió una luz cálida que provenía del living. Lucía estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta beige, con una taza de té entre las manos. La lámpara a su lado iluminaba su rostro de manera suave, resaltando el cansancio en sus ojos. Levantó la vista cuando escuchó la puerta. —Llegaste tarde —dijo, sin reproche, solo constatando un hecho. —El trabajo se alargó —respondió Gabriel, dejando las llaves en la mesa de entrada. Lucía lo observó con atención, como si pudiera ver más allá de su expresión cansada. Había algo en su mirada que siempre lo desarmaba: una mezcla de preocupación y ternura que lo hacía sentir visto, incluso cuando él no quería ser visto. —Tenés esa cara otra vez —dijo ella. Gabriel frunció el ceño, aunque sabía exactamente a qué se refería. —¿Qué cara? —La de “estoy bien, pero no estoy bien”. Él soltó una risa suave, casi sin ganas. —No sabía que tenía una cara para eso. —Todos la tenemos —respondió Lucía, dando un sorbo a su té. Gabriel se dejó caer en el sillón frente a ella, sintiendo cómo el cuerpo le pesaba más de lo normal. Cerró los ojos un momento, dejando que el silencio del apartamento lo envolviera. Era un silencio cálido, distinto al de la calle. Un silencio que no pedía nada, que no exigía explicaciones. Pero ese silencio se rompió cuando la puerta del pasillo se abrió. Samuel apareció con el cabello desordenado y una expresión perdida, como si hubiera despertado de un sueño demasiado profundo o demasiado pesado. Llevaba una remera grande que le quedaba un poco suelta, y sus ojos tenían ese brillo apagado que Gabriel había empezado a notar en los últimos días. —¿Todo bien? —preguntó Gabriel. Samuel dudó un segundo antes de asentir. —Sí… solo estaba pensando. Lucía le hizo un gesto para que se acercara. —Sentate con nosotros. Samuel obedeció, pero su cuerpo parecía tenso, como si estuviera sosteniendo algo que no sabía cómo soltar. Se sentó en el borde del sillón, con las manos entrelazadas, mirando el piso. —¿Querés té? —preguntó Lucía. —No… gracias —respondió Samuel, apenas audible. Gabriel lo observó con atención. Había algo en su mirada, algo que no había visto antes. Una sombra. Un peso. Una pregunta sin forma. —¿Pasó algo? —preguntó Gabriel, con voz suave. Samuel negó con la cabeza, pero su gesto no convenció a nadie. —No sé —dijo finalmente—. Solo… siento que todo está muy ruidoso últimamente. Lucía frunció el ceño. —¿Ruidoso cómo? Samuel se encogió de hombros. —Como si mi cabeza no se callara nunca. Como si hubiera un zumbido constante. No sé explicarlo. Gabriel intercambió una mirada rápida con Lucía. No era la primera vez que Samuel decía algo así, pero esa noche había algo distinto en su tono. Algo más frágil. Más honesto. —Podés hablar con nosotros —dijo Gabriel—. No tenés que guardarte todo. Samuel apretó los labios, como si estuviera conteniendo algo que no sabía si debía salir. —No quiero preocuparlos. —Ya estamos preocupados —respondió Lucía, con una sinceridad suave—. Pero eso no es culpa tuya. Samuel levantó la mirada, sorprendido por la firmeza en su voz. —No sé qué me pasa. —No tenés que saberlo hoy —dijo Gabriel—. Solo… quedate acá un rato. Samuel respiró hondo, como si esas palabras le dieran permiso para aflojar un poco. Se acomodó en el sillón, dejando que la manta que Lucía le alcanzó le cubriera las piernas. El silencio volvió, pero esta vez era un silencio distinto. No era un muro. Era un puente. Un espacio donde las palabras podían caer sin romperse. La noche avanzó lentamente, como si el tiempo se hubiera vuelto más espeso. Cada gesto, cada mirada, cada respiración parecía cargada de un significado que ninguno de los tres sabía cómo nombrar. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, los tres sintieron lo mismo: Algo estaba cambiando. Algo profundo. Algo inevitable. Y aunque daba miedo, también traía consigo una extraña sensación de alivio