El sol estaba alto cuando salieron. No hacía calor, pero la luz tenía esa claridad que vuelve todo más nítido de lo que uno quisiera. Gabriel manejaba. Lucía iba en el asiento del acompañante con el mapa doblado sobre las piernas. Samuel, atrás, miraba por la ventana como si buscara algo que todavía no sabía reconocer. El camino hacia SJ‑14 no era largo, pero sí incómodo. Calles con baches, terrenos baldíos, talleres cerrados un sábado. Un barrio que parecía detenido en el tiempo. —Es acá —dijo Lucía, señalando hacia adelante. La fábrica apareció como un bloque gris entre dos galpones más chicos. No tenía cartel. No tenía ventanas enteras. No tenía vida. Gabriel estacionó a media cuadra. —No vamos a acercarnos demasiado —dijo—. Solo observamos. Samuel abrió la puerta y bajó primero. No por impulso. Por necesidad de ver el lugar sin filtros. El edificio era más grande de lo que imaginaban. Tres pisos. Paredes descascaradas. Ventanas rotas. Un portón metálico oxidado. Lucía se cruzó de brazos. —Parece abandonada de verdad. Gabriel negó. —No del todo. Mirá eso. Señaló el portón. Había marcas recientes en el óxido. Como si alguien lo hubiera movido hace poco. Samuel se acercó un poco más, sin tocar nada. —Hay huellas —dijo. Lucía se acercó también. —¿De auto? —No —respondió Samuel—. De botas. Varias. Y no son viejas. Gabriel miró alrededor. —¿Ven cámaras? Lucía escaneó la zona. —No. Ni una. Samuel señaló un poste. —Ahí había una. La sacaron. Gabriel frunció el ceño. —¿Quién saca una cámara de seguridad de un lugar abandonado? Lucía respondió sin pensarlo demasiado. —Alguien que no quiere que lo vean. Samuel se agachó para mirar el suelo. Había restos de vidrio, tierra removida y algo más. —Esto no es solo abandono —dijo—. Alguien entra acá seguido. Gabriel dio un paso hacia atrás. —No vamos a entrar hoy. Dijimos que no. Samuel asintió. —No quiero entrar. Solo quiero entender por qué alguien nos mandaría acá. Lucía miró el edificio como si intentara leerlo. —¿Y si el mensaje no es sobre la fábrica? ¿Y si es sobre lo que pasó acá? Gabriel apoyó las manos en la cintura. —La desaparición del trabajador. Samuel levantó la vista hacia el tercer piso. —¿Y si no fue un accidente? Lucía lo miró. —¿Qué estás pensando? Samuel no respondió enseguida. No porque dudara. Porque estaba ordenando las piezas. —Si alguien desapareció acá —dijo finalmente—, alguien más lo sabe. Y si esa persona sigue viva… podría ser quien nos dejó el mensaje. Gabriel negó. —¿Después de siete años? —La gente no desaparece sin dejar rastros —respondió Samuel—. A veces solo deja rastros que nadie quiere ver. Lucía se acercó al portón. No lo tocó. Solo lo observó. —Hay algo más —dijo. Gabriel y Samuel se acercaron. —¿Qué ves? —preguntó Gabriel. Lucía señaló una esquina del portón. Había un símbolo pintado con aerosol negro. Pequeño. Discreto. Pero idéntico al del sobre. La V cruzada. Samuel sintió que el aire cambiaba. —Entonces sí —dijo—. Alguien quiere que estemos acá. Gabriel miró alrededor, más alerta que antes. —Y podría estar mirándonos ahora. Lucía dio un paso atrás. —Nos vamos. Samuel no discutió. Gabriel tampoco. Los tres volvieron al auto sin apuro, pero sin distracción. No hablaron hasta que estuvieron adentro y las puertas cerraron. Gabriel encendió el motor. —Mañana volvemos —dijo—. Pero no así. Con más información. Con un plan. Lucía asintió. Samuel miró por la ventana mientras se alejaban. La fábrica quedó atrás, pero el símbolo seguía ahí, grabado en su mente. No era miedo. No era paranoia. Era una certeza simple: Alguien los había llevado hasta ese lugar. Y ese alguien no había terminado.