La tarde estaba tibia, con un sol que entraba por la ventana como si quisiera colarse en cada rincón del apartamento. Gabriel estaba sentado en el suelo, revisando unos papeles del trabajo que no lograba concentrarse en leer. Lucía estaba en la cocina, preparando algo simple para merendar. Samuel estaba en el sillón, con las piernas cruzadas y la mirada puesta en la ventana. No era la mirada perdida de antes. Era una mirada atenta, como si estuviera observando algo que solo él podía ver. —¿En qué pensás? —preguntó Lucía, apoyándose en el marco de la puerta. Samuel tardó en responder. —En que… hoy no me asustó salir —dijo—. Me incomodó, sí. Pero no me paralizó. Gabriel levantó la vista. —Eso es importante. Samuel se encogió de hombros. —No sé si es importante. Pero es distinto. Lucía se acercó y dejó una taza de té sobre la mesa baja. —Distinto también es avance. Samuel tomó la taza con ambas manos. El vapor le rozó la cara, y por un momento, cerró los ojos como si necesitara sentir algo cálido. —Igual… —dijo, abriendo los ojos—. No quiero que piensen que estoy bien. No quiero que se relajen. Gabriel frunció el ceño. —¿Por qué no querrías que nos relajemos? Samuel apoyó la taza en la mesa. —Porque… —buscó las palabras—. Porque siento que si ustedes bajan la guardia, yo me caigo. Lucía se sentó a su lado. —No somos guardias —dijo—. Somos compañía. Samuel la miró, confundido. —¿Y cuál es la diferencia? —Que no estamos acá para vigilarte —respondió ella—. Estamos acá para acompañarte. Y acompañar no es estar tensos. Es estar presentes. Samuel bajó la mirada, como si esa idea le costara entrar. —No quiero que se cansen —dijo. Gabriel se acercó un poco más. —Nos cansamos igual —dijo—. Pero cansarse no significa abandonar. Samuel tragó saliva. No lloraba. No temblaba. Pero había algo en su expresión que se aflojaba. —Hoy… cuando caminé la cuadra —dijo—, sentí algo raro. Lucía lo observó con atención. —¿Qué cosa? Samuel se tomó unos segundos. —Sentí… ganas de seguir. Gabriel sonrió, pero no de manera exagerada. —¿Y por qué no seguiste? Samuel se encogió de hombros. —Porque me dio miedo que fuera un impulso. Que después me arrepintiera. Que me quedara lejos y no pudiera volver. Lucía apoyó una mano en su rodilla. —No tenías que seguir hoy. Lo importante es que lo sentiste. Samuel respiró hondo. —Hace semanas que no sentía ganas de nada —dijo—. Ni de moverme. Ni de hablar. Ni de… existir. Gabriel sintió un golpe en el pecho. No por sorpresa. Por la crudeza. —¿Y ahora? Samuel miró sus manos. —Ahora siento… curiosidad. Lucía sonrió. —Eso es enorme. Samuel negó con la cabeza. —No es enorme. Es apenas una chispa. —Las chispas encienden cosas —dijo Gabriel. Samuel lo miró, y por primera vez en días, no había miedo en sus ojos. Había… duda. Pero duda viva. Duda que piensa. Duda que se mueve. —Igual… —dijo—. No quiero que piensen que esto va a ser así todos los días. Hoy fue un día raro. Mañana puede ser peor. Lucía asintió. —Y si mañana es peor, lo vamos a atravesar igual. Samuel apretó los labios. —No quiero que sufran por mí. Gabriel negó con la cabeza. —No sufrimos por vos. Sufrimos con vos. Y eso es distinto. Samuel se quedó en silencio. No era un silencio tenso. Era un silencio que pensaba. —¿Puedo decir algo sin que lo tomen como una señal de alarma? —preguntó. Lucía y Gabriel se miraron. —Decilo —respondió Gabriel. Samuel respiró hondo. —Hoy… por un momento… sentí que quería volver a ser yo. Lucía se llevó una mano al pecho, como si esas palabras la hubieran tocado de una forma inesperada. —Samuel… —dijo, con la voz suave—. Eso es hermoso. Samuel negó con la cabeza. —No sé si es hermoso. Me dio miedo. Porque no sé quién soy ahora. No sé si puedo volver a ser el de antes. No sé si quiero. Gabriel se acercó un poco más. —No tenés que volver a ser el de antes. Podés ser alguien nuevo. Alguien que está aprendiendo a respirar otra vez. Samuel lo miró, sorprendido por la idea. —¿Y si no me gusta quién soy ahora? Lucía respondió antes que Gabriel. —Entonces seguimos buscando. Juntos. Samuel bajó la mirada, pero esta vez no era por vergüenza. Era porque estaba procesando algo que nunca se había permitido pensar. —Hoy… —dijo—. Hoy sentí que el mundo no me rechazaba. Gabriel sonrió. —El mundo nunca te rechazó. Vos estabas escondido. Samuel soltó una risa suave. Pequeña. Pero real. —Tal vez sí. Lucía se levantó y fue a buscar algo a la cocina. Volvió con tres vasos de jugo. —Brindemos —dijo. Samuel la miró, confundido. —¿Por qué? —Por nada en particular —respondió ella—. O por todo. Elegí vos. Samuel tomó el vaso. Lo levantó apenas. —Por… seguir probando —dijo. Gabriel levantó el suyo. —Por seguir probando. Lucía también. —Por seguir probando. Los tres bebieron. Y por primera vez en mucho tiempo, el aire del apartamento no pesaba. No era alivio. No era victoria. Pero era vida. Y eso, para Samuel, era más de lo que había tenido en semanas.