No Están Solos

CAPÍTULO 33 — La Primera Pista

El sobre seguía sobre la mesa, abierto, con el papel extendido como si todavía respirara. Nadie lo había tocado desde que lo dejaron ahí. No por miedo. Por respeto. Como si moverlo demasiado rápido pudiera borrar algo importante. Gabriel se acercó primero. No para leerlo otra vez. Para observarlo. —El sello —dijo, señalando la parte trasera del sobre—. ¿Lo vieron bien? Lucía se inclinó. —Es un círculo. Y adentro… ¿una letra? Samuel se acercó también. Miró el sello con atención. No era una letra. No exactamente. —Es un símbolo —dijo—. Parece una “V”, pero no es una V normal. Gabriel tomó el sobre y lo giró hacia la luz. —Es una V con una línea cruzada. Como si fuera un logo. Lucía frunció el ceño. —¿Lo reconocen? Samuel negó. —Nunca lo vi. Gabriel tampoco. —No es de ninguna empresa que conozca. Lucía apoyó las manos en la mesa. —¿Y si no es una empresa? Samuel levantó la vista. —¿Qué querés decir? Lucía se tomó un segundo antes de responder. —¿Y si es una persona? Alguien que usa ese símbolo como firma. Gabriel se cruzó de brazos. —¿Quién haría eso? Lucía lo miró. —Alguien que no quiere que sepamos quién es, pero sí quiere que sepamos que existe. Samuel tomó el papel otra vez. Lo leyó en silencio. No buscaba un mensaje oculto. Buscaba intención. —“No están solos en esto.” —repitió—. ¿Qué es “esto”? Gabriel apoyó las manos en la mesa. —Puede ser cualquier cosa. Tu situación. Lo que pasó hoy en la oficina. Lo que pasó con Lucía. O algo que todavía no sabemos. Lucía se quedó quieta. Muy quieta. —Hay algo más —dijo. Samuel y Gabriel la miraron. —¿Qué cosa? Lucía señaló la ventana. —El golpe. No fue fuerte. No fue para romper nada. Fue para llamar la atención. Como si quisieran asegurarse de que lo encontráramos rápido. Gabriel asintió. —Y sabían que estábamos acá. Samuel sintió un escalofrío. No de miedo. De alerta. —¿Y si nos estaban observando? Lucía no respondió. Gabriel tampoco. El silencio que siguió no fue dramático. Fue práctico. Como si los tres estuvieran procesando la misma idea al mismo tiempo. Samuel tomó el sobre. Lo revisó por dentro. Nada. Pero cuando lo giró, algo llamó su atención. —Esperen. Lucía se acercó. —¿Qué viste? Samuel señaló una esquina del sobre. Una marca casi invisible, como un pequeño raspón. —Esto no es parte del sello —dijo—. Es… otra cosa. Gabriel tomó el sobre y lo examinó. —Parece… ¿un número? Lucía entrecerró los ojos. —No. No es un número. Es… una coordenada. Samuel lo miró, sorprendido. —¿Una coordenada? Lucía asintió. —Sí. Mirá: “SJ-14”. Eso es un código de zona. De acá. De San Juan. Gabriel se quedó quieto. —¿Estás segura? —Sí —respondió Lucía—. Lo vi en mapas catastrales cuando trabajé en la municipalidad. Es un sector. No una dirección exacta, pero sí un área. Samuel sintió que algo se acomodaba en su cabeza. —Entonces… quien dejó esto está cerca. Gabriel apoyó el sobre en la mesa. —Y quiere que lo sepamos. Lucía respiró hondo. —¿Vamos a ese lugar? Samuel no respondió enseguida. No por miedo. Por estrategia. —No ahora —dijo—. No sin saber más. Gabriel asintió. —Pero tampoco podemos ignorarlo. Lucía miró el sobre una vez más. —Entonces mañana empezamos a averiguar. Samuel tomó el papel. Lo dobló con cuidado. Lo guardó en un cajón. —Mañana —repitió—. Pero hoy… descansamos. Gabriel y Lucía lo miraron. Y por primera vez, la decisión no vino de ellos. Vino de él.




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