La puerta se cerró detrás de Gabriel con un golpe suave, casi tímido. El silencio que quedó no era incómodo, pero tampoco era liviano. Era un silencio lleno de cosas que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Lucía se quedó de pie unos segundos, mirando la puerta como si esperara que Gabriel volviera a entrar. Samuel estaba sentado en el sillón, con las manos entrelazadas, sin saber si debía hablar o esperar. —Bueno… —dijo Lucía finalmente, soltando el aire—. Supongo que somos dos por un rato. Samuel asintió. —Sí. Lucía caminó hacia la cocina, pero no para preparar nada. Solo necesitaba moverse. Samuel la siguió con la mirada. Había algo distinto en ella. No era cansancio. No era enojo. Era… vulnerabilidad. —¿Estás bien? —preguntó Samuel, sin rodeos. Lucía se detuvo. No se dio vuelta enseguida. Apoyó las manos en la mesada, respiró hondo, y recién entonces habló. —No sé. Samuel se levantó del sillón. No rápido, no impulsivo. Solo… presente. Caminó hacia la cocina y se apoyó en la pared, a un metro de ella. —Podés decirlo —dijo—. No voy a romperme porque vos digas cómo te sentís. Lucía soltó una risa corta, sin humor. —No es por vos que no lo digo. Es por mí. Samuel frunció el ceño. —¿Qué significa eso? Lucía se dio vuelta. Y ahí estaba: la verdad que había estado evitando desde hacía días. —Significa que tengo miedo de escucharme —dijo—. Porque si digo lo que siento, tengo que hacerme cargo. Y no sé si puedo. Samuel no esperaba eso. No esa frase. No ese tono. —¿De qué tenés miedo? —preguntó, sin suavizar. Lucía lo miró directo a los ojos. —De que esto nos esté consumiendo a todos —dijo—. De que estemos sosteniendo tanto que no nos demos cuenta de que también nos estamos desgastando. De que un día despertemos y no quede nada de nosotros tres. Samuel sintió un golpe en el pecho. No por culpa. Por reconocimiento. —Yo también tengo miedo de eso —dijo. Lucía apoyó la espalda contra la mesada. —No quiero que Gabriel se queme —dijo—. No quiero quemarme yo. Y tampoco quiero que vos sientas que sos el centro de un incendio. Samuel bajó la mirada. —No quiero serlo. —No lo sos —respondió Lucía—. Pero estamos todos cerca del fuego. Y eso cansa. Samuel levantó la vista. —¿Y qué hacemos? Lucía se cruzó de brazos. —No lo sé. Pero sí sé algo: no podemos seguir fingiendo que estamos bien para no preocupar al otro. Eso nos está matando más rápido que cualquier crisis. Samuel asintió. Y por primera vez, no se sintió observado. Se sintió parte. —¿Querés sentarte? —preguntó él. Lucía dudó un segundo, pero finalmente se sentó en la mesa del comedor. Samuel se sentó enfrente. No había distancia emocional. Solo física. —Decime algo —dijo Samuel—. Lo que sea. Algo que no dijiste estos días. Lucía lo miró, sorprendida por la firmeza de su tono. —¿Algo que no dije? —Sí. Lucía pensó unos segundos. Y cuando habló, lo hizo sin filtros. —Estoy enojada —dijo. Samuel no se movió. —¿Conmigo? Lucía negó con la cabeza. —Con la situación. Con la sensación de que no tengo control. Con el miedo constante. Con la idea de que cualquier cosa que diga puede lastimarte. Con la presión de ser fuerte cuando no quiero serlo. Samuel tragó saliva. —Gracias por decirlo. Lucía apoyó los codos en la mesa. —¿Y vos? ¿Qué no dijiste? Samuel respiró hondo. —Que me siento culpable cuando los veo cansados —dijo—. Que a veces pienso que sería más fácil desaparecer un rato para que ustedes respiren. No desaparecer de la vida. Solo… dejar de ocupar espacio. Lucía lo miró con una mezcla de tristeza y ternura. —No quiero que desaparezcas —dijo—. Quiero que estés. Pero quiero que estemos todos, no solo vos. Samuel bajó la mirada. —Estoy intentando volver —dijo—. Pero no sé cómo hacerlo sin arrastrarlos conmigo. Lucía negó con la cabeza. —No nos arrastrás. Caminamos al lado. Y a veces eso duele. Pero también es real. Samuel levantó la vista. —¿Y si un día no pueden más? Lucía respiró hondo. —Entonces lo hablaremos. Pero no vamos a abandonarte sin decir nada. No somos ese tipo de personas. Samuel asintió. Y algo en su pecho se aflojó. No alivio. No paz. Pero sí un espacio nuevo. Lucía se levantó. —Voy a hacer té —dijo—. No porque haga falta. Sino porque necesito hacer algo que no sea pensar. Samuel sonrió apenas. —Yo te ayudo. Lucía lo miró, sorprendida. —¿De verdad? —Sí —respondió Samuel—. No quiero quedarme quieto mientras vos te desbordás. Lucía soltó una risa suave. —Entonces vení. Pero no toques la tetera, que la última vez casi la quemás. Samuel se levantó. —Prometo no incendiar nada. Lucía lo miró con una expresión que no había tenido en días: alivio mezclado con complicidad. —Con eso me alcanza. Y mientras preparaban el té, sin dramatismos, sin silencios pesados, sin miedo a romperse, algo cambió entre ellos. No era un avance emocional. No era una revelación. Era algo más simple: Un momento compartido sin que nadie tuviera que sostener al otro. Y eso, para los dos, era un descanso que no sabían que necesitaban.