Gabriel llegó a la oficina empapado, con el pelo pegado a la frente y la respiración acelerada. No había corrido, pero la urgencia lo había empujado a caminar más rápido de lo que su cuerpo quería admitir. El edificio estaba casi vacío: un sábado, a esa hora, solo quedaban luces encendidas en el piso de sistemas. El ascensor tardó demasiado. Cuando finalmente se abrió, Gabriel entró y apoyó la espalda contra la pared metálica. Cerró los ojos un segundo. No para descansar. Para ordenar la cabeza. Cuando las puertas se abrieron, el pasillo estaba iluminado con esa luz blanca que siempre parecía demasiado fría. Mara estaba esperándolo. —Menos mal que viniste —dijo ella, sin rodeos. Gabriel se pasó una mano por el cabello mojado. —¿Qué pasó exactamente? Mara empezó a caminar hacia la sala de reuniones, y él la siguió. —El sistema que supervisás tiró un error en la última actualización. Algo que no debería haber pasado. El jefe está diciendo que fue una mala configuración tuya. Gabriel frunció el ceño. —Eso es imposible. Yo revisé todo antes de irme ayer. —Lo sé —respondió Mara—. Pero él necesita un culpable. Y vos sos el más fácil. Llegaron a la sala. La puerta estaba entreabierta. Adentro, tres personas discutían en voz baja. El jefe estaba sentado al fondo, con los brazos cruzados y la mirada fija en la pantalla. Mara se detuvo antes de entrar. —Escuchá —dijo—. No te defiendas desde la emoción. Te van a comer vivo. Mostrá datos. Mostrá logs. Mostrá que no fuiste vos. Gabriel asintió. No estaba nervioso. Estaba… enfocado. Entró. El jefe levantó la vista. —Ah, Gabriel. Qué bueno que apareciste. El tono no era de bienvenida. Era de acusación disfrazada de cortesía. Gabriel se sentó sin pedir permiso. —Me dijeron que hay un problema con la actualización. El jefe giró la pantalla hacia él. —Un problema serio. Y según los registros, viene de tu módulo. Gabriel se inclinó hacia adelante. Miró la pantalla. Y en menos de diez segundos, lo vio. —Ese no es mi módulo —dijo. El jefe parpadeó. —¿Cómo que no? Gabriel señaló la línea de código. —Ese es el módulo viejo. El que pedí que actualicen hace dos semanas. El que vos dijiste que no era prioridad. El silencio en la sala cambió de temperatura. Mara cruzó los brazos, satisfecha. El jefe frunció el ceño. —¿Estás seguro? Gabriel abrió su laptop. La encendió. Buscó los archivos. Los mostró. —Acá está mi versión. Acá está la fecha. Acá está el commit. Acá está el correo donde te aviso que la actualización era urgente. El jefe se quedó quieto. Muy quieto. Uno de los analistas carraspeó. —Entonces… el error no es de Gabriel. Gabriel cerró la laptop. —No. No lo es. El jefe respiró hondo, como si tragara algo amargo. —Bien. Entonces… habrá que revisar el proceso interno. Gabriel lo miró sin bajar la mirada. —Sí. Habrá que revisarlo. El jefe se levantó. —Pueden retirarse. La reunión terminó sin aplausos, sin disculpas, sin reconocimiento. Pero Gabriel no necesitaba nada de eso. Salió de la sala. Mara lo siguió. —Te dije que trajeras datos —dijo ella, sonriendo apenas. Gabriel respiró hondo. —Gracias por avisarme. —No te estaba haciendo un favor —respondió ella—. Estaba evitando un desastre. Gabriel asintió. —Igual, gracias. Mara lo miró un segundo más, como si quisiera decir algo, pero no lo hizo. —Andate a tu casa —dijo—. Tenés cara de haber vivido una semana en un día. Gabriel sonrió por primera vez desde que llegó. —Más o menos. Caminó hacia el ascensor. Presionó el botón. Esperó. Y mientras bajaba, no pensó en el jefe, ni en el error, ni en la reunión. Pensó en Samuel. Pensó en Lucía. Pensó en la llamada que había recibido en el auto. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no esperaba: