No Están Solos

CAPÍTULO 27 — Lo Que Lucía No Había Admitido

Lucía escuchó la puerta de la habitación cerrarse detrás de Samuel y se quedó inmóvil en la cocina. No era preocupación. No era miedo. Era otra cosa, algo que no había tenido tiempo de sentir en semanas: alivio mezclado con un cansancio que le cayó encima de golpe. Se apoyó en la mesada. Respiró hondo. Y por primera vez desde que todo empezó, dejó que su cuerpo se aflojara. El té seguía tibio. La lluvia seguía cayendo. Pero algo en ella se había movido. No por Samuel. Por ella. —¿Qué estás haciendo, Lucía? —se dijo en voz baja. No era una pregunta dramática. Era una pregunta honesta. Había pasado semanas sosteniendo, conteniendo, organizando, anticipando. Y recién ahora, con Samuel detrás de una puerta hablando por sí mismo, sintió el peso real de todo lo que había estado cargando. Se sentó en la mesa. Miró sus manos. Notó que le temblaban. No de miedo. De agotamiento. El celular vibró. Un mensaje. De Gabriel. “Llegué. Va a ser largo. ¿Cómo está todo ahí?” Lucía lo leyó dos veces antes de responder. No quería mentir. Pero tampoco quería preocuparlo más. Escribió: “Samuel está hablando con su mamá. Está firme. Mejor de lo que esperaba.” Gabriel respondió al instante. “¿Y vos?” Lucía se quedó mirando esa pregunta como si fuera un espejo. No sabía qué contestar. No sabía si quería contestar. Finalmente escribió: “Después hablamos.” Y dejó el celular boca abajo. Se levantó. Caminó hacia la ventana. La lluvia golpeaba el vidrio con un ritmo irregular, como si también estuviera tratando de encontrar su propio equilibrio. Lucía apoyó la frente contra el vidrio frío. Cerró los ojos. Y ahí, en ese instante, lo sintió con una claridad que la desarmó: Ella también estaba al límite. No por Samuel. No por Gabriel. Por ella misma. Había estado tan ocupada sosteniendo a los demás que no había notado que estaba dejando de sostenerse a sí misma. Abrió los ojos. La calle estaba vacía. El cielo gris. El olor a tierra mojada entraba por la ventana entreabierta. Y entonces lo decidió. No un gran plan. No una revelación. Solo una decisión simple, concreta, inmediata: Necesitaba salir. No lejos. No mucho tiempo. Solo… salir. Se puso una campera. Agarró las llaves. Miró hacia la habitación de Samuel. La puerta seguía cerrada. Su voz se escuchaba muy tenue, hablando con su madre. No parecía quebrado. No parecía perdido. Parecía… presente. Lucía dejó un papel en la mesa, escrito rápido: “Salí a caminar un rato. Vuelvo en 20 minutos. Estoy bien.” Abrió la puerta del departamento. La cerró despacio. Bajó las escaleras sin apuro. Cuando salió a la calle, la lluvia fina le tocó la cara. No se cubrió. No corrió. No se apuró. Caminó. No para escapar. No para pensar. No para procesar. Caminó porque su cuerpo se lo pedía. Porque necesitaba sentir el mundo sin tener que sostener a nadie. A mitad de cuadra, se detuvo. Respiró hondo. El aire frío le llenó los pulmones. Y ahí, en esa vereda mojada, con el ruido lejano de un auto pasando, Lucía entendió algo que no había querido admitir: Ella también necesitaba ayuda. No ahora. No urgente. Pero pronto. Y por primera vez en semanas, no sintió culpa por pensarlo. Solo




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