No Están Solos

CAPÍTULO 7 — El Peso de los Gestos

La tarde estaba fresca, con un viento suave que movía las hojas de los árboles en la vereda. Gabriel había insistido en salir a caminar, no porque tuviera ganas, sino porque sentía que el aire del apartamento se había vuelto demasiado denso, demasiado cargado de silencios que nadie sabía cómo manejar. Samuel aceptó acompañarlo, aunque su expresión dejaba claro que no estaba seguro de querer estar afuera. Lucía se quedó en casa, prometiendo preparar algo caliente para cuando volvieran. El barrio estaba tranquilo. Las luces de los postes se encendían de a poco, tiñendo la calle de un amarillo tenue. Gabriel caminaba a un ritmo lento, adaptándose al paso de Samuel, que parecía arrastrar los pies como si cada movimiento fuera un esfuerzo. —¿Querés que vayamos despacio? —preguntó Gabriel. —Ya vamos despacio —respondió Samuel, con una voz apagada. Gabriel sonrió apenas. —Bueno… más despacio entonces. Samuel no respondió. Tenía las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Su respiración era irregular, como si el simple hecho de estar afuera lo pusiera en alerta. Gabriel lo observó de reojo. Había algo en la postura de Samuel, en la forma en que sus hombros estaban tensos, que le hacía sentir un nudo en el estómago. —Si te incomoda estar afuera, podemos volver —dijo Gabriel. Samuel negó con la cabeza. —No… está bien. Solo… me siento raro. —¿Raro cómo? Samuel tardó en responder. —Como si… como si no estuviera del todo acá —dijo finalmente—. Como si estuviera viendo todo desde lejos. Gabriel asintió, sin presionarlo. —A veces pasa —dijo—. Cuando uno está muy cansado, o muy cargado. Samuel frunció el ceño. —Pero no debería pasarme tanto, ¿no? —No hay un “debería” —respondió Gabriel—. Solo pasa. Y está bien decirlo. Samuel respiró hondo, como si esas palabras le dieran un pequeño espacio para moverse. Caminaron unos minutos en silencio. El viento movía las ramas de los árboles, y el sonido de las hojas rozándose entre sí llenaba el aire con un murmullo suave. Gabriel se detuvo frente a una plaza pequeña, casi vacía. —¿Querés sentarte un rato? —preguntó. Samuel dudó, pero finalmente asintió. Se sentaron en un banco de madera, uno al lado del otro. No había nadie cerca. Solo el sonido distante de un auto pasando y el canto de algún pájaro que no había decidido dormir todavía. Samuel apoyó los codos en las rodillas y se tomó la cabeza con ambas manos. —No sé qué me pasa —dijo, con la voz quebrada—. Siento que… que estoy fallando. Gabriel lo miró con calma. —¿Fallando en qué? Samuel levantó la cabeza, con los ojos llenos de frustración. —En todo —dijo—. En dormir, en pensar, en… existir sin sentir que estoy molestando. Gabriel sintió un golpe en el pecho. —No sos una molestia. Samuel soltó una risa amarga. —A veces siento que sí. Que ustedes están mejor sin tener que preocuparse por mí. Gabriel negó con la cabeza. —No estamos mejor sin vos. Y no nos molesta preocuparnos. Nos importa que estés bien. Samuel bajó la mirada. —No sé cómo… cómo dejar de sentirme así. Gabriel respiró hondo. —No tenés que saberlo hoy. Ni mañana. Esto no se resuelve de un día para otro. Samuel apretó los labios, como si estuviera conteniendo algo. —Tengo miedo —admitió—. Mucho. Gabriel apoyó una mano en su espalda, despacio. —Lo sé. Samuel cerró los ojos, y una lágrima cayó por su mejilla. —No quiero que me vean así —dijo—. No quiero que piensen que estoy roto. —No estás roto —respondió Gabriel—. Estás cansado. Estás pasando por algo difícil. Y eso no te hace menos. Samuel abrió los ojos y lo miró. Había algo en su mirada que Gabriel no había visto antes: una mezcla de vulnerabilidad y alivio. Como si, por primera vez en mucho tiempo, Samuel se permitiera ser visto. —Gracias —murmuró. Gabriel sonrió. —No tenés que agradecerme. Samuel se recostó un poco hacia atrás, dejando que su cuerpo se relajara apenas. El viento le movía el cabello, y por un momento, solo un momento, pareció respirar un poco más liviano. —A veces siento que… que no voy a poder seguir —dijo, con la voz temblorosa. Gabriel lo miró con seriedad. —Y cuando sientas eso, vamos a estar acá. Para sostenerte. Para acompañarte. Para recordarte que no estás solo. Samuel tragó saliva. —No quiero ser una carga. —No lo sos —respondió Gabriel—. Sos alguien que quiero. Y eso es suficiente. Samuel bajó la mirada, pero esta vez no era por vergüenza. Era porque las palabras le pesaban, pero de una forma distinta. Como si fueran un abrigo que no sabía cómo ponerse. —¿Creés que voy a estar bien algún día? —preguntó. Gabriel no respondió enseguida. No porque no supiera qué decir, sino porque quería elegir bien sus palabras. —Creo que vas a estar mejor —dijo finalmente—. Y creo que no tenés que llegar a “estar bien” para merecer estar acompañado. Samuel respiró hondo, y por primera vez en días, su respiración no tembló. —Gracias —repitió. —Siempre —respondió Gabriel. Se quedaron en silencio unos minutos, mirando cómo las luces de la calle parpadeaban. La noche estaba tranquila, y aunque el ruido en la cabeza de Samuel seguía ahí, aunque la grieta dentro de él seguía abierta, algo había cambiado. No era una solución. No era un final feliz. Pero era un gesto. Un gesto que pesaba. Un gesto que sostenía. Gabriel se levantó. —¿Volvemos? Lucía debe estar preocupada. Samuel asintió. —Sí… volvamos. Caminaron de regreso al apartamento en silencio, pero esta vez era un silencio distinto. No era un silencio que pesaba. Era un silencio que acompañaba. Cuando llegaron, Lucía los esperaba en la puerta, con una expresión que mezclaba alivio y preocupación. Samuel la abrazó sin que ella lo pidiera, y Lucía lo sostuvo con fuerza. Gabriel los miró y sintió algo en el pecho. No alivio. No tristeza. Algo más profundo. Algo que no sabía nombrar. Pero sí sabía una cosa: A veces, el peso de un gesto es suficiente para que alguien dé un paso más




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