La tarde cayó sobre el apartamento con una lentitud casi deliberada, como si el día se resistiera a terminar. El sol entraba por la ventana del living en un ángulo bajo, tiñendo todo de un color anaranjado que hacía que los objetos parecieran más quietos de lo normal. Gabriel estaba sentado en el sillón, con el cuerpo hundido en los cojines y la mirada perdida en un punto indefinido de la pared. No estaba pensando en nada concreto, pero tampoco estaba en paz. Era ese estado extraño en el que la mente se queda suspendida, como si flotara entre pensamientos sin decidirse por ninguno. Lucía estaba en la cocina, lavando los platos con movimientos lentos, casi automáticos. El agua corría con un sonido constante, un murmullo que llenaba el silencio del apartamento sin romperlo del todo. De vez en cuando, ella miraba hacia el living, como si quisiera asegurarse de que Gabriel seguía ahí, aunque sabía que él no se iba a mover. Samuel estaba en su habitación. La puerta estaba entreabierta, lo suficiente para dejar ver un pedazo de sombra en el piso, pero no lo suficiente para saber qué estaba haciendo. Desde hacía un rato no se escuchaba ningún ruido proveniente de ahí. Ni pasos, ni el crujido de la cama, ni el sonido de hojas moviéndose. Nada. Ese silencio era más pesado que cualquier palabra. Gabriel respiró hondo, como si quisiera sacarse algo del pecho. No funcionó. —¿Estás bien? —preguntó Lucía desde la cocina, sin dejar de lavar. —Sí —respondió él, aunque la palabra salió demasiado rápido, demasiado automática. Lucía cerró la canilla y se secó las manos con un repasador. Caminó hacia el living y se sentó a su lado, doblando una pierna sobre el sillón. —No estás bien —dijo, sin suavizarlo. Gabriel sonrió apenas, una sonrisa cansada. —¿Desde cuándo sos experta en leer mentes? —Desde que vivo con vos —respondió ella—. Y desde que te conozco lo suficiente como para saber cuándo estás mintiendo. Él bajó la mirada, jugando con sus dedos. —No sé qué me pasa —admitió finalmente—. Es como si… como si todo estuviera un poco corrido. Como si yo estuviera un poco corrido. Lucía lo observó con una mezcla de preocupación y paciencia. —No tenés que tener todas las respuestas hoy. —Lo sé —dijo Gabriel—. Pero igual pesa. Lucía iba a responder, pero en ese momento escucharon un ruido leve proveniente del pasillo. La puerta de la habitación de Samuel se abrió despacio, como si él dudara de si debía salir o no. Apareció en el marco, con el cabello revuelto y los ojos rojos, como si hubiera estado llorando o simplemente sin dormir. —¿Puedo…? —preguntó, sin terminar la frase. —Claro —dijo Lucía, haciéndole un gesto para que se acercara. Samuel caminó hacia ellos con pasos lentos, casi tímidos. Se sentó en el sillón, pero no junto a ellos, sino en el borde, como si no quisiera ocupar demasiado espacio. Como si temiera molestar incluso al aire. —¿Todo bien? —preguntó Gabriel, aunque la respuesta era evidente. Samuel se frotó las manos, un gesto nervioso que repetía cada vez que estaba incómodo. —No sé —dijo, con la voz apenas audible—. Siento que… que estoy fallando. Lucía frunció el ceño. —¿Fallando en qué? Samuel tardó en responder. Miró el piso, luego sus manos, luego el piso otra vez. —En todo —susurró—. En dormir, en pensar, en… existir sin sentir que estoy molestando. Gabriel sintió un golpe en el pecho. No era sorpresa. Era dolor. Dolor por verlo así. —No estás molestando —dijo, con una firmeza que no necesitaba elevar la voz. Samuel negó con la cabeza. —A veces siento que sí. Que soy un peso. Que ustedes están mejor sin tener que preocuparse por mí. Lucía se acercó un poco más, pero sin invadirlo. —Samuel… —empezó, pero él la interrumpió. —No quiero que piensen que estoy… mal. No quiero que se preocupen. No quiero ser una carga. Gabriel respiró hondo. —Ya estamos preocupados —dijo—. Pero eso no significa que seas una carga. Significa que te queremos. Samuel levantó la mirada, sorprendido por la claridad de esas palabras. —No sé cómo… —empezó a decir, pero se quedó sin voz. Lucía lo completó. —No sabés cómo pedir ayuda. Samuel asintió, con los ojos brillando. —No sé cómo no sentirme así —dijo—. Como si algo adentro mío estuviera… apagándose. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue un silencio lleno de significado, un silencio que decía más que cualquier frase. Gabriel se inclinó hacia adelante. —No tenés que saberlo ahora. No tenés que tener respuestas. Solo tenés que estar acá. Con nosotros. Samuel tragó saliva, como si esas palabras le costaran más de lo que deberían. —Tengo miedo —admitió. Lucía le tomó la mano, despacio, como si temiera que él se rompiera. —No estás solo. Samuel cerró los ojos, y una lágrima cayó por su mejilla. No hizo ruido. No tembló. Solo cayó, silenciosa, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía mucho tiempo. Gabriel sintió que algo dentro de él también se aflojaba. No era alivio. No era tristeza. Era una mezcla de ambas cosas. Una comprensión profunda de que lo que estaban viviendo no era simple, no era pasajero, no era algo que se resolviera con una charla o una noche de descanso. Era algo más grande. Algo que necesitaba tiempo. Algo que necesitaba compañía. Lucía acarició la mano de Samuel con suavidad. —Vamos a estar con vos —dijo—. En lo que venga. En lo que duela. En lo que cueste. Samuel abrió los ojos, y aunque seguían llenos de miedo, también había algo nuevo ahí. Una chispa. Una pequeña luz. —Gracias —murmuró. Gabriel apoyó una mano en su hombro. —No tenés que agradecer. Somos un equipo. El sol terminó de caer, dejando el apartamento en una penumbra suave. Ninguno de los tres se movió. Ninguno habló. No hacía falta. A veces, lo que no se dice también pesa. Pero cuando se comparte, pesa un poco menos.