No Están Solos

CAPÍTULO 6 — La Grieta

La mañana amaneció gris, con un cielo cubierto que parecía presagiar algo que ninguno de los tres sabía nombrar. El apartamento estaba silencioso, demasiado silencioso, como si la casa misma contuviera la respiración. Gabriel se despertó antes de que sonara la alarma, con la sensación incómoda de que algo estaba a punto de romperse. No sabía qué, pero lo sentía en el pecho, como un peso que no se movía. Se levantó despacio, tratando de no hacer ruido. Caminó hacia la cocina y puso agua a calentar. El sonido del hervidor fue lo único que rompió el silencio. Mientras esperaba, apoyó las manos en la mesada y cerró los ojos. No había dormido bien. Había pasado la noche dando vueltas, pensando en Samuel, en la forma en que había hablado la noche anterior, en ese miedo que se le escapaba por los ojos. Lucía apareció unos minutos después, con el cabello recogido en un moño improvisado y una expresión que dejaba claro que tampoco había dormido mucho. —¿Café? —preguntó Gabriel, sin darse vuelta. —Por favor —respondió ella, con una voz ronca de sueño y preocupación. Se sentó en la mesa, apoyando la cabeza en una mano. Gabriel sirvió dos tazas y se sentó frente a ella. Ninguno habló durante un rato. No hacía falta. Ambos estaban pensando en lo mismo. —¿Escuchaste algo de Samuel? —preguntó Lucía finalmente. —No —respondió Gabriel—. Su puerta sigue cerrada. Lucía suspiró. —Me preocupa. —A mí también. El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez era un silencio inquieto, un silencio que parecía moverse, como si tuviera vida propia. De repente, escucharon un ruido leve en el pasillo. La puerta de la habitación de Samuel se abrió despacio. Samuel salió, pero algo en él era distinto. No solo estaba cansado. No solo estaba triste. Había algo más. Algo que Gabriel no había visto antes. Una especie de vacío en su mirada, como si estuviera ahí y no estuviera al mismo tiempo. —Buen día —murmuró Samuel, aunque su voz no tenía energía. Lucía se levantó enseguida. —¿Dormiste algo? Samuel negó con la cabeza. —No… no pude. Gabriel lo observó con atención. Había algo en la forma en que Samuel se movía, en la forma en que respiraba, que le hizo sentir un escalofrío. —¿Querés sentarte? —preguntó. Samuel asintió y se dejó caer en una silla, como si su cuerpo pesara más de lo normal. Se frotó las manos, un gesto nervioso que repetía cada vez que estaba incómodo. —No sé qué me pasa —dijo, con la voz quebrada—. Siento que… que algo adentro mío se está rompiendo. Lucía se acercó y le tomó la mano. —No estás solo —dijo—. Estamos acá. Samuel levantó la mirada, y por un momento, Gabriel vio algo que lo dejó helado: una mezcla de miedo y resignación. Como si Samuel hubiera llegado a un punto donde ya no sabía cómo seguir. —No quiero sentirme así —dijo Samuel—. No quiero… pero no puedo evitarlo. Gabriel se inclinó hacia adelante. —No tenés que poder solo. Samuel apretó los labios, como si estuviera conteniendo algo que no sabía si debía salir. —A veces siento que… que no soy yo —dijo—. Como si estuviera mirando mi vida desde afuera. Como si todo fuera… ajeno. Lucía tragó saliva. —Eso debe ser muy difícil. Samuel asintió. —Es como si hubiera una grieta —dijo—. Una grieta adentro mío. Y cada día se abre un poco más. Gabriel sintió un nudo en el pecho. —¿Y qué sentís cuando esa grieta se abre? Samuel tardó en responder. Miró la mesa, luego sus manos, luego la nada. —Siento que… que me voy a caer —dijo finalmente—. Que voy a desaparecer. Lucía apretó su mano con más fuerza. —No vas a desaparecer —dijo—. Te lo prometo. Samuel cerró los ojos, y una lágrima cayó por su mejilla. —Tengo miedo —admitió—. Mucho. Gabriel se levantó y se acercó a él. —Estamos acá —dijo—. No vamos a dejarte caer. Samuel abrió los ojos y los miró a ambos. Había algo roto en su mirada, pero también había algo más. Una pequeña chispa. Una pequeña esperanza. —No sé qué hacer —dijo—. No sé cómo… cómo seguir. Lucía acarició su brazo. —Un paso a la vez —dijo—. No tenés que resolver todo hoy. Samuel respiró hondo, como si esas palabras le dieran un pequeño espacio para moverse. —Gracias —murmuró. Gabriel apoyó una mano en su hombro. —No tenés que agradecer. Somos un equipo. El silencio volvió, pero esta vez era un silencio distinto. No era un silencio que pesaba. Era un silencio que contenía. Un silencio que sostenía. Samuel se levantó despacio. —Voy a… voy a darme una ducha —dijo. Lucía asintió. —Está bien. Samuel caminó hacia el baño con pasos lentos, como si cada movimiento fuera un esfuerzo. Cuando la puerta se cerró, Gabriel dejó escapar un suspiro que había estado conteniendo. —Está peor —dijo, sin rodeos. Lucía asintió, con los ojos llenos de preocupación. —Sí. —Tenemos que estar atentos —dijo Gabriel—. Muy atentos. Lucía apoyó una mano en su brazo. —No lo vamos a dejar solo. Gabriel asintió. —No. Nunca. La ducha empezó a sonar, llenando el apartamento con un ruido constante. Pero incluso ese sonido no lograba tapar la sensación que ambos tenían en el pecho: la sensación de que algo estaba cambiando, de que algo se estaba rompiendo, de que la grieta dentro de Samuel se estaba abriendo más rápido de lo que podían seguir. Y aun así, sabían que no podían rendirse. Sabían que tenían que estar ahí. Sabían que, aunque el camino fuera difícil, no iban a dejarlo caer. Porque a veces, lo único que sostiene a alguien es saber que hay manos listas para sostenerlo cuando la grieta se abre.




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