A la mañana siguiente, la casa tenía un silencio distinto. No era tensión. Era concentración. Los tres estaban alrededor de la mesa del comedor, donde Lucía había extendido un mapa viejo de la ciudad. No era digital. Era de papel, con marcas de colores y zonas delimitadas. —Acá —dijo Lucía, señalando un cuadrante—. Esta es la zona SJ-14. Gabriel se inclinó para ver mejor. —Es más grande de lo que pensé. Samuel apoyó una mano en el borde del mapa. —¿Qué hay ahí? Lucía repasó con el dedo. —Depósitos. Terrenos baldíos. Un par de talleres mecánicos. Y… —se detuvo—. Un edificio abandonado. Gabriel levantó la vista. —¿Qué edificio? —Una fábrica vieja —respondió Lucía—. Cerró hace años. Nadie la usa. O eso dicen. Samuel frunció el ceño. —¿Y por qué alguien dejaría un sobre con un código que apunta a un lugar así? Gabriel se cruzó de brazos. —Porque quiere que vayamos. Lucía negó con la cabeza. —O porque quiere que pensemos eso. Samuel respiró hondo. —No podemos asumir nada. Pero tampoco podemos ignorarlo. Lucía lo miró. —¿Querés ir hoy? Samuel dudó. No por miedo. Por estrategia. —No —dijo—. Hoy no. Necesitamos más información. Gabriel asintió. —Estoy de acuerdo. No vamos a meternos en un lugar abandonado sin saber qué buscamos. Lucía tomó una libreta. —Entonces empecemos por lo básico. ¿Quién podría saber lo que está pasando acá? Samuel se quedó pensando. —Mi hermana no. Mi mamá tampoco. Nadie más sabe nada. Gabriel intervino. —¿Y alguien del edificio? ¿Algún vecino? Lucía negó. —El único que preguntó algo fue el del piso de arriba. Y no tiene nada que ver con esto. Samuel apoyó los dedos sobre el mapa. —¿Y si no es alguien que nos conoce? ¿Y si es alguien que nos vio? Gabriel lo miró. —¿Cuándo? Samuel se encogió de hombros. —En la calle. En la vereda. Cuando salí a caminar. Cuando Lucía salió ayer. Cuando Gabriel volvió. No sabemos quién estaba mirando. Lucía se quedó quieta. No por miedo. Por lógica. —Tiene sentido —dijo—. Si alguien nos observó, pudo haber visto que estamos pasando por algo. Y pudo haber decidido intervenir. Gabriel tomó el sobre. —Pero ¿por qué así? ¿Por qué un mensaje críptico? ¿Por qué un símbolo? Samuel respondió sin dudar. —Porque no quiere mostrarse todavía. Lucía anotó algo en la libreta. —Entonces tenemos tres posibilidades: 1. Alguien que nos conoce. 2. Alguien que nos vio. 3. Alguien que sabe algo que nosotros no. Gabriel señaló el mapa. —Y todo apunta a este lugar. Samuel respiró hondo. —Antes de ir, quiero saber qué pasó en esa fábrica. Lucía ya estaba buscando en su celular. —Dame un segundo. Pasaron unos momentos en silencio. Lucía deslizó el dedo por la pantalla, frunció el ceño, volvió a leer. —Acá hay algo —dijo. Gabriel y Samuel se acercaron. —¿Qué encontraste? —preguntó Gabriel. Lucía giró el celular para que lo vieran. —La fábrica cerró hace siete años. Pero no por quiebra. Por un incidente. Samuel sintió un escalofrío. —¿Qué tipo de incidente? Lucía leyó en voz alta: —“Un trabajador desapareció dentro del edificio durante el turno nocturno. Nunca lo encontraron. La fábrica cerró a la semana siguiente.” Gabriel se quedó inmóvil. —¿Desapareció? —Sí —respondió Lucía—. Y no hay más información. Ni nombres. Ni detalles. Nada. Samuel miró el mapa. Miró el sobre. Miró el símbolo. —Entonces SJ-14 no es solo un lugar —dijo—. Es una historia. Lucía cerró el celular. —Y alguien quiere que la descubramos. Gabriel apoyó las manos en la mesa. —Pero no hoy. Samuel asintió. —No hoy. Lucía dobló el mapa con cuidado. —Mañana empezamos por el edificio. Desde afuera. Sin entrar. Gabriel tomó el sobre. —Y si alguien nos está observando… también lo va a saber. Samuel no apartó la mirada del símbolo. —Que lo sepa.