La noche había caído con una claridad extraña. No era oscura, ni pesada, ni silenciosa. Era una noche viva, con autos pasando cada tanto, voces lejanas, un perro ladrando en alguna casa cercana. El mundo afuera seguía su ritmo, y por primera vez en semanas, Samuel lo escuchaba sin sentir que ese ruido lo aplastaba. Gabriel estaba en la cocina, lavando un par de tazas. Lucía estaba sentada en el sillón, revisando algo en su cuaderno. Samuel estaba junto a la ventana, apoyado en el marco, mirando hacia la calle. No estaba perdido. No estaba desconectado. Estaba… atento. —¿Querés que cierre la ventana? —preguntó Gabriel desde la cocina. Samuel negó con la cabeza. —No. Me gusta escuchar lo que pasa afuera. Lucía levantó la vista, sorprendida. —¿No te molesta? Samuel se encogió de hombros. —Me incomoda un poco. Pero no me asusta. Gabriel dejó las tazas y se acercó. —Eso es nuevo. Samuel sonrió apenas. —Sí. Supongo que sí. Lucía cerró su cuaderno y se levantó. —¿Qué sentís ahora? —preguntó, sin suavizar la pregunta. Samuel apoyó la frente contra el vidrio frío. —Siento… ruido —dijo—. Pero no el ruido de antes. No ese ruido que me llenaba la cabeza. Este es distinto. Es ruido de vida. Gabriel se cruzó de brazos. —¿Y qué te hace sentir eso? Samuel pensó unos segundos. —Que quiero volver —dijo. Lucía frunció el ceño. —¿Volver a qué? Samuel se dio vuelta, apoyando la espalda contra la ventana. —A mí. A lo que era antes de todo esto. O a algo parecido. No sé si puedo. No sé si quiero ser exactamente el mismo. Pero… quiero volver a sentir que estoy en mi vida. Gabriel se acercó un poco más. —¿Y qué sería un primer paso? Samuel miró la mesa, luego el sillón, luego la puerta. —Volver a hacer algo que hacía antes —dijo—. Algo pequeño. Algo que no me exija demasiado. Lucía se cruzó de brazos. —¿Qué tenés en mente? Samuel dudó. No porque no supiera la respuesta, sino porque le daba vergüenza decirla. —Quiero cocinar —dijo finalmente. Gabriel parpadeó. —¿Cocinar? Samuel asintió. —Sí. Algo simple. Un plato que hacía siempre. No sé si me va a salir. No sé si voy a poder terminarlo. Pero… quiero intentarlo. Lucía sonrió, pero no con esa sonrisa suave de consuelo. Sonrió como si hubiera escuchado algo que realmente la alegraba. —¿Qué querés hacer? Samuel respiró hondo. —Pasta con salsa de tomate —dijo—. La que hacía siempre. La que ustedes decían que era “demasiado simple para estar tan rica”. Gabriel rió. —Era rica en serio. Samuel caminó hacia la cocina. No rápido. No seguro. Pero caminó. Abrió un cajón, sacó una olla, la dejó sobre la hornalla. Sus manos temblaban un poco, pero no retrocedió. Lucía se acercó. —¿Querés ayuda? Samuel negó con la cabeza. —No. Quiero hacerlo yo. Pero… —miró a Gabriel—. Quedate cerca. Gabriel se apoyó en la mesada. —Estoy acá. Samuel llenó la olla con agua. Encendió la hornalla. Abrió una lata de tomates. Cada gesto era lento, medido, como si estuviera recordando una coreografía olvidada. —Es raro —dijo—. Siento que estoy haciendo algo que conozco, pero al mismo tiempo… es como si fuera la primera vez. Lucía apoyó una mano en su espalda. —Eso pasa cuando volvés a vos después de mucho tiempo. Samuel revolvió la salsa. El olor empezó a llenar la cocina. Un olor cálido, familiar. Un olor que pertenecía a otra época, a otra versión de él. —¿Sabés qué es lo más raro? —dijo, sin dejar de revolver. —¿Qué? —preguntó Gabriel. —Que no me siento obligado a hacerlo. Lo estoy haciendo porque quiero. Lucía lo miró con una mezcla de sorpresa y alivio. —Eso es enorme, Samuel. Él sonrió. Una sonrisa pequeña, pero viva. —No sé si mañana voy a sentir lo mismo —dijo—. No sé si mañana voy a poder levantarme de la cama. Pero hoy… hoy puedo hacer esto. Gabriel asintió. —Hoy alcanza. Samuel apagó la hornalla. Sirvió la pasta. La dejó en la mesa. Se sentó. Los otros dos se sentaron también. —No sé si está rica —dijo—. No sé si me salió igual que antes. Lucía probó un bocado. Gabriel también. Se miraron. Y los dos sonrieron. —Sabe a vos —dijo Lucía. Samuel bajó la mirada, y por un instante, sus ojos se humedecieron. No de tristeza. No de miedo. De reconocimiento. —Entonces… —dijo, con la voz suave—. Entonces todavía estoy acá. Gabriel apoyó una mano en su hombro. —Siempre estuviste. Solo estabas lejos. Samuel respiró hondo. Y por primera vez en semanas, no sintió que se caía. Sintió que volvía.