El té estaba listo. Lucía se había cambiado la campera mojada por una remera seca. Samuel servía las tazas con una concentración tranquila, casi metódica. La casa tenía un silencio distinto, más ordenado, menos frágil. —¿Querés azúcar? —preguntó Samuel. —No, así está bien —respondió Lucía, sentándose. Samuel dejó la taza frente a ella. No había tensión. No había incomodidad. Solo un cansancio compartido que, por primera vez, no pesaba tanto. Y entonces sonó el celular de Gabriel. No el de Samuel. No el de Lucía. El de Gabriel, que había quedado sobre la mesa antes de irse. Los dos se quedaron quietos. El nombre en la pantalla iluminada no era desconocido. Pero tampoco era alguien que soliera llamar. “Mara (Trabajo)” Lucía frunció el ceño. —¿La atiendo? —preguntó. Samuel dudó. —No sé si deberíamos. El celular siguió sonando. Insistente. Urgente. Lucía respiró hondo. —Si fuera algo menor, mandaría un mensaje. Si está llamando… es importante. Samuel asintió. —Atendé. Lucía deslizó el dedo y puso el celular en altavoz. —¿Hola? La voz del otro lado entró rápido, sin presentación. —¿Gabriel? ¿Dónde estás? Necesitamos que vuelvas YA. Lucía tragó saliva. —Soy Lucía. Gabriel salió hace un rato. ¿Qué pasó? Hubo un silencio breve, como si la mujer del otro lado estuviera recalculando. —¿Lucía? Ah… perdón. Pensé que era él. Escuchá, no quiero sonar dramática, pero hay un problema serio en la oficina. Samuel se acercó un poco más, sin hacer ruido. —¿Qué tipo de problema? —preguntó Lucía. —Un error en el sistema que él supervisa. Algo que no debería haber pasado. Y… —la voz bajó un tono—. Y el jefe está diciendo que es responsabilidad de Gabriel. Lucía abrió los ojos. —¿Qué? Eso no tiene sentido. —Lo sé —respondió Mara—. Pero están buscando a quién culpar, y él es el más expuesto. Si no vuelve ya, lo van a dejar afuera de la reunión donde se decide todo. Samuel sintió un golpe en el pecho. No por él. Por Gabriel. Lucía apretó el celular con fuerza. —Está en camino. Le aviso. —Por favor hacelo —dijo Mara—. No quiero que lo arruinen por algo que no es culpa suya. La llamada terminó. Lucía dejó el celular sobre la mesa. Samuel se quedó quieto. —¿Qué significa eso? —preguntó él. Lucía se pasó una mano por la cara. —Significa que Gabriel está en problemas. Y que no lo sabe. Samuel respiró hondo. No era ansiedad. Era decisión. —Tenemos que avisarle. Lucía asintió. —Sí. Pero no sé si va a ver el mensaje. Está manejando. Samuel tomó el celular de Gabriel. Lo desbloqueó. Buscó el contacto. —Lo llamo yo —dijo. Lucía lo miró, sorprendida. —¿Estás seguro? —Sí. No puedo quedarme sentado mientras él se mete en un incendio sin saberlo. Lucía asintió. Samuel marcó. El tono sonó una vez. Dos. Tres. —¿Hola? —la voz de Gabriel entró entre ruido de motor y viento. —Gabriel, soy yo —dijo Samuel. —¿Todo bien? ¿Pasó algo? Samuel no dudó. —Tenés que volver a la oficina ya. Te están por culpar de algo que no hiciste. Hubo un silencio. Un silencio que no era miedo. Era sorpresa. —¿Qué? ¿Quién te dijo eso? —Mara llamó. Dijo que hay un problema en tu sistema y que el jefe te está apuntando. Si no llegás a la reunión, te van a dejar afuera de la decisión. Gabriel tardó un segundo en procesarlo. —Voy para allá —dijo—. Gracias, Sam. La llamada terminó. Lucía se dejó caer en la silla. —Esto se está complicando. Samuel apoyó el celular en la mesa. —Sí. Pero esta vez… no es por mí. Lucía lo miró. Y en su expresión había algo nuevo: respeto. —Hiciste lo correcto —dijo. Samuel tomó su taza de té. No temblaba. No dudaba. —Ahora le toca a él —dijo—. Y nosotros vamos a estar acá cuando vuelva. Lucía asintió. Y por primera vez en mucho tiempo, Samuel no se sintió el centro del caos. Se sintió parte del equipo.