Samuel cerró la puerta de su habitación con un movimiento lento, casi medido. No era para aislarse. Era para crear un espacio donde pudiera escuchar su propia voz sin interferencias. El celular vibraba en su mano, no por un nuevo mensaje, sino por el peso de lo que estaba por hacer. Se sentó en el borde de la cama. Respiró hondo. Marcó el número. El tono sonó una vez. Dos. Tres. —¿Samuel? —la voz de su madre entró sin preámbulos, sin suavidad, sin pausa. Él cerró los ojos un instante. —Sí. Soy yo. —Tu hermana me llamó —dijo ella—. Me dijo que estás mal. Que no estás saliendo. Que estás… —se detuvo, como si buscara una palabra que no lo hiriera—. Que estás pasando por algo. Samuel apoyó el codo en la rodilla y se frotó la frente. —Estoy pasando por algo, sí. —¿Y por qué no me dijiste nada? La pregunta no era agresiva. Era peor: era sincera. —Porque no sabía cómo —respondió Samuel. Hubo un silencio breve. No incómodo. No tenso. Solo… lleno de historia. —Voy para allá —dijo ella. —No —respondió Samuel, antes de pensarlo demasiado. La palabra quedó suspendida en el aire. Firme. Clara. —¿Cómo que no? —preguntó ella, confundida. Samuel respiró hondo. —No quiero que vengas hoy. —Samuel, soy tu madre. —Lo sé —dijo él—. Y justamente por eso… no quiero que vengas sin que yo esté preparado. Ella tardó en responder. No porque no entendiera, sino porque no esperaba escuchar eso de él. —¿Estás enojado conmigo? —preguntó. —No —respondió Samuel—. No es enojo. Es… límite. La palabra cayó como una piedra en el agua. No para hundirla. Para marcar un círculo. —No quiero que me veas así —continuó—. No quiero que vengas pensando que tenés que arreglarme. No quiero que entres a este departamento como si estuvieras entrando a un incendio. —No pienso eso —dijo ella, con un tono que mezclaba defensa y ternura. —Tal vez no lo pensás —respondió Samuel—. Pero lo sentís. Y yo no puedo sostener eso ahora. Hubo un silencio más largo. Samuel escuchó su propia respiración. Escuchó la lluvia afuera. Escuchó el eco de su propia decisión. —¿Entonces qué querés que haga? —preguntó ella finalmente. Samuel apoyó la espalda en la pared. —Quiero que hablemos. Pero no hoy. Quiero que me des tiempo. Quiero que respetes que estoy trabajando en mí. Quiero que vengas cuando yo pueda recibirte sin sentir que me estoy desarmando. Ella suspiró. Un suspiro que no era derrota. Era aceptación forzada. —Me preocupa que estés solo —dijo. —No estoy solo —respondió Samuel—. Estoy con Lucía y Gabriel. Y estoy… conmigo. Un poco más que antes. La frase no era poética. Era literal. —¿Y si te pasa algo? —preguntó ella. —Si me pasa algo, te lo voy a decir —respondió Samuel—. Pero hoy… hoy no quiero que vengas. Hubo un silencio final. Un silencio que no pedía nada. Un silencio que no exigía nada. Un silencio que simplemente… estaba. —Está bien —dijo ella, finalmente—. Te escucho. Te doy tiempo. Pero quiero que me llames mañana. Samuel asintió, aunque ella no podía verlo. —Mañana te llamo. —Te quiero —dijo ella. Samuel cerró los ojos. —Yo también. Cortó la llamada. No temblaba. No lloraba. No se desmoronaba. Se quedó sentado un momento, dejando que el silencio de la habitación se acomodara alrededor suyo. No era un silencio pesado. Era un silencio que reconocía lo que acababa de pasar. Cuando abrió la puerta, Lucía estaba en el pasillo, sin invadir, sin preguntar, solo presente. —¿Cómo fue? —preguntó ella. Samuel apoyó la mano en el marco de la puerta. —Dije lo que necesitaba decir. Lucía asintió. —¿Y ella? —Escuchó —respondió Samuel. Lucía sonrió apenas. —Eso ya cambia todo. Samuel caminó hacia la cocina. El té seguía tibio. La lluvia seguía cayendo. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba reaccionando al mundo. Sintió que estaba eligiendo.