No Están Solos

CAPÍTULO 13 — La Voz Que Tiembla

La noche había caído sin que ninguno de los tres se diera cuenta. El apartamento estaba iluminado solo por la lámpara del living, que proyectaba una luz cálida sobre las paredes. Gabriel estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sillón, con las piernas estiradas y los brazos cruzados sobre el pecho. Lucía estaba en la mesa del comedor, escribiendo algo en su cuaderno, aunque su mirada se perdía cada tanto. Samuel estaba en el sillón, envuelto en la manta, con la mirada fija en un punto indefinido del piso. El silencio era denso, pero no incómodo. Era un silencio que hablaba, que decía cosas que ninguno se animaba a poner en palabras. Gabriel respiró hondo, intentando aflojar la tensión en su pecho. Había pasado todo el día atento a Samuel, observando cada gesto, cada silencio, cada respiración. No porque quisiera controlarlo, sino porque algo en él le decía que tenía que estar presente. Lucía cerró su cuaderno y se levantó. Caminó hacia el sillón y se sentó junto a Samuel. —¿Querés un té? —preguntó con suavidad. Samuel negó con la cabeza. —No… gracias. Gabriel lo observó de reojo. Había algo en la forma en que Samuel hablaba, en la forma en que movía las manos, que le hacía sentir un nudo en el estómago. —¿Cómo estás ahora? —preguntó Gabriel. Samuel tardó en responder. Miró hacia la ventana, luego hacia sus manos, luego hacia el piso. —No sé —dijo finalmente—. Siento que… que mi voz no sale. Lucía frunció el ceño. —¿Cómo que no sale? Samuel respiró hondo, pero su respiración tembló. —Es como si… como si tuviera algo en la garganta. Como si las palabras se quedaran ahí, atrapadas. Quiero hablar, pero… no puedo. Gabriel se acercó un poco más. —¿Te duele? ¿O es otra cosa? Samuel negó con la cabeza. —No es dolor. Es… miedo. Miedo de decir algo y que todo se rompa. Miedo de que si digo lo que siento, ustedes se asusten. O se cansen. O… no sé. Lucía tomó su mano. —No nos vamos a asustar. Y no nos vamos a cansar. Samuel bajó la mirada. —No quiero que piensen que estoy… mal. Gabriel apoyó una mano en su rodilla. —Samuel… ya sabemos que estás pasando por algo difícil. Y no pensamos nada malo de vos. Pensamos que necesitás apoyo. Y estamos acá. Samuel tragó saliva, como si las palabras le costaran más de lo que deberían. —A veces siento que… que si hablo, voy a quebrarme —dijo—. Que si digo lo que siento, no voy a poder volver atrás. Lucía acarició su brazo. —No tenés que decirlo todo hoy. No tenés que decirlo perfecto. Solo… dejá que salga lo que pueda salir. Samuel respiró hondo, y por un momento, su respiración se volvió un poco más estable. —Tengo miedo —dijo, con la voz temblorosa—. Mucho. Gabriel asintió. —Lo sé. Samuel levantó la mirada, y había algo roto en sus ojos. —Tengo miedo de mí mismo —dijo—. De lo que siento. De lo que pienso. De lo que no puedo controlar. Lucía lo abrazó despacio. —No estás solo. Samuel apoyó la cabeza en su hombro, como si ese gesto le costara menos que antes. —No sé cómo… cómo seguir —dijo—. No sé cómo… no sentir que me estoy desarmando. Gabriel respiró hondo. —No tenés que saberlo hoy. Solo tenés que estar acá. Con nosotros. Samuel cerró los ojos, y una lágrima cayó por su mejilla. —No quiero desaparecer —susurró. Lucía lo sostuvo con más fuerza. —No vas a desaparecer. Te lo prometo. Samuel se aferró a ella, como si necesitara sentir algo sólido para no desmoronarse. —A veces siento que… que si me quedo quieto, me voy a ir —dijo—. Que voy a… perderme. Gabriel apoyó una mano en su espalda. —No te vamos a dejar ir —dijo—. Estamos acá. Te vemos. Te escuchamos. Te sostenemos. Samuel respiró hondo, y aunque su respiración seguía temblando, había algo distinto en ella. Una pequeña estabilidad. Una pequeña señal de que, aunque el miedo seguía ahí, no lo estaba enfrentando solo. Lucía se separó un poco para mirarlo a los ojos. —¿Querés intentar hablar un poco más? —preguntó. Samuel dudó. Su voz tembló antes de salir. —No sé si puedo. —Probá —dijo Gabriel—. No importa si sale despacio. No importa si tiembla. Estamos acá. Samuel respiró hondo, y su voz salió apenas, como un susurro. —Siento que… que estoy fallando. Lucía negó con la cabeza. —No estás fallando. Estás luchando. Samuel apretó los labios. —Siento que… que no soy suficiente. Gabriel se acercó más. —Sos suficiente. Siempre lo fuiste. Incluso ahora. Samuel cerró los ojos, y otra lágrima cayó por su mejilla. —Gracias —murmuró. Lucía lo abrazó otra vez. —No tenés que agradecer. Gabriel tomó su mano. —Estamos juntos en esto. Samuel respiró hondo, y por primera vez en horas, su respiración no tembló tanto. —¿Puedo… quedarme con ustedes un rato más? —preguntó. Lucía sonrió. —Todo el tiempo que necesites. Gabriel asintió. —No vamos a ningún lado. La noche avanzó despacio, como si quisiera darles espacio para respirar. Las sombras se movían por la habitación, cambiando de forma a medida que la luz de la lámpara parpadeaba. El silencio era cálido, casi protector. Samuel abrió los ojos y los miró a ambos. —A veces siento que… que no merezco esto —dijo. Lucía negó con la cabeza. —Merecés esto y más. Gabriel tomó su mano. —Merecés compañía. Merecés apoyo. Merecés no cargar con todo solo. Samuel cerró los ojos, dejando que esas palabras lo envuelvan. —Gracias —repitió. —Siempre —respondió Gabriel. La noche siguió avanzando, lenta, tranquila. Y aunque la voz de Samuel seguía temblando, aunque el miedo seguía ahí, aunque la grieta dentro de él seguía abierta, algo había cambiado. No era una solución. No era un final feliz. Pero era un paso. Un paso hacia la voz. Un paso hacia la verdad. Un paso hacia algo que, aunque pequeño, empezaba a sostener




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.