La mañana llegó sin pedir permiso, filtrándose entre las cortinas con una luz pálida que parecía más cansada que ellos. Gabriel despertó antes de que sonara la alarma, con esa sensación incómoda de haber dormido sin realmente descansar. Abrió los ojos lentamente, como si el día fuera demasiado brillante para enfrentarlo de golpe, aunque la habitación estuviera casi a oscuras. Se quedó unos minutos mirando el techo, escuchando los sonidos del edificio: una puerta que se cerraba en el pasillo, el ascensor que intentaba funcionar con su zumbido irregular, el murmullo lejano de la ciudad que ya empezaba a despertar. Todo parecía normal, pero él sentía que algo estaba fuera de lugar, como si una pieza invisible hubiera cambiado de posición durante la noche. Finalmente se levantó y caminó hacia la cocina. El piso estaba frío bajo sus pies, y el aire tenía ese aroma particular de las mañanas en las que nadie quiere hablar demasiado. Preparó café en silencio, dejando que el sonido de la cafetera llenara el espacio vacío. Ese ruido simple, cotidiano, le daba una sensación de estabilidad que necesitaba más de lo que admitía. Lucía apareció unos minutos después, envuelta en una bata y con el cabello recogido en un moño desordenado. Sus ojos estaban hinchados, no de llorar, sino de dormir poco y pensar demasiado. Se apoyó en el marco de la puerta, observándolo. —¿Dormiste algo? —preguntó, mientras se servía una taza. Gabriel se encogió de hombros. —Lo suficiente para no morirme, supongo. Lucía sonrió con cansancio. —Eso no es dormir. —No —admitió él—. Pero es lo que hay. Se sentaron a la mesa sin hablar. No era un silencio incómodo; era un silencio que compartían desde hacía años, un espacio donde las palabras no eran necesarias para entenderse. Lucía lo observó por un momento, como si intentara descifrar algo que él mismo no sabía poner en palabras. —Estás raro —dijo finalmente. Gabriel levantó la vista. —¿Raro cómo? —Como si estuvieras… lejos. Aunque estés acá. Él suspiró, apoyando los codos en la mesa. —No sé. Siento que algo se está moviendo, pero no sé qué es. Lucía apoyó una mano sobre la suya. —No tenés que entenderlo todo hoy. Antes de que pudiera responder, escucharon pasos en el pasillo. Samuel apareció en la puerta de la cocina, con una expresión que mezclaba sueño, confusión y algo más profundo que ninguno de los dos podía identificar del todo. Llevaba una remera grande que le quedaba un poco suelta y el cabello revuelto, como si hubiera pasado la noche dando vueltas en la cama. —Buen día —murmuró, aunque su voz no tenía energía. Lucía le sonrió con suavidad. —¿Querés café? Samuel dudó un segundo antes de asentir. —Sí… gracias. Se sentó frente a ellos, pero su postura era tensa, como si estuviera sosteniendo algo que no sabía cómo soltar. Gabriel lo observó con atención. Había algo en su mirada, una sombra que no había visto antes, un peso que parecía crecer día a día. —¿Dormiste? —preguntó Gabriel. Samuel negó con un gesto leve. —No mucho. —¿Pesadillas? —No… solo… pensamientos. Lucía intercambió una mirada rápida con Gabriel. No era la primera vez que Samuel decía algo así, pero esa mañana había algo distinto en su tono. Algo más frágil. Más honesto. —Si querés hablar… —empezó Gabriel. —No sé qué decir —lo interrumpió Samuel, bajando la mirada hacia la taza. Lucía se levantó y le acarició el hombro con un gesto suave. —No tenés que decir nada ahora. Samuel apretó los labios, como si estuviera conteniendo algo que no sabía si debía salir. —A veces siento que… no encajo. Ni acá, ni en ningún lado. Gabriel sintió un nudo en el pecho. —Encajás con nosotros —dijo, con una firmeza que no necesitaba elevar la voz. Samuel levantó la mirada, sorprendido por la seguridad en sus palabras. —No sé si es suficiente. —Para mí lo es —respondió Gabriel. El silencio volvió, pero esta vez era distinto. No era un muro. Era un puente. Un espacio donde las palabras podían caer sin romperse. La mañana avanzó lentamente, como si el tiempo se hubiera vuelto más espeso. Cada gesto, cada mirada, cada respiración parecía cargada de un significado que ninguno de los tres sabía cómo nombrar. Lucía se levantó para preparar más café, y mientras lo hacía, Samuel habló sin levantar la vista. —No quiero ser una carga. Gabriel sintió que algo dentro de él se tensaba. —No sos una carga. —A veces lo siento así —susurró Samuel. Lucía dejó la cuchara sobre la mesada y se acercó. —Todos sentimos eso alguna vez. Pero no estás solo. No acá. Samuel tragó saliva, como si esas palabras le costaran más de lo que debería. —No quiero preocuparlos. —Ya estamos preocupados —dijo Gabriel—. Pero eso no significa que no queramos estar acá. Samuel cerró los ojos un momento, respirando hondo. Cuando los abrió, había algo distinto en su mirada. No alivio, pero sí una pequeña grieta por donde entraba un poco de luz. —Gracias —murmuró. Lucía le acarició el brazo. —No tenés que agradecer. Somos un equipo, ¿no? Samuel asintió, aunque su gesto era más un intento que una convicción. El resto de la mañana transcurrió en una calma extraña. No era paz, pero tampoco tormenta. Era ese punto intermedio donde uno sabe que algo está cambiando, aunque no pueda verlo del todo. Gabriel observó a Samuel mientras este se levantaba para guardar su taza. Había algo en su forma de moverse, en la manera en que evitaba mirarlos directamente, que le hizo entender que lo que fuera que Samuel estaba atravesando no era algo pequeño. No era una mala noche. No era cansancio. Era algo más profundo, más silencioso, más difícil de nombrar. Y aunque no sabía cómo ayudarlo, sí sabía una cosa: no iba a dejarlo solo. Lucía se acercó a Gabriel y apoyó la cabeza en su hombro. —Tenemos que estar atentos —susurró. —Lo sé. —No lo dejemos caer. Gabriel apretó los labios. —No lo vamos a hacer. La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminando la cocina con un brillo suave. Y aunque el día recién empezaba, los tres sabían que no sería un día cualquiera. Algo se había movido. Algo había cambiado. Y aunque ninguno podía decir qué era, todos lo sentían. El silencio, una vez más, hablaba más fuerte que las palabras