El día había comenzado sin comenzar realmente. El sol estaba afuera, sí, pero dentro del apartamento parecía que la luz no lograba entrar del todo. Era como si las paredes hubieran decidido absorberla, dejándoles apenas un reflejo pálido que no alcanzaba para iluminar nada. Gabriel estaba sentado en la mesa del comedor, con una taza de café que ya se había enfriado. No la había tocado. Solo la sostenía entre las manos, como si el calor que ya no tenía pudiera darle algo de estabilidad. Lucía estaba en la cocina, moviéndose con una calma que no sentía. Abría cajones, los cerraba, sacaba un plato, lo volvía a guardar. Era su forma de lidiar con la inquietud: mantener las manos ocupadas para que la mente no se desbordara. Samuel estaba en el sillón, envuelto en la manta, con la mirada perdida en un punto indefinido del piso. No había dicho una palabra desde que se despertó. Su respiración era lenta, pero irregular, como si cada inhalación fuera un esfuerzo. Sus manos temblaban apenas, un temblor tan leve que solo alguien que lo conociera bien podría notarlo. Gabriel lo observó de reojo. Había algo en la postura de Samuel, en la forma en que sus hombros estaban tensos, que le hacía sentir un nudo en el estómago. —¿Querés desayunar algo? —preguntó Lucía desde la cocina. Samuel negó con la cabeza sin levantar la mirada. —No… gracias. Gabriel se levantó y se acercó al sillón. Se sentó a su lado, dejando un espacio prudente para no invadirlo. —¿Cómo estás ahora? —preguntó con voz suave. Samuel tardó en responder. Miró sus manos, luego el piso, luego nada. —No sé —dijo finalmente—. Siento que… que el día no avanza. Lucía se acercó y se sentó en el sillón frente a ellos. —¿Cómo que no avanza? Samuel respiró hondo, pero su respiración tembló. —Es como si… como si estuviera atrapado en un momento que no se mueve —dijo—. Como si todo estuviera detenido. Como si yo estuviera detenido. Gabriel frunció el ceño. —¿Te sentís desconectado otra vez? Samuel asintió. —Sí. Pero es distinto. Es como si… como si el tiempo no existiera. Como si estuviera en un lugar donde nada cambia. Donde nada se mueve. Donde nada… importa. Lucía tomó su mano. —Debe ser muy difícil sentir eso. Samuel cerró los ojos. —Es como si… como si estuviera viendo mi vida desde afuera —dijo—. Como si fuera una película que no puedo pausar ni adelantar. Solo… está ahí. Y yo no estoy adentro. Gabriel apoyó una mano en su hombro. —No tenés que atravesar esto solo. Samuel abrió los ojos y los miró a ambos. Había algo roto en su mirada, pero también había algo más. Una súplica silenciosa. Un pedido de ayuda que no sabía cómo formular. —No quiero que piensen que estoy… mal —dijo—. No quiero que piensen que soy débil. Lucía negó con la cabeza. —No pensamos eso. Pensamos que estás pasando por algo muy difícil. Y que necesitás apoyo. Samuel tragó saliva. —A veces siento que… que si digo lo que siento, todo se va a romper —dijo—. Que ustedes se van a cansar. Que van a alejarse. Gabriel se acercó más. —No vamos a alejarnos. Samuel bajó la mirada. —No sé cómo… cómo seguir —dijo—. No sé cómo… no sentir que me estoy desarmando. Lucía acarició su brazo. —Un día a la vez —dijo—. Y si un día es demasiado, una hora. Y si una hora es demasiado, un minuto. Samuel respiró hondo, y aunque su respiración seguía temblando, había algo distinto en ella. Una pequeña estabilidad. Una pequeña señal de que, aunque el miedo seguía ahí, no lo estaba enfrentando solo. Gabriel se inclinó hacia adelante. —¿Querés intentar hablar un poco más? —preguntó. Samuel dudó. Su voz salió apenas, como un susurro. —Siento que… que estoy atrapado —dijo—. Como si hubiera una pared invisible entre yo y el mundo. Y no sé cómo atravesarla. Lucía lo miró con ternura. —No tenés que atravesarla solo. Samuel apretó los labios. —Siento que… que si me muevo, me voy a romper. Gabriel negó con la cabeza. —No estás solo. Si te quebrás, te sostenemos. Samuel cerró los ojos, y una lágrima cayó por su mejilla. —Tengo miedo —admitió—. Mucho. Lucía lo abrazó despacio. —Lo sé —dijo—. Y está bien tener miedo. No tenés que esconderlo. Samuel apoyó la cabeza en su hombro, como si ese gesto le costara menos que antes. —No quiero desaparecer —susurró. Gabriel apoyó una mano en su espalda. —No te vamos a dejar ir —dijo—. Estamos acá. Te vemos. Te escuchamos. Te sostenemos. Samuel respiró hondo, y aunque su respiración seguía temblando, había algo distinto en ella. Una pequeña estabilidad. Una pequeña señal de que, aunque el miedo seguía ahí, no lo estaba enfrentando solo. Lucía se separó un poco para mirarlo a los ojos. —¿Querés que nos quedemos con vos hoy? —preguntó. Samuel asintió. —Sí… por favor. Gabriel sonrió. —Entonces acá nos quedamos. Samuel se recostó un poco más, dejando que su cuerpo se relajara apenas. Lucía lo cubrió con la manta, y Gabriel se sentó a su lado. —A veces siento que… que no merezco esto —dijo Samuel. Lucía negó con la cabeza. —Merecés esto y más. Gabriel tomó su mano. —Merecés compañía. Merecés apoyo. Merecés no cargar con todo solo. Samuel cerró los ojos, dejando que esas palabras lo envuelvan. —Gracias —murmuró. —Siempre —respondió Gabriel. La mañana avanzó despacio, como si el tiempo quisiera darles espacio para respirar. Y aunque el día no avanzaba para Samuel, aunque la sensación de estar atrapado seguía ahí, aunque la grieta dentro de él seguía abierta, algo había cambiado. No era una solución. No era un final feliz. Pero era un comienzo. Un comienzo donde el tiempo podía ser compartido. Un comienzo donde el miedo podía ser dicho. Un comienzo donde Samuel no estaba solo.