La mañana siguiente llegó con un aire fresco que entraba por la ventana entreabierta. No era una brisa fuerte, ni un viento frío. Era apenas un movimiento de aire, pero suficiente para que la cortina se meciera con suavidad. Gabriel estaba sentado en la mesa del comedor, revisando su celular sin realmente leer nada. Lucía preparaba mate, moviéndose con una calma que parecía más real que en días anteriores. Samuel salió de su habitación sin la manta sobre los hombros. No parecía descansado, pero tampoco parecía hundido. Era un punto intermedio extraño, como si estuviera probando cómo se sentía habitar su propio cuerpo otra vez. —Buen día —dijo, y esta vez su voz tenía un matiz que no habían escuchado en mucho tiempo: intención. Lucía levantó la vista. —Buen día, Sam. Gabriel sonrió. —¿Dormiste? Samuel se encogió de hombros. —Dormí… algo. No sé si bien, pero dormí. No era una respuesta triunfal, pero tampoco era la sombra de los días anteriores. Era honesta. Y eso ya era un cambio. Lucía le alcanzó un mate. —Probá. Está suave. Samuel lo tomó con ambas manos, como si necesitara sentir el calor para creer que estaba despierto. Dio un sorbo y cerró los ojos un segundo. —Extrañaba esto —dijo. Gabriel lo observó con atención. No era la frase en sí. Era la forma en que la dijo. Como si estuviera reconociendo algo que había olvidado. —¿Cómo te sentís hoy? —preguntó Gabriel, sin suavizar demasiado la pregunta. Samuel apoyó el mate en la mesa y se quedó pensando. No buscaba una respuesta correcta. Buscaba una verdadera. —Me siento… presente —dijo finalmente. Lucía se apoyó en la mesada, sorprendida. —¿Presente cómo? Samuel respiró hondo. —Como si… como si mi cabeza estuviera acá. No del todo, pero más que ayer. No siento que estoy flotando. No siento que estoy mirando desde afuera. Siento… el piso. Gabriel asintió despacio. —Eso es importante. Samuel se pasó una mano por el cabello. —No sé cuánto va a durar. No sé si en una hora voy a estar igual. Pero ahora… ahora estoy acá. Lucía se acercó y le tocó el brazo. —Con eso alcanza para empezar el día. Samuel sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, pero real. —Quiero salir otra vez —dijo—. Pero no solo a la vereda. Quiero… caminar una cuadra. Gabriel levantó las cejas, sorprendido pero sin exagerar. —¿Seguro? Samuel asintió. —No quiero quedarme encerrado. Siento que si no pruebo ahora, después no voy a poder. Lucía buscó sus zapatillas. —Vamos los tres. Samuel negó con la cabeza. —No. Quiero hacerlo yo. Pero… —miró a Gabriel—. ¿Podés venir conmigo hasta la puerta? Gabriel sonrió. —Obvio. Salieron al pasillo. Samuel respiró hondo antes de abrir la puerta del edificio. El aire de la mañana le golpeó el rostro con una frescura que lo hizo parpadear. —Es raro —dijo—. Pero no es malo. Gabriel se apoyó en el marco de la puerta. —Andá tranquilo. Yo estoy acá. Samuel bajó el primer escalón con cuidado. Luego el segundo. Luego el tercero. Cuando llegó a la vereda, se detuvo. Miró a ambos lados de la calle, como si estuviera reconociendo un territorio que alguna vez fue suyo. Dio un paso. Luego otro. Y otro. No caminaba rápido. No caminaba seguro. Pero caminaba. A mitad de cuadra se detuvo. No porque estuviera mal, sino porque necesitaba sentir el momento. Miró el cielo, luego las casas, luego sus propias manos. —No pensé que iba a poder —dijo en voz baja, sin darse vuelta. Gabriel lo escuchó desde la puerta. —Pero pudiste. Samuel respiró hondo. No temblaba. No se desarmaba. No se perdía. —El mundo siguió —dijo—. Aunque yo no pudiera seguirlo. Gabriel sintió un nudo en la garganta. No de tristeza. De reconocimiento. —El mundo no espera —respondió—. Pero eso no significa que no puedas volver a caminarlo. Samuel dio media vuelta y regresó despacio. Cuando llegó a la puerta, Gabriel lo recibió con una mirada que decía más que cualquier frase. —¿Cómo te sentís? —preguntó. Samuel pensó un segundo. —Cansado —dijo—. Pero… orgulloso. Lucía, desde adentro, sonrió al escucharlo. —Eso sí que no lo habías dicho nunca. Samuel se rió. Una risa breve, pero auténtica. —Supongo que es un día raro. Gabriel le dio un golpecito en el hombro. —Raro no siempre es malo. Samuel entró al apartamento y se dejó caer en el sillón. No se hundió. No se escondió. Solo se sentó. —Hoy… —dijo, mirando sus manos—. Hoy sentí que podía moverme sin romperme. Lucía se sentó a su lado. —Eso es más que suficiente. Samuel levantó la mirada. Había cansancio, sí. Había miedo, sí. Pero también había algo nuevo. Dirección. —No sé qué viene después —dijo—. Pero… quiero averiguarlo. Gabriel sonrió. —Lo vamos a averiguar juntos. Y por primera vez en mucho tiempo, Samuel no dudó