No Están Solos

CAPÍTULO 11 — La Luz Que No Alcanza

La mañana amaneció con un sol débil, casi tímido, como si también dudara de aparecer. La luz entraba por la ventana del living en líneas delgadas, iluminando apenas el polvo suspendido en el aire. Gabriel estaba sentado en la mesa del comedor, con una taza de café entre las manos. No lo había probado. Solo lo sostenía, como si el calor de la taza fuera lo único que lo mantenía anclado. Lucía estaba en la cocina, preparando algo para desayunar aunque ninguno de los dos tenía hambre. Movía las manos con una precisión automática, cortando pan, untando manteca, sirviendo jugo. Era su forma de mantenerse en pie cuando las emociones se volvían demasiado grandes: hacer algo con las manos, algo que pudiera controlar. Samuel seguía dormido en el sillón. O al menos eso parecía. Estaba envuelto en la manta que Lucía le había puesto la noche anterior, con el cuerpo encogido y la respiración irregular. No se había movido en horas. Gabriel lo observaba de vez en cuando, atento a cualquier cambio, cualquier señal, cualquier gesto que pudiera indicar cómo estaba. Lucía dejó dos platos sobre la mesa y se sentó frente a Gabriel. —¿Dormiste algo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. —Un poco —mintió él. Lucía lo miró con una mezcla de ternura y cansancio. —No tenés que hacerte el fuerte. Gabriel suspiró. —No estoy haciéndome el fuerte. Solo… no quiero preocupar más de lo que ya estamos. Lucía apoyó una mano sobre la suya. —No estás solo en esto. Gabriel asintió, aunque la preocupación seguía clavada en su pecho. —¿Creés que deberíamos despertarlo? —preguntó. Lucía miró hacia el sillón. —No sé. Parece que está descansando… pero también parece que está escapando. Gabriel frunció el ceño. —¿Escapando de qué? Lucía tardó en responder. —De sí mismo. El silencio volvió a instalarse entre ellos, un silencio denso, lleno de preguntas sin respuesta. Gabriel se levantó y caminó hacia el sillón. Se agachó junto a Samuel y lo observó de cerca. Su respiración era superficial, como si cada inhalación fuera un esfuerzo. Su rostro estaba pálido, y había una tensión en su mandíbula que no había visto antes. —Samuel… —dijo en voz baja, tocándole el hombro con suavidad. Samuel abrió los ojos lentamente, como si le costara volver al mundo. Parpadeó un par de veces, desorientado. —¿Qué hora es? —preguntó, con la voz ronca. —Las nueve —respondió Gabriel. Samuel se incorporó despacio, como si su cuerpo pesara más de lo normal. Se frotó los ojos y miró alrededor, como si necesitara recordar dónde estaba. Lucía se acercó con un vaso de agua. —Tomá —dijo—. Te va a hacer bien. Samuel tomó el vaso con manos temblorosas. Bebió un sorbo y lo dejó sobre la mesa baja. —No sé qué me pasa —dijo, con la voz quebrada—. Siento que… que la luz no me alcanza. Gabriel se sentó a su lado. —¿Cómo que no te alcanza? Samuel respiró hondo, pero su respiración tembló. —Es como si… como si todo estuviera oscuro adentro mío. Aunque haya luz afuera. Aunque ustedes estén acá. No puedo… no puedo sentirla. Lucía se sentó en el sillón frente a ellos. —Eso debe ser muy difícil. Samuel asintió. —Es como si… como si estuviera atrapado en un lugar donde nada llega. Donde todo es… pesado. Gabriel apoyó una mano en su espalda. —Estamos acá —dijo—. No tenés que atravesar esto solo. Samuel bajó la mirada. —No quiero ser una carga. Lucía negó con la cabeza. —No sos una carga. Sos alguien que queremos. Y eso no cambia porque estés pasando por algo difícil. Samuel tragó saliva, como si las palabras le costaran más de lo que deberían. —A veces siento que… que si desapareciera, todo sería más fácil para ustedes. Gabriel sintió un golpe en el pecho. No era sorpresa. Era dolor. —No digas eso —dijo, con una firmeza que no necesitaba elevar la voz—. No sería más fácil. Sería peor. Mucho peor. Samuel levantó la mirada, y había algo roto en sus ojos. —No quiero sentirme así —dijo—. No quiero… pero no puedo evitarlo. Lucía se acercó y le tomó la mano. —No tenés que poder solo. Samuel cerró los ojos, y una lágrima cayó por su mejilla. —Tengo miedo —admitió—. Mucho. Gabriel lo abrazó despacio, sin apuro. —Lo sé —dijo—. Y está bien tener miedo. No tenés que esconderlo. Samuel apoyó la cabeza en su hombro, como si ese gesto le costara menos que antes. —No sé cómo… cómo seguir —dijo—. No sé cómo… no sentirme así. Lucía acarició su brazo. —Un día a la vez —dijo—. Y si un día es demasiado, una hora. Y si una hora es demasiado, un minuto. Samuel respiró hondo, y aunque su respiración seguía temblando, había algo distinto en ella. Una pequeña estabilidad. Una pequeña señal de que, aunque el miedo seguía ahí, no lo estaba enfrentando solo. Gabriel se separó un poco para mirarlo a los ojos. —¿Querés que nos quedemos con vos hoy? —preguntó. Samuel asintió. —Sí… por favor. Lucía sonrió. —Entonces acá nos quedamos. Samuel se recostó en el sillón, dejando que su cuerpo se relajara apenas. Gabriel se sentó a su lado, y Lucía se acomodó en el sillón frente a ellos. —A veces siento que… que no merezco esto —dijo Samuel. Lucía negó con la cabeza. —Merecés esto y más. Gabriel tomó su mano. —Merecés compañía. Merecés apoyo. Merecés no cargar con todo solo. Samuel cerró los ojos, dejando que esas palabras lo envuelvan. —Gracias —murmuró. —Siempre —respondió Gabriel. La mañana avanzó despacio, como si el tiempo quisiera darles espacio para respirar. Y aunque la luz no alcanzaba del todo, aunque el miedo seguía ahí, aunque la grieta dentro de Samuel seguía abierta, algo había cambiado. No era una solución. No era un final feliz. Pero era un paso. Un paso hacia la luz, aunque fuera tenue. Un paso hacia algo que todavía no podía ver, pero que empezaba a sentir.




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