No Están Solos

CAPÍTULO 5 — El Ruido

La noche cayó sobre el apartamento con una rapidez que ninguno de los tres esperaba. Era como si el día hubiera decidido apagarse de golpe, sin transición, sin aviso. Las luces de la calle entraban por la ventana del living en líneas delgadas, dibujando sombras largas sobre las paredes. Gabriel estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sillón, con las piernas estiradas y la cabeza inclinada hacia atrás. Había intentado leer, pero las palabras se le mezclaban. Había intentado escuchar música, pero cada canción le sonaba igual. Había intentado no pensar, pero eso era imposible. Lucía estaba en la cocina, preparando algo para cenar aunque ninguno de los tres tenía hambre. Movía las manos con una precisión casi mecánica, cortando verduras que probablemente terminarían en un plato que quedaría a medio comer. Era su forma de mantenerse en pie cuando las emociones se volvían demasiado grandes: hacer algo con las manos, algo que pudiera controlar. Samuel estaba sentado en el sillón, con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos rodeándolas. Miraba hacia la ventana, pero no parecía ver nada. Su respiración era lenta, pero irregular, como si cada inhalación fuera un esfuerzo. Desde hacía un rato no había dicho una palabra. Gabriel lo observó de reojo. Había algo en la postura de Samuel que le resultaba inquietante. No era solo tristeza. No era solo cansancio. Era algo más profundo, más oscuro, más difícil de nombrar. —¿Querés que prenda la luz? —preguntó Gabriel, rompiendo el silencio. Samuel tardó en reaccionar. Parpadeó un par de veces, como si volviera de un lugar lejano. —No —dijo finalmente—. Está bien así. Gabriel asintió, aunque no estaba seguro de que estuviera bien. La penumbra hacía que todo se sintiera más pesado, más denso, como si el aire mismo estuviera cargado de algo invisible. Lucía salió de la cocina con un plato en la mano. —Hice sopa —anunció, aunque su voz no tenía entusiasmo—. No sé si alguien quiere. Samuel negó con la cabeza sin mirarla. —No tengo hambre. Gabriel tampoco tenía, pero tomó el plato igual. —Yo sí —mintió. Lucía le dedicó una sonrisa agradecida, aunque sabía que él no iba a comer más de dos cucharadas. Se sentó junto a Samuel, dejando el plato sobre la mesa baja. Lo observó un momento, intentando encontrar la forma correcta de empezar una conversación que no sabía cómo tener. —¿Querés hablar? —preguntó finalmente. Samuel negó otra vez. —No sé qué decir. —No tenés que saberlo —dijo Lucía, sentándose en el otro sillón—. Solo… decinos cómo te sentís ahora. Samuel apoyó la frente en sus rodillas. —Hay ruido —murmuró. Gabriel frunció el ceño. —¿Ruido? Samuel asintió, sin levantar la cabeza. —En mi cabeza. Como un zumbido. Como si hubiera… algo ahí adentro que no se calla nunca. Lucía intercambió una mirada preocupada con Gabriel. —¿Desde cuándo? —preguntó ella. Samuel tardó en responder. —Hace semanas —dijo finalmente—. Pero hoy… hoy es peor. Gabriel se acercó un poco más. —¿Qué tipo de ruido? Samuel levantó la cabeza apenas, lo suficiente para que su voz saliera más clara. —No es un sonido real. No es algo que pueda escuchar con los oídos. Es… es como si mis pensamientos estuvieran todos hablando al mismo tiempo. Como si no pudiera agarrar ninguno. Como si todo fuera un murmullo constante. Lucía sintió un nudo en la garganta. —Eso debe ser agotador. Samuel soltó una risa amarga. —No tengo energía para estar agotado. Gabriel apoyó una mano en su hombro. —Estamos acá —dijo—. No tenés que pasar por esto solo. Samuel cerró los ojos, respirando hondo. —No quiero preocuparlos. —Ya lo estamos —respondió Lucía—. Pero eso no significa que no queramos estar acá. Samuel abrió los ojos y los miró a ambos. Había miedo en su mirada. Miedo real. Miedo profundo. —Tengo miedo de que esto no se vaya —dijo—. De que este ruido… sea para siempre. Gabriel sintió un golpe en el pecho. —No va a ser para siempre —dijo, aunque no sabía si era verdad—. Vamos a encontrar la forma de ayudarte. Samuel negó con la cabeza. —No quiero ser un problema. Lucía se inclinó hacia adelante. —No sos un problema. Sos una persona que está pasando por algo difícil. Y nosotros somos tus amigos. Eso significa que estamos acá para vos. Samuel tragó saliva, como si esas palabras fueran demasiado pesadas para sostenerlas. —No sé cómo… cómo seguir —admitió. Gabriel respiró hondo. —Un paso a la vez —dijo—. No tenés que resolver todo hoy. Samuel apoyó la frente en sus manos. —No puedo pensar. No puedo… estar en silencio. No puedo… —se interrumpió, como si las palabras se le trabaran en la garganta. Lucía se levantó y se sentó a su lado, despacio, sin invadirlo. —¿Te da miedo estar solo? —preguntó. Samuel asintió, apenas. —Sí. Gabriel se acercó también. —Entonces no vas a estar solo. Samuel levantó la mirada, y por un momento, solo un momento, Gabriel vio algo distinto en sus ojos. No alivio. No esperanza. Pero sí una pequeña apertura. Una grieta por donde podía entrar un poco de luz. —Gracias —murmuró. Lucía le acarició el brazo. —No tenés que agradecer. Estamos juntos en esto. El silencio volvió, pero esta vez era un silencio distinto. No era un silencio que pesaba. Era un silencio que contenía. Un silencio que sostenía. Gabriel tomó la sopa y la dejó sobre la mesa, sin tocarla. —¿Querés que nos quedemos acá un rato? —preguntó. Samuel asintió. —Sí… por favor. Lucía se acomodó en el sillón, envolviéndose en una manta. Gabriel se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sillón donde Samuel estaba. Samuel se recostó un poco, dejando que su cuerpo se relajara apenas. Nadie habló. Nadie necesitaba hacerlo. La casa estaba en silencio. Pero por primera vez en días, ese silencio no era enemigo. Era refugio. Y aunque el ruido seguía dentro de Samuel, aunque seguía siendo un peso, esa noche no lo enfrentaba solo.




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