No Están Solos

CAPÍTULO 4 — La Casa Respira Distinto

La tarde se había ido apagando con una lentitud casi dolorosa, como si el día se resistiera a morir. El apartamento estaba envuelto en una penumbra suave, esa luz intermedia que no es día ni noche, un espacio suspendido donde todo parece más frágil. Gabriel estaba sentado en la mesa del comedor, con una taza de café frío entre las manos. No lo había tomado. Ni siquiera recordaba haberlo servido. Solo estaba ahí, como un objeto que había aparecido sin intención. Lucía caminaba por el living con pasos lentos, recogiendo cosas que no necesitaban ser recogidas: un libro que ya estaba ordenado, una manta doblada, un vaso vacío. Era su forma de lidiar con la inquietud. Cuando algo en la casa no estaba bien, ella intentaba arreglar lo que sí podía tocar, aunque supiera que no era suficiente. Samuel estaba en su habitación. La puerta estaba cerrada, algo que no solía hacer. Desde hacía un rato no se escuchaba nada. Ni pasos, ni el sonido de la cama, ni el crujido del piso. Ese silencio era más pesado que cualquier ruido. Gabriel miró hacia la puerta del pasillo, como si pudiera atravesarla con la mirada. —No me gusta cuando se encierra así —dijo en voz baja. Lucía dejó la manta sobre el sillón y se acercó a la mesa. —A mí tampoco —respondió—. Pero no podemos forzarlo. Gabriel apoyó los codos en la mesa y se frotó la cara con ambas manos. —Lo sé. Pero siento que… que algo está empeorando. Lucía se sentó frente a él. —¿Qué te hace pensar eso? Gabriel tardó en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque no sabía cómo ponerlo en palabras. —La forma en que nos mira —dijo finalmente—. Como si estuviera lejos. Como si estuviera acá físicamente, pero su cabeza estuviera en otro lugar. Lucía asintió, con una expresión que mezclaba preocupación y aceptación. —Yo también lo noté. El silencio volvió a instalarse entre ellos, un silencio denso, cargado de preguntas sin respuesta. La casa parecía respirar distinto. Como si el aire se hubiera vuelto más pesado, más espeso, más difícil de mover. De repente, la puerta del pasillo se abrió. Samuel salió despacio, como si temiera hacer ruido. Tenía los ojos rojos, el cabello desordenado y la piel pálida. Caminó hacia la cocina sin decir nada, sin mirar a ninguno de los dos. Gabriel lo siguió con la mirada. —¿Todo bien? —preguntó, aunque sabía que la respuesta no sería un sí. Samuel abrió la heladera, sacó una botella de agua y bebió un sorbo. Luego apoyó las manos en la mesada, como si necesitara sostenerse. —No sé —respondió, sin darse vuelta. Lucía se levantó y se acercó un poco, pero mantuvo distancia. No quería invadirlo. —¿Querés hablar? —preguntó con suavidad. Samuel negó con la cabeza. —No sé qué decir —murmuró. Gabriel se levantó y caminó hacia él, despacio, como si se acercara a un animal herido. —No tenés que decir nada si no querés —dijo—. Solo… no te encierres tanto. Samuel cerró los ojos, respirando hondo. —No quiero preocuparlos. —Ya lo estamos —respondió Gabriel—. Pero eso no es culpa tuya. Samuel apretó la mesada con fuerza, como si intentara anclarse a algo. —Siento que… que estoy perdiendo el control —dijo finalmente—. Como si algo adentro mío se estuviera rompiendo. Lucía dio un paso más cerca. —¿Desde cuándo te sentís así? Samuel abrió los ojos, pero no los levantó. —Hace semanas —admitió—. Pero pensé que se me iba a pasar. Que era cansancio. Estrés. No sé. Gabriel intercambió una mirada con Lucía. No era sorpresa. Era confirmación. —¿Y ahora? —preguntó él. Samuel tragó saliva. —Ahora siento que… que cada día es más difícil. Que me cuesta pensar. Que me cuesta… estar. Lucía sintió un nudo en la garganta. —Samuel… —empezó, pero él levantó una mano para detenerla. —No quiero que piensen que estoy… mal —dijo—. No quiero que me vean distinto. Gabriel negó con la cabeza. —No te vemos distinto. Te vemos como sos. Y te vemos luchando. Samuel finalmente los miró. Sus ojos estaban llenos de miedo. —Tengo miedo —dijo—. Mucho. Lucía se acercó y le tomó la mano, despacio. —No estás solo —dijo—. No vamos a dejarte solo. Samuel bajó la mirada, como si esas palabras fueran demasiado para sostenerlas. —No sé cómo… cómo seguir —admitió. Gabriel apoyó una mano en su hombro. —Un día a la vez —dijo—. Y si un día es demasiado, una hora. Y si una hora es demasiado, un minuto. Samuel respiró hondo, como si esas palabras le dieran un pequeño espacio para moverse. —No quiero ser una carga —repitió, como si esa frase fuera un peso que no podía soltar. Lucía negó con la cabeza. —No sos una carga. Sos parte de esta casa. Parte de nosotros. Samuel cerró los ojos, y una lágrima cayó por su mejilla. No hizo ruido. No tembló. Solo cayó, silenciosa, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía mucho tiempo. Gabriel lo abrazó despacio, sin apuro, sin fuerza, solo con presencia. Samuel se tensó al principio, como si no supiera cómo recibir ese gesto, pero luego aflojó, dejando que su cuerpo se apoyara un poco más. Lucía los rodeó a ambos con sus brazos, formando un pequeño círculo de calor en medio de la cocina. Nadie habló. Nadie necesitaba hacerlo. La casa, por primera vez en días, pareció respirar un poco más liviana. No porque todo estuviera bien. Sino porque, por fin, algo se había dicho. Algo se había soltado. Algo había empezado a moverse. Y aunque el camino que venía sería difícil, los tres sabían una cosa: No iban a recorrerlo solos.




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