No Están Solos

CAPÍTULO 9 — El Cuerpo También Habla

La mañana amaneció pesada, como si el aire tuviera una densidad distinta. El apartamento estaba en silencio, un silencio que no era calma sino tensión contenida. Gabriel se despertó con un sobresalto, sin saber por qué. No había ruido, no había movimiento, pero algo en su cuerpo le decía que algo no estaba bien. Se levantó de la cama y caminó hacia la cocina. El piso estaba frío bajo sus pies, y la luz tenue que entraba por la ventana apenas iluminaba el espacio. Preparó café sin pensar, moviéndose por inercia. Mientras esperaba, apoyó las manos en la mesada y respiró hondo. Sentía un nudo en el estómago, una inquietud que no sabía explicar. Lucía apareció unos minutos después, con el cabello desordenado y los ojos hinchados. No había dormido bien. Se apoyó en el marco de la puerta y lo observó. —¿Dormiste algo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. —Lo justo para no colapsar —respondió Gabriel. Lucía suspiró. —Samuel no salió de su habitación en toda la noche. Gabriel sintió un escalofrío. —¿Escuchaste algo? —Nada —dijo ella—. Ese es el problema. El silencio volvió a instalarse entre ellos, un silencio inquietante, lleno de preguntas sin respuesta. Gabriel tomó dos tazas y sirvió café. Lucía se sentó en la mesa, moviendo la taza entre sus manos como si necesitara sentir algo tibio para no quebrarse. —¿Creés que deberíamos ir a verlo? —preguntó ella. Gabriel dudó. No quería invadirlo, pero tampoco quería ignorar lo que sentía en el pecho. —Sí —dijo finalmente—. Creo que sí. Caminaron juntos hacia el pasillo. La puerta de la habitación de Samuel estaba cerrada, como siempre. Gabriel golpeó suavemente. —Samuel… ¿estás despierto? Silencio. Lucía se acercó un poco más. —¿Podemos entrar? Nada. Gabriel intercambió una mirada con ella. Luego giró el picaporte despacio. La puerta se abrió sin resistencia. La habitación estaba en penumbra. Las cortinas cerradas dejaban entrar apenas un hilo de luz. Samuel estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Su respiración era rápida, irregular, como si hubiera estado conteniendo el aire durante demasiado tiempo. —Samuel… —dijo Gabriel, acercándose despacio. Samuel levantó la cabeza, y lo que Gabriel vio le heló la sangre. Sus ojos estaban vidriosos, pero no por haber llorado. Era otra cosa. Una mezcla de miedo, desconexión y agotamiento extremo. Como si su cuerpo estuviera ahí, pero su mente estuviera en otro lugar. —No puedo… —murmuró Samuel—. No puedo más. Lucía se acercó y se sentó a su lado, despacio, sin invadirlo. —¿Qué sentís? —preguntó con suavidad. Samuel respiró hondo, pero su respiración temblaba. —Mi cuerpo… —dijo—. Mi cuerpo no responde. Siento que… que no estoy adentro. Que estoy mirando todo desde afuera. Gabriel sintió un nudo en la garganta. —¿Desde cuándo? Samuel cerró los ojos. —Desde anoche. Pero hoy… hoy es peor. Siento que… que me estoy despegando. Como si mi cuerpo fuera una cosa y yo otra. Lucía tomó su mano. —Eso debe ser aterrador. Samuel asintió, con los ojos llenos de miedo. —No sé cómo… cómo volver. No sé cómo… estar acá. Gabriel se sentó frente a él, apoyando una mano en su rodilla. —Estamos acá con vos —dijo—. No tenés que volver solo. Samuel abrió los ojos y los miró a ambos. Había algo roto en su mirada, pero también había algo más. Una súplica silenciosa. Un pedido de ayuda que no sabía cómo formular. —Tengo miedo —dijo—. Mucho. Lucía apretó su mano. —Lo sé. Y está bien tener miedo. No tenés que esconderlo. Samuel tragó saliva, como si las palabras le costaran más de lo que deberían. —Mi cuerpo… —repitió—. Siento que no es mío. Siento que… que no puedo controlarlo. Que estoy flotando. Gabriel respiró hondo. —Eso es tu cuerpo hablándote —dijo—. Está diciendo que estás agotado. Que estás sobrepasado. Que necesitás apoyo. Samuel negó con la cabeza. —No quiero ser una carga. Lucía negó también. —No sos una carga. Sos alguien que queremos. Y eso no cambia porque estés pasando por algo difícil. Samuel bajó la mirada. —No sé cómo… cómo seguir. Gabriel se acercó un poco más. —No tenés que saberlo hoy. Solo tenés que estar acá. Con nosotros. Samuel respiró hondo, y por un momento, solo un momento, su respiración se volvió un poco más estable. —¿Puedo… quedarme con ustedes un rato? —preguntó, con una voz tan suave que casi no se escuchó. Lucía sonrió con ternura. —Claro que sí. Lo ayudaron a levantarse y caminaron juntos hacia el living. Samuel se dejó caer en el sillón, como si su cuerpo pesara más de lo normal. Lucía lo cubrió con una manta, y Gabriel se sentó a su lado. —¿Querés que te hablemos? —preguntó Gabriel. Samuel negó con la cabeza. —Solo… quedense acá. Y así lo hicieron. El silencio llenó la habitación, pero esta vez no era un silencio que pesaba. Era un silencio que contenía. Un silencio que sostenía. Un silencio que decía: estamos acá. Samuel cerró los ojos, y aunque su cuerpo seguía temblando, aunque la desconexión seguía ahí, algo en su respiración cambió. No era calma. No era alivio. Pero era un pequeño paso. Lucía apoyó la cabeza en el hombro de Gabriel. —Tenemos que estar atentos —susurró. —Lo sé —respondió él. —No lo dejemos caer. Gabriel apretó los labios. —No lo vamos a hacer. Samuel abrió los ojos y los miró. Había miedo. Había dolor. Pero también había algo más. Confianza. —Gracias —murmuró. Gabriel le tomó la mano. —No tenés que agradecer. Estamos juntos en esto. La mañana avanzó despacio, como si el tiempo quisiera darles espacio para respirar. Y aunque el cuerpo de Samuel seguía hablando, aunque seguía enviando señales de agotamiento, de desconexión, de miedo, él no estaba solo. Y eso, aunque pequeño, era un comienzo.




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